Biografía de Francisco Franco Bahamonde


(Coruña 04-XII-1892 - Madrid 20-XI-1975)

 

Fue el segundo de los hijos de Nicolás y Pilar, que se consideraban miembros de una familia hidalga gallega invocando su parentesco con los Pardo de Andrade y especialmente con la condesa de Pardo Bazán. Él hubiera querido servir en la Marina como su padre pero como la Escuela Naval fue cerrada durante la crisis de 1898, tuvo que optar por la Infantería ingresando como cadete en Toledo en junio de 1907. Para estas fechas, su padre había abandonado a su familia instalándose con su amante en Madrid. Las relaciones entre padre e hijo fueron desde entonces escasas. El 19 de julio de 1910 concluyó sus estudios logrando el grado de segundo teniente sin brillantez: en una lista de 310 oficiales, su nombre ocupaba el puesto 251. Por eso no pudo ser destinado a África como solicitaba, sino al Ferrol. La influencia de su madre hizo que ingresara en 1911 en la Adoración Nocturna, conservando su rigorismo católico hasta el fin de sus días.

Al agravarse la situación en Marruecos en 1912, fue enviado allí con otros oficiales para tomar el mando de una sección de regulares. Entró en fuego el 19 de marzo y en los partes de guerra fue mencionado con elogios por el frío valor que era capaz de desplegar siendo premiado con la Cruz del Mérito Militar. Desde el 13 de junio ya ostentaba el grado de primer teniente. Su valor desplegado en la operación de Beni Salem en las afueras de Tetuán, hizo que desde 1915 se le ascendiera a capitán. Su fama crecía de tal modo que los ascensos se hacían prematuros por méritos de guerra. Herido seriamente en El Biutz el 28 de junio de 1918, en el parte de guerra se le describió como dotado “de incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en el combate”. En consecuencia era ahora comandante, el más joven de este rango en España.

El ascenso le hizo cambiar su destino instalándose en Oviedo donde le calificaron de “el comandantín”. Aquí hizo amistades importantes y pudo conocer a Carmen Polo que se convirtió en su novia a pesar de las reservas de la familia de ésta. Recorrió la cuenca minera durante el intento revolucionario de 1917 pero sin participar en ninguna acción. Años más tarde, explicaría que consideraba aquel suceso como simple huelga. José Millán Astray que estaba entonces creando la Legión extranjera a imitación de Francia, reclamó su presencia para el mando de la primera bandera. Acciones en Xauen y Melilla muy eficaces incrementaron su fama: para los periódicos él había salvado a Melilla tras el monte Arruit. De modo que, cuando contrajo matrimonio en Oviedo, el nombre del Rey figuraba entre sus padrinos. En 1922, al despojarse a Millán Astray del mando de la Legión, Franco también presentó su renuncia pero fue premiado con la Medalla Militar del más alto rango. Alfonso XIII le nombró gentilhombre de Cámara, un gesto que explica sus posteriores relaciones con el monarca.  

Cuando el nuevo jefe de la Legión, Valenzuela, murió en combate, Franco fue ascendido a teniente coronel para que pudiera hacerse cargo del mando. Comenzaba la Dictadura y Primo de Rivera, que no figuraba entre los “africanos”, tuvo una fuerte disputa con Franco porque proponía un repliegue que era casi confesión de derrota. Al final don Miguel le dio la razón convirtiéndole en persona de confianza. 

Franco realizó con gran éxito la retirada de Xauen ahorrando vidas, y en 1924 fue ascendido a coronel. Es el mismo año en que nace su única hija Carmen, llamada como su madre. Tuvo papel decisivo en la operación de Alhucemas con que franceses y españoles liquidaron la guerra. De ahí nació su estrecha amistad con Pétain, el héroe de Verdún, y también que se convirtiera en Caballero de la Legión de Honor, condición de la que se mostró orgulloso y a la que se referiría en 1941 cuando trató de interceder con Hitler para que atenuara las exigencias.

 
 
Contrajo matrimonio con Doña Carmen Polo, en Oviedo, el 16 de octubre de 1923 
 

Era el general más joven de Europa. Se le encomendó la dirección de la nueva Escuela Militar establecida en Zaragoza. Aquí conoció a Ramón Serrano Súñer que casaría con la hermana de Dña. Carmen y era muy notable entre los juristas. Sin embargo, la fama de Francisco parecía eclipsada por la de su hermano Ramón que comandara la operación Plus Ultra de cruce del Atlántico. Al proclamarse la República en 1931, Franco acentuó su condición monárquica manteniendo la bandera bicolor hasta que llegaron órdenes escritas y envió una nota a la prensa aclarando que no había participado en desobediencia a la Monarquía pero tenía “firme propósito de respetar y acatar la soberanía nacional”. Azaña que en sus memorias le define como único verdaderamente peligroso, acabó aceptando que permaneciese en el Ejército. Primero se le encargó del mando de una brigada en La Coruña (1932) y luego de la comandancia militar de Baleares. En este momento se afilió a la Entente Internacional Anticomunista.

 
 
En la Academia General Militar de Zaragoza,
con el Ministro de Guerra Francés André Maginot.
Maginot calificó como excelente la dirección de la Academia y propuso a Francisco Franco para la Legión de Honor por el papel que tuvo en el desembarco de Alhucemas. 
 

            Para él, comunismo y masonería serían principales motivos de temor.

Cuando en octubre de 1934, se produjo la revolución de Asturias, fue llamado a Madrid. No tendría mando directo en las operaciones pero sería el principal consejero del ministro de la Guerra. Ascendió a General de División y se le otorgó el mando de todas las tropas del Protectorado, pero luego se le otorgó la Jefatura del Estado Mayor en la que permaneció desde el 20 de mayo de 1935 hasta febrero de 1936, en que los partidos del Frente Popular ganaron las elecciones. Se le destinó a Canarias; era un cargo importante y a la vez un modo de alejamiento.

Los militares que con Sanjurjo, Cabanellas, Mola y Queipo de Llano preparaban un golpe de Estado que liquidara al Frente Popular, le invitaron a sumarse. Pero él recomendó ganar tiempo pues podía producirse una guerra civil, peor de los males, y el 23 de junio escribió al ministro Casares Quiroga una carta recomendándole que se entrevistase con los altos mandos en evitación de daños. De esta carta no hubo respuesta. El Gobierno estaba seguro de su victoria y Franco comunicó a sus compañeros de armas que podían contar con él. Se le encargó tomar el mando de las fuerzas africanas que eran las más importantes. Un avión británico, pagado por Juan March, se encargó de llevarle a Tetuán. Desde aquí cruzó el Estrecho con habilidad, eludiendo la superioridad naval republicana, reforzó la posición de Queipo de Llano en Andalucía y luego por La Mancha fue a rescatar a los defensores del Alcázar de Toledo preparando también su marcha hacia Madrid. En estos momentos él no ejercía el poder pues éste correspondía a una Junta de Defensa.

Como ya anunciara, el golpe de Estado había fracasado, y España se partía en una guerra civil entre dos bandos. Muerto Sanjurjo en accidente aéreo, Mola propuso a sus compañeros de la Junta de Defensa, a la que Franco y Queipo de Llano se habían incorporado, establecer su mando supremo: Generalísimo, siendo la persona de Franco la más indicada para ocuparlo. Pero Franco exigió que se le entregara también el Gobierno y la Jefatura del Estado. Así nacía un autoritarismo que sometía los partidos a la soberanía estatal: falangistas, tradicionalistas y derechistas que le apoyaban, fueron unificados en lo que se llamó Movimiento Nacional. La palabra dictadura no aparece por ninguna parte. Para Franco era algo menor que aquella forma de estado que se proponía desarrollar. Había sustituido la bandera republicana por la bicolor de la Monarquía y tanto Alfonso XIII como su sucesor consideraron el movimiento como anuncio de la restauración. El autoritarismo invertía los términos del totalitarismo definido por Lenin, que entregaba el Estado y la sociedad al Partido.

Guerra muy larga pues en principio la República contaba con mayores recursos. Como Francia y la URSS se habían convertido en aliados del Frente Popular y los anglosajones procuraron apartarse del conflicto, Franco tomó la decisión personal de acudir a los alemanes e italianos que podían proporcionar armas. Hitler y Mussolini hicieron más: enviar combatientes a fin de que la guerra civil sirviera sus planes. La República había recibido también numerosos voluntarios que formaron las brigadas internacionales y pudieron impedir que Franco se apoderara de Madrid. Manteniendo estrechamente cercada la capital y obligando de este modo al enemigo a conservar allí sus principales fuerzas, Franco ejecutó un plan de guerra con tres fases, conquista de toda la cornisa cantábrica, quebranto de la línea del Ebro donde el general Rojo contaba con los mejores recursos, y alcanzar después el Mediterráneo partiendo en dos la zona republicana. En este momento el enfrentamiento del Eje con los anglosajones- conferencia de Munich- parecía inevitable. Franco, que conocía bien la voluntad del Führer de retornar a la guerra europea, comunicó a todos los Estados con quien mantenía relaciones que España no pensaba participar en ella. El 1 de abril de 1939 se declaró oficialmente concluida la contienda española. Eran numerosas las víctimas en uno y otro bando, aunque el grado de represión sería altamente superado por la contienda mundial. La propaganda política ha buscado paliativos en otros países mientras que en España se ha seguido la conducta contraria: extremar la dureza atribuida al enemigo.

La persecución religiosa en la zona republicana había sido muy radical. Franco desde el primer momento anunció que las reformas que se proponía emprender desembocarían en una restauración de la Monarquía católica aunque sin partidos políticos, a los que atribuía la caída de la misma en 1931. Desde agosto de 1939, promulgada una primera ley de la Reforma política, el Gabinete provisional fue sustituido por un Gobierno por él presidido, pero en el que los ministros tenían amplias funciones de administración en todos los asuntos que les fueran encomendados. Siguiendo las orientaciones del Vaticano, se abandonó el pacto Antikommitern y el acuerdo cultural con Alemania. Sin embargo, la propaganda política y la prensa estaban dominadas por los medios de comunicación filogermánicos. En septiembre de 1939 se hizo una declaración oficial de neutralidad. Franco confiaba en que los franceses detendrían como en 1914 el avance alemán dejando a España lejos de los campos de batalla. Las condiciones económicas eran pésimas, y aún se recuerda que 1940 fue calificado de año del hambre. Dentro del Movimiento existía un sector dominante que quería que España se inclinara también al totalitarismo. Franco intentó calmar la alarma de la Iglesia que temía que se incurriera en el error denunciado en la encíclica Mit brennender Sorge. Aunque el Movimiento impidió que éste documento se publicase, Franco apoyó la gestión del cardenal Gomá que publicó una traducción española del mismo. También se impidió el antisemitismo. España fue una puerta de escape para los judíos que conseguían huir.

En mayo de 1940, se produjo la derrota de Francia. Pétain, que era embajador en Madrid, hubo de retornar para constituir el gobierno encargado de negociar. Franco declaró que España seguiría siendo no beligerante y trató de influir sobre los mandos alemanes para que no endureciesen la posición contra los vencidos. Al menos logró que las tropas del Protectorado permaneciesen en su sitio y que Tánger mantuviera bajo el gobierno español su carácter internacional. Confinó a Yagüe en Soria para apartarle de los compromisos con el nazismo y no devolvió a ninguno de los refugiados que consiguieron llegar a territorio español. Aplicando el decreto de Alfonso XIII, se consiguió salvar la vida de miles de sefarditas a los que se les facilitó documentación española. En el momento de la muerte de Franco, el rabino de Nueva York hizo un homenaje a su memoria “porque tuvo piedad con los judíos”.

Serrano Suñer, que se mostraba partidario de Alemania, viajó a Berlín y pudo informarse de los planes de la Wehrmacht calificados de operación Félix: consistían en atravesar España para apoderarse de Gibraltar. A España se le ofrecía entregar esta fortaleza que los ingleses retenían desde principios del siglo XVIII. El influyente ministro quedó defraudado: España iba a ser tratada como una pieza más en el juego de dominio sobre Europa. Antes de acudir a entrevistarse con Hitler en Hendaya (23 de octubre de 1940), Franco tomó dos decisiones: estrechar las relaciones con Portugal aliada de los británicos prometiéndose recíproca ayuda en la neutralidad, y entregar a Serrano la cartera de Exteriores a fin de ganar tiempo. En Hendaya el Führer se sintió defraudado; Franco eludía los compromisos. Y en Bertchesgaden (22 y 23 de noviembre) cuando la orden de invasión estaba firmada, Serrano pudo ganar la partida dejándose caer en la butaca y diciendo que “esto no se hace a un amigo”. Franco entendió que había logrado su objetivo de ganar tiempo en la neutralidad. La extensión de la guerra a los Balcanes y Grecia, así como a la URSS, obligó a la Wehrmacht a suspender la operación Félix. España estableció reparadoras relaciones económicas con Inglaterra y Estados Unidos.

 
Ramón Serrano Suñer, Francisco Franco y Benito Mussolini en Bordighera, en febrero de 1941 

En su primer viaje más allá de las fronteras (febrero de 1941), el Caudillo, como le gustaba ser calificado, se entrevistó con el Duce al que hizo reconocer el daño que la guerra causaba… Y en Montpellier se reunió con Pétain. La muchedumbre le aplaudía reconociendo que había sido amigo de Francia y caballero de la Legión de Honor. Los aliados anglosajones sin embargo, tenían motivos para desconfiar. Por todas partes aparecían los signos del filogermanismo. En mayo de 1941, Franco hizo una primera limpia: nombró ministro de la Gobernación a Valentín Galarza e hizo del marino Luis Carrero Blanco un consejero cuya influencia crecería hasta el día de su muerte. En el Movimiento hubo sin embargo una limpieza mayor. Serrano Suñer que buscaba el modo de afianzarse, viajó a Roma para aceptar los acuerdos que daban a la Santa Sede plena decisión en cuanto a los nombramientos episcopales. Como estaba sucediendo en otros países, se autorizó la ida de voluntarios a la guerra contra Rusia. En España sin embargo, los militares cometieron un error: en lugar de simples individuos se envió una división calificada de Azul e integrada en la Wehrmacht. Fue una fortuna para Franco que ni la URSS ni los aliados declarasen entonces la guerra.

Reunión en Montpellier con Phillipe Pétain en 1941.
Pétain se refirió a Franco como "La espada más limpia de Occidente", años antes, el 24 de febrero de 1939, tras el reconocimiento de Francia al Gobierno de Francisco Franco.

Mientras tanto, el duque de Alba, embajador y a fin de cuentas un Estuardo, lograba estrechamiento de relaciones con Churchill que reconoció que en el fondo, Franco estaba prestando un servicio. En Gibraltar seguían presentes trabajadores españoles y los fugitivos eran ayudados a retornar a sus países. La entrada en guerra de Estados Unidos permitió otro cambio: disminuir las relaciones con el Japón y apoyo a Filipinas y a Iberoamérica. Al mismo tiempo se reforzaban los acuerdos con Salazar formando un bloque ibérico en defensa de la neutralidad. Cuando en agosto de 1942, falangistas filonazis trataron de dar un golpe en Begoña contra Varela, el más significativo de los militares partidarios de don Juan, Carrero Blanco convenció a Franco de la necesidad de un cambio de gobierno hacia la derecha católica. Serrano Suñer fue sustituido por el conde de Jordana y la no beligerancia pudo, de nuevo, llamarse neutralidad. Cuando en noviembre del mismo año los norteamericanos desembarcaron en Marruecos, el presidente Roosevelt le envió personalmente una carta, asegurando que nada tenía que temer España. Fue el primer giro dentro del Régimen que se acercaba a la que en otros países definiría como democracia cristiana.

En varias ocasiones el Generalísimo manifestó sus recelos: los aliados apoyaban a los republicanos en el exilio y los alemanes mostraban su desconfianza. Franco en varias ocasiones manifestó que a él convenía una paz negociada. Tanto si vencían los alemanes como si lo hacían los aliados, su poder se hallaba en peligro. En 1943, capituló prácticamente ante los aliados retirando la División Azul y ajustando el comercio español a las condiciones que Inglaterra y Estados Unidos impusieran. Al comprobarse que los aliados iban a ganar la guerra, un grupo de generales monárquicos con Varela, Kindelán y Aranda junto con partidarios de Gil Robles y Sainz Rodríguez, defendieron la tesis de que el modo de escapar a un desastre era que Franco cediera el puesto a don Juan de Borbón al que llamaban ya Juan III. Franco temió que tras esto, él fuera objeto de juicio. La Monarquía debía llegar después de él y no en lugar de él.

Don Juan, vuelto a Suiza al lado de su madre, firmó en Lausanne un Manifiesto (2 de marzo de 1945) denunciando el Régimen como hechura del Eje y proponiendo el restablecimiento de una Monarquía para todos los españoles de uno y otro bando. Franco se sintió obligado a suspender las buenas relaciones con el conde de Barcelona. La situación se tornaba peligrosa: bandas de guerrilleros muy izquierdistas estaban provocando golpes de fuerza en muy diversas regiones y parecía prepararse una especie de invasión por los Pirineos. El Jefe del Estado comprobó que precisamente por esta violencia aumentaban las adhesiones a su sistema. Había un temor generalizado al retorno a la guerra civil. En Yalta, Stalin había impuesto su opinión. El Régimen franquista tenía que ser destruido devolviendo el poder al Frente Popular. En la conferencia de Postdam, Churchill, Attlee y Truman impusieron su criterio: era asunto que debía encomendarse a la ONU.

Las acusaciones contra Franco en este organismo fueron muy graves. Se ordenó la retirada de embajadores y el apoyo a los sectores políticos enemigos. Franco dio un nuevo giro a la política entregando la cartera de Exteriores a Alberto Martín Artajo, uno de los eminentes directivos de la ANDP, y situando a otros de estos católicos en puestos clave. Un día antes de que el 4 de marzo de 1946 los aliados presentaran la nota condenatoria del Régimen, el cardenal Spellmann que regresaba de Roma a Nueva York y gozaba de gran influencia en los círculos norteamericanos, fingió una avería para que su avión se detuviera en Barajas y desde allí fuera a El Pardo, donde se le había preparado un almuerzo con Franco. Desde entonces se convirtió en uno de los principales defensores del camino escogido por el Generalísimo: evolución lenta hacia las formas políticas imperante, y no ruptura. Los republicanos en el exilio cometieron un error: el convocar las Cortes republicanas en Méjico; solo convocaron a los que representaban el bando rojo. Rompían así con la propuesta de Lausanne. Cuando el 1 de junio la ONU declaró la condena, ordenando la retirada de embajadores, Franco comprendió que no se iba a ir más lejos. Churchill, y con él Truman, percibían que la URSS iba a tender un telón de acero que garantizase su hegemonía sobre Europa. Comenzaba la guerra fría. Franco comprendió que ahí estaban sus posibilidades.

Aunque Truman, gran Maestre de la Masonería, tenía razones para mostrarse contrario al Generalísimo (“I am not fond of him”) sabía que a Estados Unidos no le convenía provocar en España una ruptura que favoreciese los proyectos soviéticos. Era preferible la evolución lenta. Franco dio entonces dos pasos: promulgó un Fuero de los Españoles que utilizaba algunos capítulos de la Constitución monárquica, y celebró un plebiscito fijando el modo de sucesión en el poder, declarando que España era “un reino”. La república había sido declarada ilegítima por una comisión de expertos juristas de gran relieve. Estamos en el 7 de junio de 1947. El Régimen se declaraba a sí mismo democracia “orgánica” en que las instituciones sustituían a los partidos. Una idea que ya defendiera muchos años antes la Institución Libre de Enseñanzas, ahora relevada por el Consejo de Investigaciones Científicas.

Gil Robles, Sainz Rodríguez y otros monárquicos que como ellos participaran en el Alzamiento, sugirieron a don Juan un acuerdo con los socialistas para lograr de este modo imponer a Franco la renuncia. Pero la entrevista que celebraron en San Juan de Luz con Indalecio Prieto resultó un fracaso: las izquierdas no estaban dispuestas a reconocer la Monarquía, y exigían un gobierno provisional que celebrase un plebiscito con dos opciones, Monarquía o República. Don Juan aceptó entonces los consejos de otros de sus colaboradores y el 25 de agosto en 1948 aceptó la invitación de Franco a una reunión en el yate Azor. Un primer acuerdo: el infante don Juan Carlos que cumplía diez años, estaba destinado a ser rey como sucesor de su padre o de Franco –esto no se aclaró- y por ello, debía ser educado en España integrándose personalmente en ella. Franco estaba aceptando el principio de una lenta Transición cuya meta era la reinstauración de la Monarquía. En noviembre de 1950, la condena de la ONU fue anulada y se restablecieron las relaciones diplomáticas. El apoyo decidido de la Iglesia, el muro de Berlín y el comienzo de la guerra de Corea, habían cambiado las cosas.

La influencia que habían ejercido Francia e Inglaterra se vio superada por la de los Estados Unidos, que proporcionó ayuda decisiva para superar los daños económicos. Se negociaba un agreement que permitiría a los norteamericanos disponer de bases en España. Los norteamericanos querían que viniese acompañada de una libertad religiosa. Como para esto necesitaba el asentimiento de la Santa Sede, Franco retrasó la firma del acuerdo hasta que se hubo concluido el concordato, que significaba un cambio. Judíos y protestantes no serían únicamente tolerados sino reconocidos en el ejercicio de sus derechos. Los dos documentos se concertaron en 1953. Franco se demostró dispuesto a colaborar en la descolonización, preparando la retirada española del protectorado marroquí del Sahara y Guinea. Tarea muy larga y en ocasiones decepcionante pues no se le respondió con el agradecimiento que él esperaba. Algo que disgustó a Franco. Pero en 1956 ya había conseguido el ingreso en la ONU y se iniciaban negociaciones con la Unión europea.

En importantes sectores del Movimiento se produjeron posturas que podrían calificarse de antifranquistas. En febrero de 1956, demostrando que el autoritaristmo significa sumisión de los partidos, el Caudillo tomó medidas al respecto: Raimundo Fernández Cuesta fue privado de la Secretaría General y Joaquín Ruiz Giménez de la cartera de Educación. José Luis de Arrese, que sustituyó a Fernández Cuesta, presentó un programa de democracia organizativa que otorgaba al Movimiento, identificado con Falange (FET de las JONS) funciones del partido único, aunque admitiendo en él asociaciones. La Santa Sede intervino haciendo que los cardenales españoles presentasen un ultimátum: aquello era en realidad un retorno al totalitarismo. El plan de Arrese fue rechazado por todos y cada uno de los ministros sin excepción. Ahora el Régimen pasaba a apoyarse en Carrero Blanco, que debería marcar el camino hasta la restauración. Municipios, familias, sindicatos y las demás instituciones, incluyendo Universidades y Academias, designarían procuradores en Cortes. Franco aceptaba así la democracia orgánica y no hubo ni disputas ni negativas.

Carrero se rodeó de personas de confianza notables por su preparación, entre las que Torcuato Fernández Miranda y Laureano López Rodó, numerario del Opus Dei, destacaban. Como preparación para la Monarquía propusieron un programa económico consistente primero en el reajuste (estabilización), y luego en la expansión (desarrollo), buscando colaboradores sin tener en cuenta sus procedencias políticas. Se les denominaba tecnócratas. También se puso en marcha el proceso de modelación. En lugar de una Constitución, se promulgarían leyes Fundamentales (Administración civil, Principios del Movimiento y Organización del Estado) que podían ser revisadas separadamente. Franco comenzó oponiéndose a la estabilización, pues temía que volviera a producirse el paro en el trabajo, pero cedió ante los argumentos de Mariano Navarro Rubio o Enrique fuentes Quintana que le garantizaron que no iba a suceder. De hecho la cifra de paro se redujo, y España llegó a alcanzar altos niveles en su desarrollo. La Transición se iniciaba entonces: Franco iba renunciando a ciertas dimensiones del poder otorgando a los ministros más libertad de iniciativa. El 1 de abril de 1959 procedió a la inauguración del gran mausoleo del Valle de los Caídos. Albergando restos de combatientes de ambos bandos se quería alcanzar así la reconciliación. Franco no pensaba que sus restos mortales fuesen llevados a él. Había adquirido un pequeño panteón en el cementerio de El Pardo para él y su familia.

Imitando el modelo norteamericano, se había promulgado el 17 de mayo de 1958 la Ley de Principios. Doce axiomas que eran declarados irrevocables. Entre ellos la confesionalidad católica y la unidad española formaban pieza esencial. Para entonces también había sido tomada la decisión: sería Juan Carlos quien le sucedería pero no le sustituiría. El 29 de marzo de 1958, él y don Juan se reunieron en Las Cabezas para acordar la ampliación de presencia del príncipe. El conde de Barcelona comprendió que se trataba de que él no fuese rey. Pero se negó a aceptar las sugerencias de quiénes le recomendaban que, como su propio padre e Isabel II hicieran, renunciase la legitimidad en su hijo. La operación podía salir mal y era conveniente conservar sus derechos.

Por primera vez, en diciembre de 1959, un presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, pisaba las calles de Madrid siendo calurosamente aclamado. Sus conversaciones con Franco tuvieron el tono de camaradería entre militares, incluyendo bromas de cuartel. Franco podría celebrar en 1961 los veinticinco años de gobierno como sí se tratase de conmemorar una victoria. El 24 de diciembre del mismo año sufrió un percance mientras cazaba en El Pardo. No se pudo aclarar si se trataba de un mero accidente o de intento de asesinato. El episodio no tuvo consecuencias.

Franco había dado poderes a sus ministros para que iniciaran negociaciones que permitieran a España ingresar en el Mercado Común. Sabía que esto significaba reajuste político acomodándose el modelo a las normas vigentes de sus miembros. Sectores divergentes, en los que predominaban partidarios de don Juan o añoraban la herencia republicana, decidieron descalificar al Régimen aprovechando el Congreso del Movimiento europeo convocado en Munich para el 5 de junio de 1962. A Munich acudieron 116 españoles procedentes del exilio o de la propia España, firmando una especie de Manifiesto, que fue considerado por el gobierno como alta traición. Debía suspenderse cualquier clase de relación mientras no hubiera sido cambiado el Régimen. Se cometió el error de castigar con dureza a los asistentes, desterrándoles, confinándoles o prohibiéndoles la entrada en España. No tardaría Franco en intentar corregir aquel mal paso. El 9 de julio recibió a tres representantes del Movimiento y les dijo: -es indudable que España deberá ajustar sus formas políticas a Europa, pero esto debería ser después y no antes de que se la hubiera admitido. En esta conversación emplearía los mismos términos que años más tarde usaría en uno de sus frecuentes encuentros con el futuro rey. La transición debía hacerse desde dentro como una evolución del Régimen y no como una ruptura.

Franco acogió como buena la noticia de la boda de Juan Carlos con Sofía de Grecia. Don Juan había pretendido que fuera una cuestión doméstica, pero al acudir al Papa en busca de ayuda, ya que la futura reina no era católica, el Vaticano le advirtió que se trataba de asunto oficial y debía tratarse con el Estado. El Generalísimo puso todas las cosas al servicio del acontecimiento, encargando a dos personas muy vinculadas a Estoril, Juan Ignacio Luca de Tena y Gonzalo Fernández de la Mora, la embajada de Atenas para que todo se hiciera correctamente. Un acontecimiento importante para la Iglesia como se vería pronto en el Concilio Vaticano II. Doña Sofía no tenía que hacer ninguna declaración doctrinal, pues la fe que compartían católicos y ortodoxos era la misma: bastaba con cambiar la obediencia. Franco envió un importante regalo a la novia, y un barco de guerra en representación de España. Los recién casados visitaron El Pardo y aceptaron fijar su residencia en el cercano palacio de la Zarzuela. No hay noticia de que se les impusiera condiciones. Al contrario, se recomendó a todos los altos funcionarios tratarles con honor. La boda había tenido lugar en Atenas el 14 de mayo de 1962 con los dos ritos, helénico y latino.

Desde 1963 estaba en marcha el plan de Desarrollo que colocaría a España en el séptimo lugar del ranking mundial Se superó fácilmente la frialdad inicial con John F. Kennedy, ya que las relaciones con Estados Unidos eran importante para ambas partes, y se sustituyó la Justicia militar en asuntos civiles mediante una Ley de Orden Público. El tribunal especial contra masonería y comunismo dejó de actuar. Se promulgaron disposiciones para la libertad de prensa y la religiosa conformes con las normas de otros países. Incluso se obtuvo de la ONU una votación ordenando a Inglaterra la devolución de Gibraltar, que no se cumplió. Franco tomó nota de dos hechos desfavorables al Régimen: la suspensión por el Concilio de la confesionalidad del Estado y los desórdenes que alteraban la vida en las Universidades que desde su libre iniciativa demostraban un crecimiento de la oposición.

Cuando en agosto de 1965, el presidente Johnson invitó a España a participar en la guerra de Vietnam, Franco demostró su capacidad militar recomendándole no hundirse en ella: una contienda de este tipo no podía ser ganada. Los ejércitos modernos son quebrantados por guerrillas fanáticas. Ello no obstante demostró su espíritu de colaboración enviando un equipo sanitario. El 8 de diciembre del mismo año se clausuraba el Concilio Vaticano II y la jerarquía española se colocaba a las órdenes de una Conferencia Episcopal. Desde Roma vinieron órdenes para atenuar la confesionalidad del Régimen; era evidente que éste tenía que cambiar y debían evitarse aquellos compromisos que databan de la guerra civil. Aunque algunos ministros se mostraron recelosos, Franco insistió en que el Papa Pablo VI debía ser obedecido.

De este modo, Carrero pudo insistir en la llamada “operación príncipe” es decir, reconocimiento oficial de Juan Carlos como futuro rey. El 6 de marzo de 1966 en una de sus conversaciones con el Generalísimo, el futuro rey comprendió que la decisión estaba tomada: él y no su padre iba a ser jurado por las Cortes cumpliéndose así la norma que databa del siglo XIV: en España los reyes no son consagrados sino jurados por el reino, a cuyas leyes se someten como los demás súbditos. Don Juan se negó a renunciar a la legitimidad e incluso pensó por un momento en publicar un segundo Manifiesto, pero su esposa le disuadió: por encima de los derechos personales debía colocarse la Monarquía.

El 22 de septiembre de 1966 se presentó a las Cortes la Ley Orgánica del Estado, que sería sometida a plebiscito y aprobada por gran mayoría. Franco consideraba esta definición como un éxito personal. El Jefe del Estado –luego Rey- nombraría el Gobierno al que transmitiría el poder público contando con el asesoramiento de un Consejo y de dos Cámaras. Carrero pasaba a ser vicepresidente, a la espera del momento en que se convirtiera en presidente. Franco conservaría la Jefatura del Estado y el mando militar supremo. Cuando el 30 de enero de 1968, doña Sofía dio a luz un varón, Felipe, que es el monarca actual, la ceremonia del bautismo tuvo carácter oficial: se hallaban presentes el conde de Barcelona y la reina viuda a quien Franco llamó protocolariamente Señora, como disponían las leyes. Ella, una Battenberg, gastó una especie de broma diciéndole al Generalísimo: -ahí tiene a los tres, escoja-. La elección ya estaba hecha sin la menor duda.

El 15 de enero de 1969, privadamente, Franco explicó a Juan Carlos su decisión. Los primeros ataques de ETA obligaron a retrasar la ceremonia hasta el 22 de julio del mismo año. Todas las condiciones legales se habían cumplido. Un pequeño grupo de procuradores adictos a don Juan votó en contra, pero para los demás presentes- entre ellos se contaba el autor de estas líneas junto a Adolfo Suárez en razón de apellido- se había culminado el cambio. Franco no trató de dar instrucciones al Príncipe de España: solamente le recomendó viajar por todo el país y trabar relaciones con personas, aprendiendo así el oficio de reinar. Solo un problema quedaba pendiente: la Iglesia requería el incumplimiento del concordato en el nombramiento de obispos, pero el Generalísimo respondía que, al ser aprobado por las Cortes, era Ley Fundamental; reclamaba una negociación del nuevo texto para que así fuera aprobado por las Cortes. Hubo una división entre los obispos. Se trata de un tema que debe ser examinado en otra parte.

En junio de 1973, Franco nombró a Carrero jefe del Gobierno retirándose a su calidad de Jefe del Estado. Las funciones del mismo quedaron reducidas a pequeñas intervenciones en la política exterior, especialmente vaticana, y a la concesión de indultos a los etarras en el juicio de Burgos, demostrando así su voluntad de disipar las tinieblas de la represión. Pero la ETA respondió asesinando a Carrero el 20 de diciembre del mismo año y, guiándose por consejo de sus asesores, el oficio de presidente pasó a manos de Carlos Arias Navarro, que pretendía reducir de algún modo las condiciones ya promulgadas. El estado de salud impidió a Franco ejercer papel activo en los últimos meses. Murió de enfermedad el 20 de noviembre de 1975 dejando una especie de breve testamento en que recomendaba a los españoles cerrar filar en torno al rey. La transición pasaba a su última etapa siendo sus protagonistas las mismas Cortes por él creadas. El rey tomó la iniciativa de que sus restos mortales no fueran enviados a un cementerio normal y sí al Valle de los Caídos, pues el Escorial era sepulcro exclusivo para los monarcas.

 
 

Autor: 

Luis Suárez Fernández (Gijón, 1924) es Académico de la Historia, correspondiente de la Academia de las Buenas Letras de Barcelona. Especialista en temas de la Baja Edad Media, aunque también ha dirigido su atención a otras épocas, diversos personajes y temas de la Historia de España, entre ellos los Trastámara, los Reyes Católicos, los judíos en España, la Sección Femenina y la figura del General Francisco Franco y sus Gobiernos. Autor de numerosas obras de gran interés histórico por su documentación y por la serenidad de sus juicios y el estilo brillante y claro.

   Rector de la Universidad de Valladolid entre 1965 y 1972, y Director General de Universidades e Investigación entre los años 1972 y 1974. Se le considera un experto en cinematografía y fue fundador de la Semana de Cine de Valladolid. Aunque jubilado, es Catedrático Emérito de Historia Medieval del departamento de Historia Antigua, Medieval, Paleografía y Diplomática de la Universidad Autónoma de Madrid.

   Está en posesión de la Medalla al Mérito Militar, con distintivo blanco, por ser número uno de su promoción de la Milicia Universitaria. Posee además las Grandes Cruces al Mérito Civil de Isabel la Católica y de Alfonso X el Sabio.

 


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