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Apuntes sobre el camino de Santiago
  
Pedro Sáez Martínez de Ubago
 
   Desde la gran crisis del siglo III que inició el largo proceso de caída del Imperio Romano y sumió a Europa en el periodo que denominamos Edad Media, la historia de la formación de las naciones europeas camina a la vez que su evangelización, hasta el punto de que las fronteras europeas suelen coincidir con las de la penetración del Evangelio. Incluso podemos afirmar que, después de veinte siglos de historia y a pesar de los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa, y de crisis espirituales, guerras religiosas, cismas o movimientos ateos y antiteístas que han marcado la vida del viejo continente se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en el cristianismo, junto con la metafísica griega y el derecho Romano, se hallan las raíces comunes de las que ha madurado la civilización del Continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria.
 
   En este sentido, las peregrinaciones a Roma, Tierra Santa o Compostela fueron uno de los elementos más fuertes que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones o eslavos… porque la peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio e iban surgiendo como pueblos y naciones.
 
   Y todavía en nuestros días, como se pudo ver en los vivos debates que han abordado el tema en la elaboración de la Constitución de la Unión Europea,  el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, entre sus principales notas características.
 
   La historia del Camino de Santiago se remonta a los albores del siglo IX con el descubrimiento del sepulcro de Santiago el Mayor, evangelizador de España. El hallazgo de este santo mausoleo está rodeado de una rica imaginería popular que en vez de distorsionar ha preservado y llenado de colorido la narración histórica. Pero, más allá de lo legendario, anecdótico, tradicional o pintoresco, esta invención constituye un hecho trascendental que deslumbró y conmovió profundamente a los pueblos del Occidente.
 
   Los continuos estudios arqueológicos están arrojando cada vez más luz sobre la tumba y el culto sepulcral a Santiago el Mayor durante los nueve primeros siglos de la era cristiana. Las excavaciones realizadas en el subsuelo de la Catedral de Santiago de Compostela permiten situar el mausoleo dentro de una necrópolis cristiana, romana y germánica entre los siglos I y VII. Todo esto ayudado a aclarar, unir y armonizar datos inconexos de la tradición compostelana.
 
   El camino de Santiago ha significado en la historia europea el primer elemento vertebrador del viejo continente. El hallazgo del sepulcro del primer apóstol mártir, supuso encontrar un punto de referencia indiscutible en el que podía converger la pluralidad de concepciones de distintos pueblos ya cristianizados, pero necesitados en aquel entonces de unidad. Y la fe en los milagros de Santiago movió a que las gentes comenzaran a peregrinar hacia Compostela para obtener su gracia.        
 
    Desde el primer peregrino conocido, Gotescalco, obispo de Puy, el año 950, en unión de una importante comitiva y, más tarde, Raimundo II, marqués de Gothia, quien sería asesinado en el trayecto, o, un siglo después, el arzobispo lugdunense, fieles de todos los rincones de Europa acuden cada vez con mayor frecuencia hacia el sepulcro de Santiago, alargando hasta el considerado "Finis Terrae" de entonces aquel célebre "Camino de Santiago" por el que los españoles ya habían peregrinado.
   Aquí llegaban de Francia, Italia, Centroeuropa, los Países Nórdicos y las Naciones Eslavas, cristianos de toda condición social, desde los reyes a los más humildes habitantes de las aldeas; desde santos, como Francisco de Asís, Brígida de Suecia, Domingo de Guzmán, Vicente Ferrer o Giuseppe Angelo Roncalli a pecadores públicos en busca de penitencia, han sudo multitud los peregrinos que recorrieron y recorren el Camino.

   En éste Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la "memoria" de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando. Y, quizá teniendo a Goethe y ese espíritu de unidad esencial en lo trascendente, se puede comprender que el Consejo de Europa declarara al Camino de Santiago, camino que en su día recorrieran San Francisco de Asís, San Guillén o Santa Felicia, en pos del sepulcro que atesora las reliquias de Santiago el Mayor, Apóstol Hijo de Cebedeo, Santiago Matamoros, Patrón de España como “el Primer Itinerario Cultural Europeo”.
 
   Como conclusión, destaquemos que pocas cosas pueden servir mejor de testimonio de ello que la siguiente cita del Papa Benedicto XVI durante su visita a Santiago de Compostela el 6 de noviembre de 2010:
 
   “Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa. Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo. A ese Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas.
 
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   No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa! Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo”.
 


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