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A pie y sin dinero (Loa del Arma de Infantería en el día de su Patrona)
 
Camilo José Cela
 
 
 
 
   A mi coronel, el general Millán Astray.
 
   A pie y sin dinero un ochavo en los bolsillos; calados hasta los huesos y con el estómago frío; en la vista una nube de hielo y en el dedo que prime el gatillo, un sabañón. El día 8 de diciembre, el día de la Purísima, hace mucho frío, pero nunca bastante para frenar la Infantería que, con un trajecito de dril, derrite la nieve de los montes. Y la escarcha de los ríos difíciles. Y el hielo que prime a los corazones en desgracia.
 
   Ningún oficio más bonito que el de capitán de Infantería, artesano del valor heroico, orfebre del valor estoico, que va a pie a donde lo mandan, con sus hombres detrás, y que a veces se queda en el camino porque una bala -¡con qué facilidad, Dios mío!- le para los pulsos del corazón.
 
   La guerra no es triste porque da salud y -que no se me lleven las manos a la cabeza los timoratos- ¡benditos sean los franceses, que nos unificaron y nos pusieron de acuerdo para echarlos!
 
   La guerra no es triste, porque levanta las almas. La guerra no es triste, porque nos templa la sangre. La guerra no es triste, porque nos enseña que, fuera de la bandera, nada, ni aún la vida, importa.
 
   La Infantería es la guerra a pie firme, la guerra cara a cara, la vida jugada a cara y cruz de la victoria o la muerte. La Infantería es la guerra a cuerpo limpio, y el infante el lidiador que lleva el espíritu armado de un estoque de fuego, como un arcángel con estrellas en la bocamanga.
 
   La Infantería no es la materia: es el ligero y tenue soplo que vivifica. La Infantería no es la masa, es la compañía. La Infantería no es, a veces, ni el concierto: es siempre la arrebatada canción del solitario centinela, que canta para que el cabo de guardia sepa que está vivo.
 
   Quien no haya sido soldado de Infantería quizá ignore que cuando el hombre se cansa, aún le faltan muchas horas y muchas leguas para cansarse. Porque el secreto de la Infantería -nosotros cornetas en el cuello de la guerrera- es el de sacar fuerzas de la flaqueza y hacer de las tripas corazón. Que nunca más noble destino tuvieron ni para nada mejor pudieron servir.
 
   Quien no haya sido soldado de Infantería quizá ignore que cuando el hombre se lanza, cuando el hombre se calienta la sangre, lo más difícil es pararlo y enfriarlo. Porque el otro secreto de la Infantería es el de calentar el aire con la mirada y darse cuenta de repente que la batalla terminó cuando el soldado creía que estaba empezando. Que nunca mejores temples se conocieron ni en más gallardo menester se emplearon.
 
   Quien no haya sido soldado de Infantería quizá ignore lo que es sentirse el amo del mundo a pie y sin dinero.
 
   A pie paseamos por donde quisimos, porque el que no va a pie no se entera, y os lo dice un vagabundo. Y sin dinero izamos nuestra bandera donde nos dio la gana y donde nos mandaron, porque la victoria es algo que no se compra, sino que se conquista, y os lo asegura un pobre.
 
   Ningún oficio más bello que el del infante, que lleva su casa a cuestas como el caracol y se pelea porque no admite jaques; como el león y como el gallo y como el toro. Sin medir las fuerzas -que no fuera noble presentar las batallas ganadas- y sin mirar atrás, porque detrás no hay nada, absolutamente nada.
 
   Con el frío del 8 de diciembre se calienta nuestro herido corazón al pensar, como una novia a la que quisiéramos demasiado en la Infantería. Resuenan pífanos marciales y aún nupciales en la última y más profunda revuelta de nuestros oídos, y aún se estremece, gracias a Dios, ese último nervio que en los cuerpos de los bien nacidos se guarda, como oro en paño, para que vibre en las ocasiones solemnes.
 
   En el día de la Patrona, por ejemplo.
 
 
Artículo publicado en "El Alcázar", en 1949
y reproducido en "Tierra, Mar y Aire", en septiembre-octubre de 1974 
 
 
 
 
 
 


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