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A la diestra del Papa
 
 
José Javier Esparza
 
   “Jamás he sido de derechas”, dice el papa. Ah, vaya. Qué alivio…
 
   No sé si se ha reparado suficiente en el contexto de la frase. Francisco reconoce que durante su primer periodo episcopal, allá en su juventud, tomó decisiones autoritarias y personalistas y acto seguido identifica eso con una actitud de derechas. Dice todo ello en el tono de quien confiesa una culpa y pide perdón. Y usted se preguntará: ¿Es que no hay tipos autoritarios y personalistas en la izquierda? ¿A cuento de qué viene soltar la bofetada sólo a la derecha?
 
   Es fama que los jesuitas de la generación de Bergoglio intimaron mucho con la Escuela de Frankfurt. Alguno incluso se pasó al otro lado, como Jesús Aguirre, que, por cierto, era casi de la misma quinta que el Papa. Y la cita erudita viene a cuento de que uno de los santones de Frankfurt, Theodor Adorno, teorizó largamente la “personalidad autoritaria”, que en la vulgata de los progres sesenteros enseguida se asoció al temperamento de derecha. Adorno sabía bien que la personalidad autoritaria se encuentra lo mismo a derecha que a izquierda, pero se ve que aquel día Bergoglio no prestó demasiada atención, y así se ha quedado con el tópico de la “derecha autoritaria” y la “izquierda democrática”, lugares comunes que aún hoy circulan entre la progresía semiculta. Estragos de los sesenta: un papa es un papa, pero un cura es un hombre que, como todos, termina siendo hijo de su tiempo. Al polaco Wojtyla o al alemán Ratzinger nadie tenía que enseñarles que el mal puede nacer lo mismo a derecha que a izquierda. Pero ambos eran de la generación de los 20.
 
   Estas palabras del papa han hecho que mucha gente se sienta súbitamente huérfana, y con razón, Pero, mirando a largo plazo, quizá no haya que llorar demasiado. Por ejemplo, en esta tierra nuestra hemos tenido que lidiar con papas abiertamente antiespañoles como Clemente VII o Pablo IV, el siniestro Gianpietro Carafa, y no por eso España dejó de ser martillo de herejes. De ahí viene aquello de “más papistas que el papa”. Carlos I y Felipe II debieron de tener siempre muy presente aquel pasaje de la Biblia en el que Noé se emborracha y queda en pelota picada, y sus hijos, afligidos, no regañan al anciano, sino que le tapan amorosamente con un manto. La figura se trae a colación siempre que es preciso tapar la desnudez de alguien, medie o no consumo de alcohol.
 
   Por cierto que esa historia acaba con la maldición de Noé sobre el hijo que había dado el queo de la borrachera, o sea, Cam, cuya descendencia quedó condenada a la esclavitud. Cam debería ser patrón de los periodistas indiscretos.
 
 
 
 
 
 
 
 


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