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Alcance histórico del 18 de julio

Pío Moa

Dichos, Actos y Hechos Blog

Esta semana se ha cumplido el 51 aniversario del alzamiento del 18 de julio de 1936, y es importante, ante todo, entender por qué se produjo y contra qué. Eso debiera estar claro hoy para todo el mundo, pero ocurre lo contrario. Desde hace más de 40 años, ya en pleno franquismo, cundió la versión de que se trató de un golpe militar contra un gobierno normal y democrático salido de una elecciones igualmente normales y democráticas. Esa era la tesis difundida por la escuela comunista de Tuñón de Lara y acogida por otras fuerzas políticas hasta volverse dominante, también en la derecha, hasta principios de este siglo. Con algunas voces discrepantes como la de Ricardo de la Cierva, que, como se jactaba una profesora de tres al cuarto, había sido erradicado de la universidad.

Creo poder decir sin jactancia que en este panorama mis estudios sobre los mirtos de la república, la guerra y sus orígenes, contribuyeron a cambiar ese panorama de modo radical. Cuando digo esto me refiero al aspecto intelectual: ni una sola de mis tesis o de mis datos han sido rebatidos convincentemente. En realidad, la respuesta ha sido, no un debate racional, sino sartas de insultos y descalificaciones personales, seguidas de una espesa campaña de silenciamiento en los medios de masas, muy especialmente en los de derecha como ABC, La Razón, La Vanguardia, la radio y televisión “de los curas”, etc. Es lógico, nunca han sido demócratas y quieren pasar por tales a fuerza de hacerse los antifranquistas, siguiendo a una izquierda que siempre tendió al totalitarismo y la corrupción.

De modo que cuando digo que en el aspecto intelectual hemos vencido a la superchería de estos años, debo añadir que no ocurre igual en la opinión pública, manipulada y moldeada por los medios, partidos e historiadores pro Frente Popular. Hoy por hoy, una gran masa de españoles cree a ciegas las historietas que le cuentan unos auténticos estafadores políticos, a cuyos modelos republicanos definiera el liberal Gregorio Marañón con las palabras “mentira, estupidez y canallería”. Y como esta situación es muy grave y abona todo tipo de políticas siniestras, insistimos tanto en la urgencia de dar la batalla cultural por la verdad histórica, sin la cual no habrá posibilidad de una regeneración democrática.

Pues bien, vamos a la realidad histórica. Como está demostrado desde hace bastantes años, las elecciones del Frente Popular fueron fraudulentas y aplicadas en un clima de violencia e ilegalidades desde la campaña y el recuento electoral hasta la destitución de Alcalá Zamora, pasando por otras elecciones parciales y la llamada revisión de actas. He insistido de manera especial en ello y últimamente dos estudiosos han dado nuevos detalles que lo corroboran. Esta aclaración es fundamental porque todos los discursos que vienen falsificando la historia y deformando la política, parten del supuesto de unas imaginarias elecciones democráticas. Aquellos comicios fraudulentos dieron lugar de modo inmediato a un proceso revolucionario extremadamente violento, despótico y arbitrario, que he detallado y documentado en el libro El derrumbe de la República. En cinco meses hubo cientos de asesinatos, incendio de innumerables iglesias, registros de la propiedad, sedes y prensa de derechas, provocaciones, invasiones de fincas, secuestros, etc. en medio de un verdadero hundimiento económico.

Entender qué era el Frente Popular exige atender a sus componentes de hecho o de derecho. Su principal partido, el PSOE, había organizado la insurrección de octubre de 1934 para imponer un régimen de tipo soviético, y estaba muy influido por el PCE, agente orgulloso de la política de Stalin. Estaba la separatista Esquerra catalana, que había participado en el mismo golpe, con la idea de disgregar España. Los anarquistas habían lanzado tres sangrientas insurrecciones contra la república. Los republicanos de izquierda, orientados por Azaña, habían intentado varios golpes de estado al perder las elecciones de 1933. Y en plena guerra se les incorporaría el PNV, un partido fanáticamente racista y antiespañol. Con asombroso descaro estos partidos, que habían atacado violentamente la legalidad republicana, se proclamaban en 1936 republicanos, otro fraude colosal, y como tales y demócratas los presenta una masiva historiografía con bárbara falsedad.

Pero no era solo el hecho de que ninguno de ellos fuera demócrata ni respetase la legalidad republicana. Sus programas y políticas demuestran que se trata de una conjunción de partidos totalitarios o golpistas con otros separatistas. Y ello es definitivo: el Frente Popular atacaba directamente la integridad nacional y buscaba imponer tiranías totalitarias, y de acuerdo con ello obraba. Por lo demás, cada partido tenía sus propias aspiraciones, y ya antes del 18 de julio andaban a tiros los socialistas con los anarquistas, y luego, en plena guerra civil unos y otros se mataron a mansalva, hasta terminar el conflicto en una segunda guerra civil entre los propios partidos del Frente Popular. Con todo, había algo en lo que todos concordaban: en la destrucción violenta y sangrienta de la Iglesia y de la cultura cristiana, raíz de la cultura occidental. Y a ello se aplicaron sistemáticamente.

Queda claro, pues, contra qué se produjo el alzamiento del 18 de julio: contra lo que representaba el Frente Popular y en pro de la supervivencia de la unidad nacional, de la cultura cristiana, de la propiedad privada y de la libertad personal, aunque fuera preciso sacrificar hasta cierto punto diversas libertades políticas. Estos motivos no fueron en absoluto pretextos. Esto es absolutamente esencial señalarlo, porque casi todas las historias se pierden en consideraciones menores o parciales que oscurecen lo principal. Repito: la causa inmediata del alzamiento, que empezó con un golpe militar fallido, fue el violento y sangriento proceso revolucionario salido de unas elecciones fraudulentas, que empujaba a un régimen totalitario y ponía en gravísimo peligro la unidad de España y la cultura cristiana.

Pero a menudo los protagonistas de un hecho histórico ignoran otros alcances más amplios de sus acciones. Así, hemos visto cómo casi nadie ha enmarcado el Desastre de 1898 en el amplio cuadro histórico que le da sentido, pues aquella derrota cerró una gran etapa histórica comenzada para España con el Descubrimiento de América, y culminó asimismo un siglo XIX también desastroso desde la invasión napoleónica. Vimos también como una derrota que económicamente no fue grave, supuso en cambio un golpe moral y político tremendo, cuyas ondas llegan con fuerza hasta hoy. Entonces surgió un regeneracionismo que pretendía crear una nueva España sin raíces, denigrando toda la historia anterior, a base de ideas nebulosas, aspiraciones contradictorias y una retórica vacua y pomposa. Y cobraron intensidad factores antes poco importantes, como el terrorismo anarquista, los separatismos y un socialismo demagógico e intelectualmente pobre. Estos movimientos hundieron el régimen liberal de la Restauración y tras la breve dictadura de Primo de Rivera abocaron a una república caótica, en la que aumentaron la miseria y los odios sociales hasta desembocar en el Frente Popular. Es decir, La república y el Frente Popular pueden entenderse como la consecuencia del Desastre del 98, de su crisis moral generadora de odios profundos a España, al cristianismo y entre partidos.

Se nos plantea, por tanto, el significado del régimen salido de la guerra civil. Este puede entenderse justamente como el intento de superar las consecuencias del 98, en una época en que la democracia liberal estaba en crisis en toda Europa. ¿Lo consiguió? Cuando murió Franco, España era una importante potencia industrial, con una gran clase media, los viejos odios olvidados para la inmensa mayoría, el anarquismo y el republicanismo casi extinguidos, unos separatismos de muy escaso arraigo. Una sociedad próspera, con razonable orgullo nacional, políticamente moderada, uno de los tres o cuatro países del mundo con mayor esperanza de vida al nacer, etc. Aquella nueva sociedad había superado en lo esencial los efectos del 98 que habían llevado a la crisis de la república y el Frente Popular. El carácter e intenciones de la nueva España quedaron bien demostrados cuando, al plantearse la democratización del país después de Franco, la inmensa mayoría rechazó en referéndum la fraudulenta y peligrosísima opción rupturista y optó por la llamada reforma de la ley a la ley, de la legitimidad del franquismo a la de la democracia. Opción traicionada muy pronto por los partidos, empezando por el que venía más directamente del franquismo y dirigido por políticos vanos e incultos. Pero que la obra del franquismo había sido profunda lo demuestra el largo esfuerzo de décadas que han debido hacer sus enemigos para falsificar la historia, imponer una despótica y totalitaria ley de memoria histórica, y convertir la democracia en una parodia. El antifranquismo es la vuelta a las miserias que propiciaron la guerra civil, nacidas a su vez del Desastre del 98. De ahí la enorme importancia, insistimos, de la batalla cultural por rectificar unas tendencias destructivas y por hacer una España digna de su mejor historia.



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