Carta de Francisco Franco y Martínez-Bordiú

LA POSVERDAD DE CARMEN FRANCO

Ha sido providencial que la Real Academia Española haya incorporado a nuestro diccionario, con tanta celeridad, un término tan preciso para definir lo que va a suceder con la memoria de mi madre.

Ya existió desde los egipcios y posteriormente los emperadores romanos emplearon sistemáticamente las ¨Damnatio memoriae” (Condena de la memoria) para condenar el recuerdo de un enemigo o predecesor, eliminando todos los recuerdos, imágenes, monumentos e inscripciones. En nuestro tiempo se ha rescatado tan primitiva y empobrecedora práctica, añadiéndole el complemento de la “Posverdad“ que tan eficazmente utilizaron, primero Stalin y luego Goebbels como eficaz arma de propaganda totalitaria. En el refinamiento de tal perversión, en España hemos llegado a legislarla, a través de la llamada ley de Memoria histórica del inefable Zapatero, una norma infame en línea con la dictadura de lo políticamente correcto, que se utiliza de forma sistemática por los cobardes como instrumento de censura implacable y estigmatización de aquellos que tienen un pensamiento libre e independiente.

Aún con el cuerpo caliente de mi madre, a las 9 y pocos minutos de la mañana, no he podido soportar más de dos minutos una tertulia matinal televisiva, en la que a menos de una hora de saberse la noticia de su fallecimiento, sucumbieron al imperio de lo “políticamente correcto”, poniéndose la valiosa “medalla” de nombrar a su padre como Dictador y comenzar a colaborar en escribir la posverdad. No tuvieron la decencia de dar una tregua de cortesía, no quisieron perder un minuto para pensar en el dolor de su familia y como quisiera creer que pueda quedarles algún rastro de limpieza en su conciencia, a los que la tengan y estén tentados de entrar en ese juego fácil le transcribo una frase que mi madre pronunció hace unos meses y esta publicada:

“Aquí estoy. Dispuesta a recibir aquello que venga. Sin lágrimas. No tengo miedo a nada. Ni tan siquiera a la muerte .La he visto de cerca muchas veces y la conozco perfectamente. No le tengo miedo. No me pillará quieta. Reivindico mi nombre porque no quiero ser juzgada por la vida de los demás. Ni la de mis padres, ni la de mi marido, ni la de mis hijos. Soy Carmen. Nada más. Carmen, una mujer que ha sido testigo de casi un siglo de historia .”

Es fácil criticar a quien no se conoce, pero no deja de ser una temeridad y una práctica que descalifica a quien lo hace. Quien conoció de verdad a Carmen, dudo que pueda decir nada malo de ella.

Siempre explique a mis allegados que mi madre fue hija de su padre y mujer de su marido y que, solo tras su viudedad, fue ella misma. Fue una mujer discreta, prudente hasta la extenuación, aprendió a pasar de puntillas, a pasar desapercibida y evitar situaciones tensas. Sobreprotegida durante más de la mitad de su vida, tuvo que aprender a sobrevivir de repente en un mundo hostil. Y lo hizo con una enorme dignidad, jamás le escuché un reproche, una crítica o una mentira. Era increíblemente comprensiva con las debilidades humanas y no conocía el odio ni el rencor. Su máxima fue siempre la de no molestar, aun en los umbrales de su muerte. Me tocó vivirlo como hijo y médico, hace casi dos meses cuando fuimos conscientes de la inmediatez de su fin, sin cura ni remedio y fue ella la que, con una paz infinita, quiso consolarme a mí y a los demás. Nos dijo que estaba preparada, que ya la intuía y la recibiría con serenidad y con la fe que le inculcaron sus padres.

Fue generosa hasta el extremo, y nunca dejó de sorprenderme su capacidad de adaptación y mente abierta ante los múltiples problemas y disgustos que la vida le deparó, especialmente a través de nosotros, sus hijos. Jamás le oí un lamento ni un solo reproche, todo lo aceptaba con naturalidad. Le costaba emitir opiniones, acaso para evitar molestar a nadie, había que sacárselas a la fuerza y cuando las decía, siempre eran ponderadas, reflexivas, y llenas de sentido común. Fue hasta el último día un fuerte pilar y apoyo para todos los que la rodeábamos, para todos los que la queríamos.

Nunca conseguí que dictase o escribiese sus memorias, ya que desde su gran humildad, consideraba que no tenían interés, siendo su mayor orgullo haber sido presidenta de la Asociación contra el cáncer, y posteriormente su colaboración con Nuevo Futuro hasta el día de su muerte.

Admiro especialmente aquello en lo que me considero indigno hijo, por ser incapaz de acercarme, ni de lejos, a su inmensa capacidad de renuncia, una virtud heredada de su padre, que, junto con la humildad y la bondad fue una de sus señas de identidad.

Descansa en paz, madre y gracias por tu impagable amor y por tu ejemplo. Te prometo que intentaremos defender tu memoria contra la epidemia de la posverdad.

Tu hijo, Francisco



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