Memoria Histórica para todos
 
 
 
Antifranquismo de lucha y antifranquismo zascandil
Pío Moa 
 
 
 
   En Los mitos del franquismo dedico el penúltimo capítulo a considerar el carácter del antifranquismo y su extraordinaria afición a falsificar la historia hasta extremos pueriles. Es un capítulo importante para comprender lo que pasa aún hoy, y por qué la democracia es tan difícil en España y tiende a degenerar.  
 
   En el régimen anterior hubo dos clases de antifranquismo: el de lucha –fundamentalmente comunistas y/o terroristas– y el zascandil, que más que hacer oposición al régimen, lo parasitaba. Al morir Franco, persistió cierta lucha para impedir la democracia venida a partir del franquismo, y una vez fracasada y ya inexistente aquel régimen, se impuso decididamente el antifranquismo zascandil. Podría pensarse que este se iría agotando por falta de enemigo real, pero, por el contrario, no ha cesado de crecer en estos cuarenta años, lo que revela una especie de enfermedad en la que se confunde el odio a Franco con el odio a España y una utilización fraudulenta de la democracia, cuyos peligros vienen fundamentalmente del antifranquismo: la corrupción, el terrorismo y la connivencia con él, la politización de la justicia, los separatismos, el socavamiento del estado de derecho….:   
 
   … Ello nos obliga a plantearnos la razón de tales desvirtuaciones y el carácter de sus promotores. La causa más evidente de su extraordinaria propagación radica en la inhibición intelectual e ideológica de la derecha a partir de Suárez, por lo que solo han replicado a ellas Ricardo de la Cierva y algunos otros francotiradores, a menudo condenados al aislamiento intelectual y casi a la muerte civil. En los últimos años el panorama va aclarándose más, y la desenvoltura propagandística con que se trataban  antes estas cuestiones ha cedido a un poco de cautela.
 
   Puede entenderse el carácter político e intelectual de los autores o divulgadores de tales versiones a partir de un suceso de contenido altamente simbólico: el homenaje, de muy fuerte repercusión mediática,  a Santiago  Carrillo, el 16  de marzo de 2005 con motivo de su 90 cumpleaños. Felicitaron al líder comunista hasta 400 políticos, periodistas y personajes significados. La figura principal y más representativa fue el entonces  presidente del gobierno, Zapatero, que abrazó al homenajeado y lo calificó de “ejemplo”. Ibarreche, hombre de nada oculta ambición separatista, dirigente del PNV fundado por el violento racista Sabino Arana, aseveró que él y toda la sociedad vasca apreciaban a Carrillo por su trayectoria política. A su lado, el también separatista Jordi Pujol declaró que Carrillo había “vivido, digerido y entendido la historia”, lo cual junto con sus años de lucha “le daba legitimidad”. El también separatista vasco Atucha envió un mensaje describiéndole como “El hombre imprescindible del que hablaba Bertolt Brecht”. El jefe socialista extremeño Rodríguez Ibarra, lo definió como “un patriota que se sacrificó por la democracia”. Peces-Barba, intelectual y político encargado por Zapatero de silenciar a las víctimas del terrorismo a fin de facilitar los acuerdos con la ETA afirmó que los allí presentes eran “los buenos” y los ausentes “los malos”. Peridis, dibujante de El País, exhibió un dibujo con el lema: “Gracias, Santiago. Felicidades”. El rey designado por Franco hizo transmitir su respeto y amistad “fraguada durante muchos años” al anciano marxista que había declarado: “La condena de muerte a Franco yo la firmaría”. Todos insistieron en la reconciliación.
 
   No faltaban entre los presentes Herrero y Rodríguez de Miñón, uno de los “padres de la Constitución”  y premio Sabino Arana; ministros de Zapatero encabezados por la vicepresidenta Fernández de la Vega; ex ministros como J. Barrionuevo, relacionado con el terrorismo gubernamental de Felipe González o el ex falangista Martín Villa. Asimismo Ruiz Jiménez, Montilla, los cantantes Víctor Manuel, Ana Belén o Joaquín Sabina,  el sacerdote Martín Patino,  Anasagasti, la novelista pornógrafa Almudena Grandes posteriormente célebre por expresar sus deseos de “fusilar cada mañana” a dos o tres periodistas que “la sacaban de quicio”, y por burlarse de las violaciones y asesinatos de monjas por “milicianos sudorosos” que ella encontraba  sexualmente excitantes. Y, en fin, muchos más  políticos, intelectuales, periodistas y artistas.   
 
   Organizaron la fiesta los periodistas María Antonia Iglesias, cristiana-socialista,  antigua jefa de informativos en la televisión pública, e Iñaki Gabilondo, inventor o difusor del bulo de los terroristas islámicos suicidados en los trenes de la matanza del 11-m en Madrid. El  festejado recibió un libro de recortes de prensa con el título Noventa años de historia y vida. Zapatero comentó “Esta es una mesa larga y unitaria”. Y lo era, a su modo. A su turno, Carrillo rindió un sentido homenaje a “todos los que dieron su vida por la causa de la libertad”, proclamando su “orgullo inmenso” por su trayectoria comunista. Los reconciliadores culminaron obsequiando al homenajeado, en medio de la noche, con la retirada de la estatua de Franco del edificio madrileño de Nuevos Ministerios, donde permanecen las de Prieto y Largo Caballero, principales artífices de la guerra civil de 1934.     
 
   El simbolismo del acto radica precisamente en la opción política y sentimental por Carrillo como máximo enemigo de Franco desde el final de la guerra. Claro está, la relevancia histórica del comunista es muy exigua al lado de la del Caudillo, pero de cualquier forma el haber personificado más y mejor que nadie la oposición ya le otorgaba una relevante personalidad en la historia menor.    
 
   Para captar el fondo del acto debemos tomar en cuenta los dos tipos de antifranquistas en vida de Franco: los luchadores y los que cabría definir como zascandiles. Los primeros, comunistas y etarras sobre todo, se exponían a la cárcel y, en casos extremos, a la muerte; los segundos se limitaban a  secundar iniciativas de los primeros siempre que ofrecieran poco peligro, a publicar ocasionalmente artículos o chistes de crítica indirecta, o maldecir la situación en nombre de la libertad, pero sin estimarla lo bastante para arriesgarse por ella, más bien aprovechando la no despreciable del régimen. Su radical antifranquismo no les impedía, desde luego, desenvolverse y prosperar en la tremenda dictadura, a menudo como funcionarios o empleados de la misma. Es obvio que sus indignaciones contra la dictadura tenían mucho de pose, pues vivían con notable confort y no pensaban renunciar a él por la causa invocada. A esta corriente se apuntó desde la transición una multitud que ni siquiera había pertenecido al antifranquismo zascandil o trataba de borrar un historial franquista o falangista. Para justificar a muchos intelectuales se diseñó la figura del “exilio interior” que, no resiste el menor análisis. Pero, en fin, aquellos fanáticos pasivos de la libertad no podían menos de admirar a los activos comunistas, admiración teñida de alivio cuando pasó el temor a que el PCE ganara las elecciones explotando su más o más o menos heroica lucha anterior.    
 
   De este modo, el homenaje de los antifranquistas zascandiles a Carrillo se entiende y no deja de ser legítimo, pues el PCE (como la ETA) hizo lo que ellos, con su palabrería contra Franco, implicaban… pero no cumplían. Menos legítimo sonaba coronar al  alumno de Stalin, pues no otra cosa había sido el festejado, con los laureles de la democracia, las libertades y la reconciliación. Al revés que los otros, Carrillo obró con honradez al resaltar su orgullo de comunista. Él había descrito así a Lenin, no menos demócrata que Stalin: “La figura más grande de la Historia, gigante del pensamiento revolucionario, fundador del primer Estado socialista  del mundo, jefe y maestro amado del proletariado mundial, gran libertador de pueblos, genio, águila de las montañas, el más grande realizador  de la teoría de Marx y Engels…”[1]   
 
   Ya hablamos del historial del héroe homenajeado, pero no está de más reiterarlo. Hijo de un jefe socialista, dirigió desde muy pronto las juventudes del PSOE desde donde instigó un activo terrorismo contra la Falange y la CEDA en los años 1933 y 1934. Pese a su juventud participó en la dirección de la revuelta de octubre de 34, con el objetivo textual de destruir la república burguesa mediante una guerra civil e implantar un sistema a la soviética [2]. Fue a la cárcel, desde donde promovió la “bolchevización del partido”, entendiendo por tal la imposición de una disciplina férrea y organización secreta para una nueva insurrección, que esa vez debía triunfar como la de los bolcheviques rusos.  Pronto se convirtió en submarino del PCE, del que se hizo miembro secreto y al que con diversas maniobras transfirió las juventudes socialistas. Su acción “bélica” más destacada fue, como responsable del “orden público” en Madrid, la mayor matanza de prisioneros de la contienda, en Paracuellos y otros lugares. En sus memorias recuerda que tras la derrota marchó por tren  a la URSS a través de Alemania, aprovechando la buena relación entonces entre nazis y soviéticos (esto no lo menciona, y tampoco le provocó ningún problema de conciencia).  Describe su arribo a Moscú como “la entrada en el reino de la libertad”, donde se sintió “plenamente seguro”. En la democracia de Stalin[3].     
 
   Algún tiempo después pasó a América como agente de la Internacional Comunista, terminando en Méjico y Cuba. Desde allí organizó, con otros líderes del PCE, acciones clandestinas en España, una y otra vez fracasadas. Su momento de gloria llegó, por paradoja, con la derrota de la invasión guerrillera desde Francia por el Valle de Arán, en octubre de 1944. Carrillo dio la orden de retirada, acusó de diversas herejías a organizador de la empresa, Jesús Monzón, y se aplicó “a desmantelar la red de Monzón en España y crear otra propia”[4]. En adelante será el máximo responsable del maquis, hasta que Stalin decida liquidar la aventura, ocasión de nuevas purgas y asesinatos, “historias de sangre y mierda” como las llamará el ex compañero de Carrillo,  Jorge Semprún, en su Autobiografía de Federico Sánchez. La obra, publicada oportunamente en plena transición, demolió el prestigio de “luchador por la libertad” de que intentaba rodearse Carrillo. Aunque lo recuperaría en parte, como vemos, años después. En el mismo 2005 del homenaje, le proclamó doctor honoris causa  la Universidad Autónoma de Madrid, con respaldo de 150 claustros y del rector Ángel Gabilondo, hermano de Iñaki. Ángel llegaría a ministro de Educación con Zapatero y a presidir la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas. Cuando el histórico marxista falleció, en 2012, casi todos los medios de masas, oficiales y privados de derecha y de izquierda, compitieron en ensalzarlo como abanderado de la libertad y la reconciliación[5].     
 
   Al llegar la Transición no faltaron personajes como García Trevijano, creídos de que con un soplo derrumbarían el franquismo; pero Carrillo, con su larga práctica de lucha real, sabía muy bien que su partido, siendo con mucho el más sólido de la oposición, carecía de fuerza ni de lejos suficiente para tal empeño, aunque algo intentara con su rupturismo.  Entonces se comportó de forma bastante  moderada, por ello y por temor a permanecer ilegal  – cosa que a su rival PSOE no le preocupaba, más bien al contrario–. Y ese temor le indujo a admitir el capitalismo, la unidad nacional, la monarquía, la bandera, la unidad nacional… que Felipe González jugaba demagógicamente a rechazar Pero, por cierto, jamás lo hizo porque se identificara con tales causas, sino como quiebro táctico forzado por las circunstancias. Carrillo nunca dejó de comulgar con la doctrina más totalitaria y genocida del siglo XX, al nivel o por encima de la nazi. Al igual que Stalin, usaba mucho la palabra libertad y democracia, algo típico también de los comunistas siempre. Y su “reconciliación” ya explicada en otro capítulo de este libro, quedó simbolizada en el levantamiento con nocturnidad de la estatua de Franco.    
 
   Lo expuesto hasta aquí es perfectamente conocido y documentado, y muy difícil que, al menos en líneas generales, lo ignorasen los homenajeantes, aun admitiendo la notable ignorancia de la historia entre la mayoría de nuestros políticos, cantantes y  periodistas. Entonces, ¿por qué coreaban al responsable de Paracuellos, eterno aspirante a imponer una libertad a la soviética aunque para ello debiera recurrir a desvíos y disfraces? ¿Acaso festejaban la frustración de tales designios? Irónicamente así cabe interpretarlo, pero en sus loas al nonagenario no había la menor ironía. En unos, los procedentes del régimen anterior, pesaba el deseo de pasar por demócratas y modernos; en los demás latía una simpatía de fondo, aun si a veces dubitativa,  por la biografía del comunista, mezclada con un odio visceral a un Franco allí presente en espíritu como contrafigura. Era también  el tributo del antifranquismo zascandil al antifranquismo luchador.    
 
   En el capítulo examino también autodescripciones del antifranquismo como la expuesta con motivo de la visita de Solzhenitsin, o las memorias de Esther Tusquets, tan ilustrativas, y otros hechos por el estilo. O los casos, realmente paradigmáticos, de Cebrián y Ansón.Para descubrir y decribir a estos demócratas nada mejor que sus propias palabras y actos. Parasitaban al franquismo y ahora parasitan la democracia. 
 
Notas: 
[1]  F. Claudín,  Santiago Carrillo, crónica de un secretario general,  Barcelona, 1983, p. 73
[2] Sobre el carácter de la insurrección del 34, mi estudio Los orígenes de la Guerra Civil, creo que ha dejado la cuestión plenamente resuelta y documentada en los propios archivos del PSOE.
[3] S. Carrillo, Memorias, Barcelona, 1993, pp 320 y ss. Es interesante la detallada crítica a esas Memorias por parte de R. de la Cierva en su libro Carrillomiente, Madrid 1994
[4] G. Morán,  Miseria y grandeza del PCE, Barcelona, 1986, p. 98
[5] Una necia periodista de una emisora clerical me telefoneó para preguntarme en directo sobre Carrillo. Cuando señalé su adscripción al marxismo, la ideología más totalitaria del siglo XX, me cortó y quedé por unos segundo hablando al vacío. Otra vez me ocurrió lo mismo, hablando del Valle de los Caídos, con una emisora de Barcelona. Libertad de expresión y democracia.
 
 
 
 
 


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