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Adolfo y yo
 
Kiko Méndez-Monasterio
 
 
 
   Por las mismas calles donde lincharon el sábado a los policías ha pasado el féretro de Adolfo Suárez, después de haberse sometido a un proceso acelerado para la elaboración del mito.
 
   Algunos panegíricos han rozado el ridículo, pero la leyenda de la Transición necesitaba de un santo laico a quien encomendarse, ahora que se arrugan los cimientos de papel que se construyeron en aquella época. Al paso del ex presidente, los oligarcas repiten como una salmodia fúnebre sus palabras preferidas, consenso y democracia, dos conceptos que ya están manoseados hasta la contaminación.
 
   Democracia queda poca. La que nació en el 78 ha sido tan tutelada desde el poder que a su lado el despotismo ilustrado parece un régimen de autogestión. Resistirá, supongo, lo que dure la agonía de las clases medias, y también la paciencia de los policías, que llegaráun momento que se cansarán de poner la cabeza para recibir adoquinazos mientras los políticos y los medios de izquierda les atan las manos. ¿Y después? Pues más consenso.
 
   La palabreja aquella se la colocan a Suárez como la condecoración más alta de todas, por encima incluso del Toisón que ya ha recogido el rey. En realidad, al hacerlo, los políticos de entonces pretenden apropiarse de parte del aplauso, decir que ellos también pactaron, subiéndose asíal armón de artillería que trasladaba al ataúd.
   
   Pero lo cierto es que -al igual que las estructuras- las palabras mágicas de la Transición ya no funcionan como antes. Ni el pluralismo político, ni la campechanía, ni lo constitucional logran entusiasmar a los seis millones de parados, ni a los españoles que en Cataluña viven la reedición burguesa del apartheid.
 
   Decía Margaret Thatcher que el consenso es algo en lo que nadie cree, y a lo que nadie se opone. Puede que sea cruel, pero hoy no hay mejor obituario. La izquierda entendióla mano tendida del franquismo como un síntoma de debilidad; desde entonces se ha ensoberbecido con esa auto otorgada superioridad moral, y sólo dejaron para un poco más tarde su afán de revancha guerracivilista y hemipléjica. Los nacionalistas igual. Tampoco se creyeron nunca lo de la indivisibilidad de España, pero no se opusieron a un sistema que les daba un poder que ni en sus mejores sueños hubieran imaginado, y que gestionado con eficacia acabaría construyendo sus naciones fantasma. 
 
   Quizá, el único que si se creyó toda aquella palabrería fue Su Majestad. Poco se ha subrayado el mensaje Real en la muerte de su valido. Al decir “Adolfo y yo”, el rey, por primera vez en su largo reinado, se reivindicaba a sí mismo. Es un síntoma nada anecdótico que Don Juan Carlos también sienta la necesidad de subirse al armón. No puede ser vanidad lo que le mueve, ni siquiera cuando afirma que Adolfo y él protagonizaron una de las épocas más brillantes de la historia de España. Me inclino más a pensar que el monarca sabe que aquella historia está cada vez más lejos, que en los últimos años ha comprobado cómo se agrietaba su imagen, hasta hace poco intocable, y que empieza a temer que la renta política conseguida entonces ya se agota.
 
 
 
 
 


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