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Blasco Garzón y Utrera Molina
 
Antonio Burgos
 
 
 
   En Sevilla, la capital de los ERE, tierra natal de la arrasadora Susana Díaz como antes de Felipe González, se han solucionado todos los problemas. Al menos los más urgentes. Se acabó el paro. Y las listas de espera en los hospitales. Los recién licenciados no tienen que buscarse el currelo en el extranjero. Abengoa va de dulce. Los Astilleros resurgen, les quitan los barcos de las manos. Todo se ha solucionado. ¿Saben por qué? Porque han terminado con un problema que a los sevillanos nos quitaba el sueño: ¡que don José Utrera Molina tuviera una calle! Siendo como era, según la jueza argentina María Serviani, un responsable del "genocidio franquista". Como bien debe saber la jueza Serviani, cuando los nacionales tomaron la capital de la Costa del Sol en 1937, el niño malagueño Pepito Utrera Molina tenía 11 años. Ya sé, pues, por qué se ha fijado tanto en Utrera la jueza Serviani: se trata del genocida más precoz de todo el siglo XX. Carrillo no era un genocida, no. En Paracuellos del Jarama no hubo un genocidio, no. Aquí no hubo más genocida que el precoz niño malagueño Pepito Utrera.
 
   Hasta aquí el cachondeíto de miren cómo se me queda el dedo. Y vamos con la parte seria del (triste) espectáculo del deporte nacional de los cambios del callejero. Lo más indignante y desagradecido de que a Utrera Molina le hayan quitado la calle que tenía en la Sevilla de la fue gobernador civil de 1962 a 1969 es que más que probablemente muchos de los abuelos o los padres de los concejales que han aprobado borrarlo de la Historia vivieron y se criaron en uno de los miles de pisos sindicales que promovió. Por lo visto levantar el Polígono de San Pablo para paliar el "desastre humanitario" (que se diría ahora) de la riada del Tamarguillo de 1961 es un genocidio que hay que borrar de la memoria, en aplicación de la ley. ¿Ley de la Memoria o de la Revancha? Uno de los muchos errores del PP ha sido no aplicar su mayoría absoluta para derogar esa Ley del Odio, con la que se quiere que los que ganaron la guerra la pierdan ahora y viceversa, así como desenterrar el odio fratricida. ¿No es posible volver a la concordia nacional, a la reconciliación de la Constitución de 1978? Nada, ZP se lo cargó todo. Y el PP no lo ha querido remediar.
 
   Porque el mismo pleno que le quitó la calle a quien le dio un piso oficial a los abuelos y los padres de muchos de los concejales que aprobaron borrar a Utrera Molina fue el que con toda justicia aprobó dedicar otra calle a Don Manuel Blasco Garzón. Que se la merecía en Sevilla hace mucho tiempo. ¿Y saben por qué? No por haber sido uno de los perdedores de la guerra en cuanto ministro del Frente Popular, no: sino porque es el señor que junto a Lorca o a Alberti aparece en el centro de la famosa foto fundacional de la Generación del 27 en el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, iniciativa que pagó Ignacio Sánchez Mejías. Blasco Garzón, poliédrico y sevillanísmo personaje, era entonces presidente del Ateneo, como lo fue del Sevilla F.C. O director de nuestra Real Academia Sevillana de Buenas Letras, donde el otro día le rendimos homenaje sin tanta propaganda, tanto odio y tanta revancha. Claro que se merece una calle Blasco Garzón, que murió en el exilio argentino escribiendo sus "Evocaciones andaluza". Como se la merece Utrera Molina. Ambos permanecieron toda su vida como el título del libro del gobernador malagueño: "Sin cambiar de bandera". Utrera no fue de los que cambiaron la camisa azul por el traje de pana del PSOE, como tantos y tantos chaqueteros. Blasco Garzón permaneció fiel a sus ideales y al recuerdo de su Sevilla. ¿No es posible una España que reconozca a ambos, esa Tercera España de Chaves Nogales a la que tantos nos apuntamos? ¿Por qué cada vez más odio, más revancha? Yo no entiendo a España sin reconciliación nacional ni a Sevilla sin los pisos del Polígono de San Pablo de Utrera Molina y sin la foto de la Generación del 27 en el Ateneo de Blasco Garzón.
 
 


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