Actualidad
 
 
 
Aquellos debates de antaño
 
Honorio Feito 
 
 
   El debate del Estado de la Nación ha despertado poco interés entre los españoles. Entre otras razones, por ese rechazo cada vez más generalizado que los españoles tienen hacia la partitocracia por lo que representa. 
 
   Como aquí las promesas ya no se las cree nadie, lo más sabroso del debate fue el cara a cara, entre los dos líderes, don Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, y don Pedro Sánchez, líder de la oposición, del que salieron algunos dardos emponzoñados con la descalificaciones personales como estandarte. Creo que no se puede negar que es lo que más gusta de estos combates dialécticos que tienen por campo de batalla el Parlamento.
 
   Algunos periodistas han subrayado en sus crónicas los desplantes entre el señor Rajoy y el señor Sánchez. “No vuelva usted por aquí, ha sido usted patético”, han recogido de boca del Presidente del Gobierno los taquígrafos para el Diario de Sesiones, una expresión que parece demostrar que el señor Rajoy dispone de los escaños como si fueran suyos. Por el contrario, los taquígrafos también han recogido, de boca del señor Sánchez, ese contundente “Señor Rajoy, usted ha fracasado”, cuando ha llegado a Presidente del Gobierno, que es a lo que aspira el propio Sánchez. Agua de borrajas.
 
   Me viene a la memoria, de entre esta nómina de diputados y senadores que han protagonizado grandes broncas, las del Marqués de Muros, don Constantino Fernández Vallín y Álvarez Albuerne. Personaje que conviene no confundir con su hermano Benjamín, que tomó parte muy activa en el derrocamiento de Isabel II, y que pagó con su vida tan despechado atrevimiento, siendo fusilado en la localidad de Montoro por las tropas del coronel Ceballos de la Escalera, y a quien Valle Inclán hizo protagonista de su novela Viva mi dueño. Y tampoco conviene confundir a don Constantino con don Acisclo Fernández Vallín, contemporáneo suyo, hombre dedicado a la enseñanza, miembro de varias Reales Academias y que fue presidente del Centro de Asturianos en Madrid en la década de los ochenta del siglo XIX.
 
   La vida de don Constantino Fernández Vallín (en adelante el Marqués de Muros), fue azarosa. Nacido en La Habana en 1830, hijo de asturianos emigrantes, tenía algún ingenio azucarero y algunos esclavos para laborar en los campos. La falta de reformas, para Cuba, y la ansiedad de los criollos por ver desarrollar las muchas posibilidades económicas, sociales y políticas de su isla natal, la “Perla del Caribe”, chocó con el inmovilismo de los liberales de tercera hornada que, por ley, relegaron a Cuba, Puerto Rico y Filipinas al estatus de colonia, cuando habían sido provincias, y trataron de mantener el cerrojazo a las reformas pretendidas, dejando escapar lo que muchos consideraban oportunidades únicas, especialmente, en el ramo del comercio, ante la construcción del canal de Panamá, o el de Nicaragua, que comunicaría los dos océanos.
 
   El Marqués de Muros, que había casado con una señorita de la alta sociedad cubana, perteneciente a una familia de origen canario, se instaló definitivamente en España en 1865, cuando el problema de la abolición de la esclavitud dividía a la clase criolla cubana, y cuando se gestaba la caída del régimen de Isabel II, en la que igual que su hermano, participó pero con mejor suerte. Alcanzó su acta de diputado en la legislatura de 1881, cesando en 1884 al resultar elegido senador vitalicio. El comportamiento del Marqués de Muros fue de un auténtico cubano, en los asuntos relacionados con Cuba, y en un auténtico asturiano en los relacionados con Asturias. Pero fue un hombre de genio (las fotos que se conservan le recuerdan con el ceño fruncido, calvo y con barba negra abundante), la mirada clara y el gesto vehemente.
 
   En su etapa de parlamentario y/o senador, fue un bronca. No se arredró ante nadie, y defendió sus ideas con pasión y con ese sentido de la utilidad que tienen los hombres inteligentes. Comenzó estrenándose contra los diputados catalanes por el tratado de libre comercio con Francia, de 1882, que provocó disturbios en Barcelona y enmiendas de los diputados catalanes, a los que propuso una sesión permanente de Las Cortes sobre este tema. Pero fue con los asturianos Alejandro Pidal, Fernández Cuervo y Emilio Martín González del Valle, que también había nacido en Cuba, como él, con los que expresó sus acusaciones con más arrebato. Al primero, por utilizar a la Unión Católica como partido, a pesar de la propaganda; a Fernández Cuervo por las concesiones de las marismas y su explotación, al que consideró un sicario del diputado conservador don Alejandro Mon. A Emilio Martín González del Valle lo llamó inepto por diferentes cuestiones políticas, y puso en duda que tuviera estudios (tenía la carrera de Derecho), y le acusó de ser un esbirro de Sagasta… González del Valle, Marqués de la Vega de Anzo, se defendió emprendiendo un tenso debate con el Marqués de Muros que provocó murmullos en la Cámara, a lo que el Marqués de Muros replicó: “A mí no me ahoga nadie la voz, ni me cohíbe, ni tiene derecho a interrumpirme estando en el uso de la palabra… no vengo aquí a buscar cuestiones personales, pero no las rehúyo…”.
   Más espinosa fue para él la polémica con don Félix Suárez Inclán, diputado y registrador de la propiedad (como el señor Rajoy), que alternaba los dos empleos y que fue denunciado por la ley de incompatibilidades… La bronca tuvo enorme repercusión en el Senado, pero también en la prensa, y, cuando Suárez Inclán fue preguntado por este tema por la prensa, respondió: "No me hago cargo de ciertas palabras pronunciadas contra mi persona fuera de esta cámara porque las palabras honran y ofenden según tengan o no fundamento y según quien las dice”.
 
   O sea que debates, lo que se dice debates, aquellos.
 
 


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