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75º Aniversario de la O.N.C.E. (1ª Parte), por Eduardo Palomar Baró


 Eduardo Palomar Baró

 
 

JAVIER GUTIÉRREZ DE TOVAR: LA CREACIÓN DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL DE CIEGOS


La Tiflología

El 25 de agosto de 1938, ante el pleno del XXV Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias reunido en Santander, tres ciegos sevillanos se presentaban a defender una nueva ciencia social: la Tiflología.

El recelo inicial con que fueron recibidos en aquella docta asamblea, pronto se fue convirtiendo en asombro, admiración y, finalmente, en entusiasmo, a medida que el ponente leía, en Braille, su tesis sobre esa ciencia que nadie conocía.

España atravesaba uno de los períodos más trágicos y difíciles de su historia: la guerra civil. No era el momento de pedir, cuando por doquier sólo se advertía ruina y desolación. Justificado recelo el de los asistentes a ese congreso al ver en la tribuna a unos ciegos, y lógico su asombro cuando se dieron cuenta que, a lo que venían es a sentar las bases de un proyecto, ya experimentado por ellos en el Sur, que acabaría para siempre con el ciego pedigüeño y juglar.

Para llevar a la práctica en toda España su audaz plan, no pedían dinero: sólo apoyo oficial. Y hay que reconocer que dicho apoyo no les fue escatimado, pues tres meses después, las conclusiones de la ponencia allí leída pasaban al Boletín Oficial del Estado, en forma de Decreto Ley.

Ese trabajo, dirigido expresamente a los videntes que lo iban a escuchar, entre los que se hallaban las más destacadas figuras políticas de aquel momento, decía así:

 

“SEÑORES CONGRESISTAS:

Pocas o ninguna de las materias que abarca la Sociología han sido objeto de un menor e ineficaz estudio como la que se refiere a la situación de los ciegos, siendo así que difícilmente encontraremos una como ésta, tan digna de atención para todo el mundo y de soluciones verdaderamente asequibles.

La Tiflología, suma de conocimientos relacionados con los ciegos, debería ser considerada como una de las más importantes ciencias sociales, en un triple aspecto:

 

Porque los faltos de vista son los más abandonados por la sociedad;

Porque su incorporación activa a la misma exige una serie de procedimientos específicos de muy delicada aplicación;

Y porque estos individuos han de pertenecer a esa sociedad, no como una rama distinta, objeto de todas las conmiseraciones, sino formando parte del conglomerado armónico de un país trabajador y bien organizado, como nuestra España de hoy.

 

Deseando, pues, aportar a vuestra acción competentísima en beneficio de los necesitados de nuestra Patria mi modesta colaboración en el campo en que cifro mis anhelos, el de mis camaradas faltos de vista, presento esta ponencia con la aspiración de que cumpla este noble propósito.

Con la brevedad y concisión que exige un tema tan poco común como el que nos ocupa, hemos de definirlo en sus principales aspectos, que son los siguientes: Historia, Oftalmología, Enseñanza, Trabajo, Asistencia Social, Estadística y Asociaciones de ciegos.

 

Historia

Si hoy nos quejamos de la inasistencia de los ciegos, no hemos de referirnos a la antigüedad, donde se les trataba como seres inferiores e inútiles, “bestias humana”, como llegó a calificarlos Hipócrates, englobados con otros anormales.

Pero esa circunstancia no impidió, sin embargo, que como elocuente mentís a tan bárbara conceptuación, surgieran ciegos insignes como Hornero, Demócrito y muchos más.

En la Edad Media los ciegos comenzarán a asignarse particulares ocupaciones, como cancioneros, juglares, declamadores.

Hasta el siglo XIII nadie se ocupó de ellos. Aquí empieza la protección en forma de beneficencia, tópico que desgraciadamente se conserva en nuestros días.

San Luis funda en Francia el asilo de los “Quinze-Vingt”. Y muy pronto en Alemania, Austria y otros países van creándose establecimientos de este tipo.

Valentín Haüy es el primero que en 1785 funda en París el famoso instituto de su nombre, que con base a su sistema de letras en relieve entabla con ardor la educación y el trabajo de no videntes, seguido en 1791 por las instituciones de Liverpool, Berlín y otras.

Luis Braille, nacido en 1809, y ciego desde los tres años, alumno desde 1816 de la Institución de Jóvenes Ciegos, de París, inventa el sistema de escritura para ciegos basado en seis puntos, adoptado como universal en el Congreso de Berlín (1889). Las puertas de la educación de los ciegos habían sido abiertas.

Desde que apareció el Sistema Braille, la profusión de obras protectoras para ciegos y de iniciativas en su favor ha sido grande, pero enormemente dispar y hasta desquiciada, orientada casi siempre en la caridad, como una afirmación de la presunta inutilidad del ciego, y como lógica consecuencia, bajo la dirección de videntes.

 

 Oftalmología

Las causas de la ceguera son muy numerosas, pero a dos de ellas debemos atribuir la mayoría de los casos: el tracoma y la sífilis. De ésta pueden derivarse muchas clases de afecciones que la producen, como el glaucoma, el desprendimiento de retina, úlceras, cataratas congénitas, etc. La oftalmía purulenta del recién nacido, producida casi siempre por descuido en la limpieza de los ojos del bebé y falta de la elemental regla profiláctica de aplicarles al nacer unas gotas de solución de argirol al 20%, también da un abrumador contingente de ciegos.

Podrían citarse, además, entre otras causas de ceguera, el sarampión, la viruela, la meningitis y los accidentes.

La profilaxis de la ceguera, que se lleva en algunos países con gran intensidad, ahorra muchos casos y, naturalmente, es de capital importancia para el porvenir en España. Sería necesaria una intensa divulgación de esta clase de de profilaxis entre los profesionales de la medicina y el público en general; la creación de todos los centros sanitarios precisos, y la promulgación de disposiciones que hagan obligatoria la práctica de determinados métodos y reglas profilácticas.

Según la clasificación adoptada por los oftalmólogos, se consideran ciegas todas las personas que posean menos de una décima de visión de la escala de Becker.

 

            Un aspecto interesante en la cuestión que nos ocupa es el comportamiento de los demás sentidos cuando falta el de la vista. Indudablemente el ciego, cuyas facultades intelectuales son idénticas a las de un individuo cualquiera, se sirve del resto de sus sentidos con una mayor atención. Y así, en igualdad de condiciones de inteligencia, educación, ambiente, etc., puede adquirir el mismo conocimiento y relación del mundo exterior que los videntes, circunstancias estas que le dan la posibilidad de comportarse como una persona normal. Sólo la complicada red de prejuicios que acerca de él existe, impide que eso se realice.

Únicamente dos sensaciones nos son vedadas: el colorido y el paisaje. Las demás conseguimos detectarlas. En la incomprensión de esta exacta realidad física de lo que es la falta definitiva de la vista residen esos innumerables prejuicios a que me he referido, cuya lista sería larga de enumerar.

 

Enseñanza

Para la enseñanza de los ciegos en sus diferentes grados hay que prestar una atención principalísima a que ésta sea lo más posible en analogía con la que reciben los videntes.

En efecto, el aislamiento determina en el niño ciego una influencia profunda en

su psicología, que provoca una serie de taras y complejos que son la verdadera desgracia de esos infelices.

Al niño privado de la visión no se le debe dar, de ningún modo, un trato diferente al de los demás. Para su normal formación, ha de participar en los juegos propios de su edad y sexo, pues aunque parezca increíble, sus sentidos se encargan perfectamente de suplir la deficiencia visual, y ni sus amiguitos ni él se acuerdan para nada de tal defecto. Este aspecto tan importante de la educación de los niños ciegos que, naturalmente, ha de estar a cargo de los padres y maestros, debería ser objeto de una gran divulgación.

Los invidentes deben comenzar sus estudios en las clases de párvulos normales. Para ello, en España, los maestros tienen la obligación de conocer y enseñar el Sistema Braille, precepto que generalmente no se cumple, así como tampoco se aplica a los niños ciegos la obligatoriedad vigente de asistencia a la escuela.

Sólo deben estos niños ingresar en un colegio especial cuando llegue el momento de tener que usar material pedagógico de expresión táctil, o auditiva, no asequible en las escuelas ordinarias.

La orientación profesional es necesaria en el ciego, bien determinando su aptitud para un oficio, bien para estudios intelectuales. Ello se explica perfectamente si se tiene en cuenta que, faltando el sentido de la vista, hay que buscar en un mejor aprovechamiento de los demás, el mayor rendimiento de trabajo futuro del interesado.

No seguiré adelante sin insistir sobre lo que, en cuantas ocasiones nos es posible, hacemos notar. Me refiero al caritativo, pero erróneo concepto que de los ciegos se tiene entre las personas que con más celo se dedican a su educación. Creen ver en ellos propensión o aficiones a determinadas cosas, como la música. En la enseñanza de oficios se les dedica al aprendizaje de labores manuales que ningún resultado práctico pueden proporcionarles, por la competencia industrial; y en caso que se suprimiera ésta, mediante disposiciones monopolizadoras, los productos elaborados saldrían a un coste enorme.

Ni tiene el ciego, por el hecho de serlo, una aptitud determinada, ni es solución aislarlo en oficios muertos que no le sacarían de la miseria.

La enseñanza profesional debe orientarse hacia las labores industriales que los faltos de vista pueden realizar, que son muchas, para el aprendizaje de las cuales existe asombrosas instalaciones en ciertas instituciones de Alemania, Inglaterra y otros. Allí, los alumnos son enviados a practicar a fábricas y talleres.

En cuanto a las profesiones liberales y estudios superiores de cualquier clase, los establecimientos especiales tienen el exclusivo objeto de proporcionarle los libros y demás elementos precisos para que puedan asistir a las clases de las Universidades, Escuelas Normales e Institutos.

En este aspecto tampoco en España se ha sabido atender a los invidentes, y no sólo a nadie se le ha ocurrido encauzarles hacia esa clase de estudios, sino que, en general, han encontrado un sinnúmero de dificultades los que han querido ingresar como alumnos oficiales en los centros de enseñanza del Estado.

Existen determinados países como Alemania, Italia, Inglaterra y Estados Unidos, donde llevan mucho adelantado en la enseñanza práctica de los sin vista. El “Royal National Institute for the Blind”, de Londres, es un ejemplo, quizá el más perfeccionado, entre estos establecimientos.

El deporte es igualmente ejercido en ellos. Gimnasia, juegos de fútbol, waterpolo, carrera, natación y otros muchos, deleitan a los alumnos, que nada tienen que envidiar en fortaleza y destreza a sus compañeros videntes.

Los sistemas utilizados para la enseñanza son sencillos: el Braille para la lectura y escritura en relieve, la mecanografía para la escritura en negro, y los procedimientos de adaptación de los diferentes instrumentos y objetos que han de utilizar en ciertos casos, simplifican la enseñanza hasta el punto de no ofrecer para el individuo ciego una mayor dificultad que para el vidente.

En España, desgraciadamente está todo por hacer en lo que a enseñanza de los no videntes se refiere. Salvo unos cuantos ciegos que han conseguido hacerse de una carrera u oficio normal, por sus propios medios y acudiendo casi siempre al extranjero, todos los demás se encuentran en inferioridad de condiciones con respecto a las personas de vista, si no faltos de toda instrucción (el 95% aproximadamente son analfabetos).

A pesar de los generosos esfuerzos de ciertas escuelas, como el Colegio Nacional de Madrid, la Escuela Municipal de Deusto y otros, la enseñanza es muy incompleta, dándose el caso de que la mayoría de los alumnos salen de ellas para ocupar una modesta plaza de organista o, lo que es peor, para la mendicidad.

La mal entendida caridad, que coloca a los escolares ciegos en régimen de asilados, proporciona resultados opuestos a los que se desean. Básteme decir que, casi la mitad de las escuelas de ciegos existentes en España, se encuentran dentro de asilos y hospicios, teniendo que pasar como “hospicianos” los niños invidentes, cuyo motivo de estar allí es instruirse, no el de acogerse a la beneficencia.

En cuanto a editoriales Braille, España carece de una imprenta oficial que pueda subvenir a las necesidades de libros pedagógicos y culturales, no obstante habérsenos ofrecido una por la American Braille Press, entidad filantrópica americana. El gobierno de la República no concedió el oportuno presupuesto y las necesarias asistencias técnicas a que dicha Institución condicionaba la donación.

 

Trabajo

Los ciegos tienen la posibilidad, el deber y el derecho de trabajar.

Pueden, porque aunque son muchas menos las ocupaciones que les es dado desempeñar que a los videntes, en cambio su número es insignificante en comparación con éstos;

Deben, porque como los demás ciudadanos de una Patria fuerte, están obligados a rendir un fruto a la actividad nacional;

Tienen derecho, porque una sociedad bien organizada no ha de consentir que  sus miembros sin vista unan a su desgracia física, la terrible de no disponer de un medio decoroso de poderse labrar una posición libre y un hogar.

Cuanto en España se ha hecho o intentado hacer en pro de los faltos de vista ha sido sencillamente absurdo, y hasta denigrante para éstos, pues se les ha dedicado a oficios manuales que ya nadie práctica, o a la profesión de músico y organista, cuyo ínfimo rendimiento es bien conocido. Es ponerles en trance de mendicidad abierta o disfrazada, como ocurre con las Casas de Trabajo para ciegos, que creó el último Patronato Nacional, las cuales, después de vendidos los productos que en ellas se fabrican, tenía que añadir el Estado muchos miles de pesetas mensuales, para dar, a menos de un centenar de ciegos, jornales de cuatro o cinco pesetas.

Es evidente que esta triste situación puede y debe cesar inmediatamente. No existe ninguna razón para que los ciegos, por el hecho de serlo, perciban un jornal más bajo que cualquier obrero vidente. Aún es más: la justicia exacta de nuestro Caudillo Franco nos ha demostrado, con el Decreto en que se concede a los ciegos de guerra, entre otros mutilados, un suplemento sobre el sueldo para sufragar un ayudante, que deberá estudiarse el modo de concesión de primas a estos trabajadores ciegos que, por necesitar un auxiliar, tengan que hacer frente a mayores gastos.

El jornal normal puede conseguirlo el invidente en las labores industriales donde no es indispensable la vista, entre las que podrían citarse muchas clases de empaquetados, embalajes, embotellados, fábricas de jabón, productos químicos, tabaco, diferentes trabajos de selección y ensamblaje, montajes, ebanistería, fábricas de papel, torno y fresadora, y muchas más, cuya enumeración y clasificación requieren un trabajo más extenso, del que podría hacerse un detenido estudio experimental y práctico, para el que serían precisos medios económicos suficientes.

Las profesiones que los ciegos pueden ejercer con éxito son también numerosas, entre las que se encuentran el masaje, el comercio en sus diversas ramas, el periodismo, telefonía, telegrafía y radio, taquigrafía y mecanografía, filosofía y letras, música, derecho, matemáticas y otras.

De todas estas actividades hay numerosos ejemplos en Francia, Alemania, Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Japón y tantos otros países, sin que sin duda se haya llegado en ellos a la perfección deseable.

En España existen escasamente una docena de masajistas, algunos maestros, periodistas, varias docenas de profesores de música, tres licenciados, dos telefonistas y varios comisionistas y agentes comerciales.

Las granjas agrícolas parece ser una actividad apta para los ciegos, según ensayos que se realizan en Inglaterra.

El procedimiento que se sigue en Alemania, Inglaterra y Francia, para la colocación de los obreros sin vista, es el dictar disposiciones obligando a las empresas a admitirlos en determinada proporción. Por ejemplo, en Francia, una Ley establece que en la tabacalera debe haber el 1% de obreros ciegos. El sistema fascista de Italia tiene muy adelantada la labor de colocación de obreros ciegos mediante su ingreso en las corporaciones o sindicatos después que terminan su aprendizaje. El ciego es allí uno más entre los videntes y entra en el turno de colocación.

Según lo expuesto, el problema del trabajo de los ciegos en España tiene que ser resuelto dividiéndolos en tres grupos, a saber:

 

Los menores de cuarenta años que no estén en edad escolar;         

Los mayores de cuarenta años y que no lleguen a sesenta y cinco;

Y los ancianos e impedidos.

 

            El primer grupo puede, en su mayor parte, ser instruido para los diferentes trabajos accesibles a los invidentes, aunque quizá con cierta dificultad para los mayores de treinta años que permanecieron hasta entonces inactivos o analfabetos.

 

Los que integran el segundo grupo, salvo una pequeña parte, no podrán aprender oficios ni profesiones, por lo cual es necesario buscarles una ocupación remuneradora. Esta ha encontrado un perfecto ajuste en la venta ambulante del Cupón Pro Ciegos, establecida ya en muchos lugares de nuestro país, la cual ha dado un magnífico resultado.

 

            Casi todos los del tercer grupo, con exclusión de los que pueden dedicarse a la venta del Cupón, deben quedar bajo un régimen de pensiones.

 

Asistencia Social

Las necesidades de los ciegos deberán ser atendidas por una asistencia social bien organizada. Esta asistencia comprende las pensiones a la vejez y la inutilidad, los subsidios de paro, las primas, la asistencia médica, la asistencia escolar y formativa, en fin, la divulgación de normas que supriman absolutamente la mendicidad y la miseria entre los faltos de vista.

Existen países donde la asistencia social abarca a todos los ciegos, siendo un ejemplo Alemania.

En nuestro país, salvo esfuerzos meritísimos aislados, que han conseguido amparar a un número reducido de ciegos, son aproximadamente un noventa por ciento los que se encuentran totalmente desamparados.

 

Estadística

Por regla general, en Europa los ciegos existen en la proporción aproximada de uno por mil. El país del mundo .donde se supone hay más ciegos es Egipto, sin duda por la costumbre supersticiosa de no lavar los ojos a los recién nacidos. Su proporción se calcula allí y en otros países atrasados del 1 al 2% de la población.

Los ciegos en España llegan a unos veinticinco mil, de los cuales unos catorce mil son varones y diez mil mujeres.

 

 Asociaciones de ciegos

Para atender a todas las necesidades ya expuestas en relación con los faltos de vista, y resolver los problemas que de ellas se derivan, se hace precisa en nuestra Patria la existencia de una fuerte y bien organizada organización, no de tipo anquilosado y formalista, sino inspirado en realidades, capaz de cumplir sus fines.

Hasta el dieciocho de julio, debido al largo período de desorden por el que ha atravesado nuestro país, las obras pro ciegos han sido tan numerosas como dispares, faltas de todo control y responsabilidad, unas habiendo obtenido resultados magníficos, mientras otras han constituido verdaderos fracasos y hasta ruidosos escándalos.

El ejemplo más destacado entre las primeras es la Sociedad Provincial de Ciegos “La Hispalense”, de Sevilla, la cual, mediante el producto bien administrado del cupón pro ciegos, consiguió redimir a casi todos los invidentes de esa provincia, no obstante las acechanzas de los perturbadores de dentro y la política de fuera, contra los que luchó sin dejarse influir ni por unos ni por otros.

De las segundas nos pueden surtir el más vivo ejemplo los dirigentes videntes del cupón que apareció en Madrid en 1933, los cuales defraudaron a los ciegos y al público comprador.

La lucha entablada por algunos ciegos conscientes durante ese tiempo para reprimir aquel estado de cosas, que tanto perjudicaba a nuestra causa, fue enorme, llena de amarguras y con reducidos frutos.

Porque no hay duda que se debe estar prevenido contra determinados sedicentes altruistas, que intentan medrar a costa de ideales tan sagrados como la protección a los faltos de vista.

Hecha esta digresión, quiero insistir un poco sobre la obra realizada por “La Hispalense” y sus hermanas las Provinciales andaluzas, porque dicha obra debe servir en gran parte de norma para la futura organización nacional. Para mejor comprenderla es preciso conocer en toda su trascendental importancia el Cupón Pro Ciegos.

Se trata de unas papeletas o boletos perforados para poder separarlos unos de otros (cupones), que valen diez céntimos, numerados del 1 al 1.000 que, sorteados diariamente en cada provincia, adjudican entre sus compradores un premio mayor de 25 pesetas y nueve terminaciones (las dos últimas cifras del número premiado) de 2,50 ptas.

Estos cupones son vendidos exclusivamente por ciegos, a comisión del 35 o 40%, según se trate de pueblos o ciudades, bastándoles la venta de doscientos cada día para obtener un jornal de siete u ocho pesetas (1).

 Abonadas estas comisiones y los premios, el resto pasa al fondo social, que atiende a los demás fines de la obra. Dada la facilidad con que algunos ciegos venden el cupón, hemos fijado un tope máximo de venta de 250 cupones diarios por cada vendedor.

Esta modesta pero práctica venta ambulante es insustituible para los invidentes que no pueden dedicarse a otro trabajo, que son ahora en España la inmensa mayoría, venta que no puede ser reemplazada por ninguna otra cosa, ni aún por la Lotería la cual, a más de dar sólo el 1% de comisión a quienes la venden, requiere personas de gran movilidad y destreza y muy buena vista para asegurarse un jornal suficiente.

Los ciegos, en competencia con los videntes, venden una cantidad insignificante de billetes de Lotería. Y si, como algunos propugnan, se les concediera la exclusiva de su expendeduría, la merma que experimentaría dicha Lotería sería tan considerable, que supondría para el Estado pérdidas mucho mayores que las que le acarrearía tener que subvencionar a todos los ciegos españoles.

Fruto de esta lógica indiscutible es el Cupón, que sin perjuicio para nadie, merced a sus reducidas proporciones, soluciona un problema que nunca el Estado habría podido resolver, como vamos a ver a continuación.

“La Hispalense”, eficazmente apoyada por las autoridades de toda la provincia, ha atendido a la totalidad de los ciegos de la misma, no solamente dándoles el jornal de un obrero medio, sino montando una obra social completa, que les proporciona asistencia médico-farmacéutica, subsidios por enfermedad y escolaridad, pensiones por vejez e incapacidad, primas por nupcialidad, alumbramiento, defunción y otras, compensaciones por falta de venta en caso de mal tiempo, fiestas y devolución, distribuciones de ropa y dinero, por ejemplo, en caso de inundaciones. Hay conferencias educativas, recreativas y religiosas. Desde que se inauguró, el pasado mes de junio, un magnífico edificio adquirido en propiedad por la Entidad, hemos incrementado nuestra acción profiláctica con la instalación de una moderna clínica de oftalmología al servicio de los pobres que padecen enfermedades de la vista. También funcionan escuelas de niños y adultos, rondalla, hogar del ciego con bar y salón; y está en preparación una escuela de reeducación de ciegos de guerra, inspirada en las más modernas orientaciones.

(1) Entonces el jornal medio de un obrero no especializado se estimaba en ocho pesetas.

Pero nuestro ardor no para en esta sola manifestación. Los ciegos de las restantes provincias de Andalucía, encuadrados en obras similares, se han unido a los de “La Hispalense” en una pujante entidad llamada “Federación Bética de Ciegos”, cuya organización se lleva a cabo con gran celeridad. Gracias a estas Instituciones Provinciales puede decirse que son muy pocos los ciegos andaluces que no disfruten de adecuada asistencia, porque en todas ellas ha sido implantado el Cupón y demás servicios que he enumerado.

Esta Organización Regional, dirigida y administrada únicamente por ciegos, es una demostración viva de que no hay nadie como los interesados para afrontar una obra de esta índole, por lo que habrá que buscar entre éstos, los dirigentes capacitados para regir la futura Organización Nacional.

En España, hasta ahora, la protección oficial de los sin vista había sido orientada en forma de patronatos, modelo de burocracia y desconectados de los ciegos, dirigidos por videntes, cuya actuación era nula en unos casos y equivocada en otros.

En estos momentos de resurgimiento patrio, en que todas las actividades nacionales se están reorganizando en apretado haz de hermandad para constituir un disciplinado sistema de trabajo, los ciegos no quieren ni deben permanecer ajenos a este patriótico afán. Es necesario agruparlos, bajo la dependencia del Servicio Nacional de Ciegos que deberá crearse, en una federación a base de asociaciones provinciales y delegaciones locales, que llegue hasta el lugar más apartado de España a enjugar las lágrimas de tantos desgraciados, más que por la falta de vista, que Dios les compensa con creces, por el abandono e incomprensión en que se encuentran.

 

Conclusiones

Como consecuencia de lo anteriormente expuesto, y vista la apremiante necesidad de atender a los ciegos civiles en sus diversos aspectos, estimo que deben elevarse al Gobierno Nacional las siguientes PROPUESTAS:

 

PRIMERA– Creación del Servicio Nacional de Ciegos, dependiente del Ministerio del Interior.

 

SEGUNDA– Se fusionarán en esta nueva Organización todas las entidades, tanto culturales como de trabajo y otros órdenes, que traten de problemas relacionados con los no videntes.

 

TERCERA– Pertenecerán con carácter obligatorio a las Organizaciones oficiales que dependan de este servicio, todos los ciegos españoles.

 

CUARTA– El Servicio Nacional de Ciegos confeccionará el Reglamento interno de la Organización y dictará las normas a seguir en lo concerniente a la recaudación y administración de los distintos fondos con que contará.

 

QUINTA– Este servicio deberá integrarse por un Jefe Nacional, un Subjefe, un Secretario General, y los Delegados de las distintas Secciones creadas por la Jefatura. Los componentes de este Servicio serán nombrados por el Excmo. Sr. Ministro del Interior, y deberán ser todos ciegos.

Será labor de esta Jefatura el desarrollo de los siguientes fines:

 

            a) Dotar a todos los ciegos del jornal necesario para su sostenimiento y el de la familia a su cargo, equiparándolos a los videntes;

b) Organizar la enseñanza especial de ciegos, a base de los más perfectos métodos pedagógicos;

c) Creación de los establecimientos especiales necesarios para la formación profesional de los ciegos, dotándolos del material moderno indispensable;

d) Fomentar y proteger en las industrias el trabajo de los ciegos;

e) El cultivo de la literatura, el arte y los deportes, será otra de las cuestiones fundamentales a resolver por esta Organización con objeto de que la juventud se forme en los postulados de Religión, Patria y disciplina, norma del Nuevo Estado;

f) Proporcionar asistencia médica completa, subsidios por enfermedad y otras causas especiales, a todos los ciegos, así como pensionarles la vejez, y la inutilidad para el trabajo;

g) Intensificar por todos los medios la profilaxis de la ceguera;

h) Propagar activamente las cuestiones tiflológicas, el desarrollo y la labor de este Servicio, para lograr el máximo apoyo y comprensión de las personas videntes;

i) En general, adoptar cuantas determinaciones redunden en beneficio de los no videntes.

 

            Sevilla, agosto de 1938, III Año Triunfal.”

 

Firmado: Javier Gutiérrez de Tobar y Beruete, Presidente de “La Hispalense” y de la “Federación Bélica de Ciegos”.

 

            Esta ponencia figuró entre las conclusiones del citado Congreso de Santander, con la mención de que “SE ELEVE AL GOBIERNO CON CARÁCTER DE URGENCIA”.

 

Mis colaboradores en aquella memorable comparecencia ante la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias fueron: D. Fernando Márquez Suárez, profesor del Colegio de ciegos San Luis, de Sevilla; D. Julio Osuna Fajardo, profesor de Estética e Historia de la Música del Conservatorio de Málaga, y el abogado vidente D. Ángel Lara-Barahona, del Cuerpo de Secretarios de Administración Local. Como acompañante vidente actuó D. Francisco Jiménez Estévez.

El Congreso lo presidía D. José María Torroja, Subsecretario de Obras Públicas; presidía la Sección de Ciencias Sociales D. Severiano Aznar. Apoyaron mi propuesta, el Rector de la Universidad de Sevilla, D. Mariano Motta Salado; el Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Sevilla, D. Federico Castejón, y el Gobernador Civil de Sevilla, D. Pedro Gamero del Castillo.

En septiembre de aquel año se hizo cargo del proyecto D. Javier Martínez de Bedoya, jefe del Servicio Nacional de Beneficencia y Obras Sociales del Ministerio del Interior, con sede en Valladolid. Hasta que se publicó el Decreto de fundación de la Organización, estuvimos en contacto con dicho señor.

 El resultado de los estudios que a tal respecto hicieron en el Ministerio, fue dividir la Entidad en dos partes: El Consejo Superior de Ciegos, que aseguraría el control estatal, y la Organización Nacional, que tendría a su cargo el funcionamiento de la misma.

Nuestra asistencia al Congreso de Santander fue algo fortuito. ¡Quién iba a pensar que sería decisiva!

 

Fernando Márquez, el que con su hermano Antonio regía el estanco de Valencina (Sevilla) y la centralita telefónica, quedándole aún tiempo para tocar el órgano de la iglesia del pueblo y enseñar guitarra en el Colegio de San Luis, vino una mañana de julio a mi casa con la pretensión de que acudiéramos a buscar apoyo a nuestro proyecto de federación nacional, a un Congreso de Ciencias que iba a reunirse al mes siguiente en Santander.

Aquello me pareció tan fuera de nuestro ámbito que le costó gran trabajo convencerme, argumentando que allí se concentrarían las personalidades más influyentes del momento. Una vez acordada la asistencia por la Directiva de la Federación Bética de Ciegos, en una noche redacté la ponencia que acaban ustedes de leer y antes de una semana estaban impresos los mil ejemplares de la misma que nos proponíamos repartir entre los congresistas.

Renuncio a relatar el increíble viaje que hicimos de Sevilla a Santander, en un tren abarrotado de soldados, con una ventanilla como único acceso. ¡Dos días y dos noches, sin apenas comer!

Pero nuestra llegada al Palacio de la Magdalena, donde iba a tener lugar el certamen, fue peor. Don José María Torroja, al vernos a tres ciegos, uno de los cuales iba a leer la ponencia en Braille, no se lo creyó, manifestando que no era posible nuestra pretensión de presentarla al pleno.

Sin perder la calma, acudimos a nuestros valedores, el Rector de la Universidad de Sevilla, D. Mariano Motta Salado, y el Catedrático, D. Federico Castejón, quienes lograron convencer al incrédulo, ¡y se leyó! El primer sorprendido fue él ante nuestro clamoroso éxito. Aquella tarde, no quedó un solo ejemplar de la ponencia en la secretaría del Congreso.

Ese día se jugó para los ciegos civiles la carta de “ser o no ser”. 

 
 
 
Para leer la segunda parte, pinche aquí.
 
 
 


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