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Cataluña en la guerra: de Felipe V a Carlos III
 
 
Pedro Fernández Barbadillo
 
 
    Cataluña fue uno de los territorios de España más deseados en la guerra de Sucesión por ambos pretendientes y sus aliados. En la segunda mitad del siglo XVII, Cataluña había sido invadida varias veces por Francia. Hubo tropas francesas en esta región hasta la Paz de Ryswick (1697). El nuevo monarca era francés y ello podía ocasionar descontentos.
 
   Como ya hemos visto en otro artículo, el primer español que rindió homenaje al duque de Anjou como rey de España fue el embajador de Carlos II ante Luis XIV, el catalán Manuel de Sentmenat, marqués de Castelldosríus. Felipe V confiaba tanto en él que en 1704 le nombró virrey de Perú. Una vez incorporado a su puesto, en 1707, envió abundante oro y plata a su rey para sostener la guerra.
 
   Felipe V entró en su nueva patria por Irún en enero de 1701 y en Madrid el 18 de febrero. En mayo le juraron las Cortes de Castilla en el Monasterio de los Jerónimos. Como no había cumplido aún los 17 años y estaba soltero, se planeó su matrimonio, y la escogida fue la princesa María Luisa Gabriela de Saboya, cuya hermana mayor estaba casada desde 1697 con el duque de Borgoña, primogénito del Gran Delfín y hermano mayor de Felipe. Además, Luis XIV esperaba ganar un aliado, el duque de Saboya, pero éste acabó uniéndose a la Gran Alianza.
 
   La boda por poderes se celebró en Turín en septiembre de 1701 y la reina consorte de España, la primera de origen italiano, de sólo trece años de edad, marchó a su nuevo país. El plan original era recibir a la muchachita en el puerto de Barcelona, y allí se desplazaron Felipe V y su corte.
 
   El historiador catalán Pedro Voltes escribe en su biografía de Felipe V que en las poblaciones catalanas que atravesaba el rey recibía continuos agasajos, "más copiosos que en otros reinos, porque las poblaciones eran más numerosas y ricas".
 
   Además, se convocaron Cortes, que se prolongaron hasta el 14 de enero de 1702. Felipe V juró las Constituciones catalanas en el salón del Tinell el 14 de octubre de 1701, con lo que, según las leyes y costumbres, los catalanes le aceptaban como su soberano. En esas Cortes, Felipe V concedió nuevos privilegios, que provenían de la voluntad real y del positivismo jurídico, no de la tradición inmemorial. Por ejemplo, se estableció un Tribunal de Contrafacciones, en el que se enjuiciarían las decisiones reales antes de aplicarlas en Cataluña.
 
   El ministro Melchor de Macanaz dijo sobre los nuevos privilegios concedidos:
 
Lograron los catalanes cuanto deseaban, pues ni a ellos les quedó que pedir ni al rey cosa especial que darles, y así vinieron a quedarse más independientes del Rey que el Parlamento de Inglaterra.
 
   Entre medias, el plan de llegada de la reina había cambiado. El viaje se hizo por tierra. En noviembre, Felipe la recibió en Figueras, donde se ratificaron los votos y se celebraron las primeras fiestas. El joven matrimonio se desplazó a Barcelona, donde los catalanes les recibieron el 8 de noviembre con entusiasmo.
 
   En abril de 1702 Felipe V embarcó sin su esposa, a la que dejó como regente en Barcelona, en dirección a Nápoles, para negociar con el papa Clemente XI el apoyo a su causa y atraerse a la aristocracia napolitana. María Luisa marchó a Zaragoza, donde también se convocaron Cortes, y luego se trasladó a Madrid.En esos años, la mayoría de los catalanes eran leales súbditos de Felipe V, pero el archiduque Carlos y sus aliados planeaban atacar Barcelona y ocuparla. Contaban con el último virrey de Cataluña nombrado por Carlos II, Jorge de Hessen-Darmstadt, que había llegado en 1695 a la región, al frente de tropas imperiales para combatir a los franceses.
 
Los austracistas catalanes pactan con los ingleses
 
   Un primer intento de desembarco de tropas anglo-holandesas en Barcelona, en mayo de 1704, fracasó porque ningún catalán se unió a los invasores. Entonces se realizó el primer bombardeo de Barcelona en la guerra. En su regreso a Lisboa, esa flota capturó el castillo de Gibraltar para Carlos III. Un grupo de catalanes austracistas (nobles, comerciantes y propietarios) traicionó a sus paisanos y se puso de acuerdo con enviados ingleses de la reina Ana para elaborar el Pacto de Génova, en junio de 1705.
 
   En agosto de 1705, se intentó un nuevo desembarco, con la novedad de la presencia del archiduque; esta vez tuvo éxito. En septiembre comenzaron los bombardeos y las batallas. Hessen-Darmstadt murió en un asalto al fuerte de Montjuich, y el 9 de octubre el virrey Francisco Fernández de Velasco rindió la plaza de Barcelona con la autorización de la Generalidad y el Ayuntamiento.En uno de los folletos que se imprimieron en Barcelona como parte del cambio de bando, aparecía esta copla:
 
Carlos Tercero es rey Verdadero
de toda España, que empieza a Reinar
en Cataluña
y España empuña,
contra los Gallos [los franceses],
que quieren cantar
 
   El archiduque Carlos celebró Cortes entre el 5 de diciembre de 1705 y el 31 de marzo de 1706, y en ellas aceptó los límites al poder real negociados por los anteriores procuradores con Felipe V: revalidó el Tribunal de Contrafacciones y aceptó que Cerdeña, Sicilia y Nápoles, que en 1556 la Corona había separado del reino de Aragón para formar el Consejo de Italia, regresasen a la jurisdicción de aquél. A cambio, las Cortes le juraron como rey de España. Un juramento que sucedía a otro emitido en 1701 a favor de Felipe V, pero sin tropas de ocupación.
 
Dos bodas reales en Cataluña
 
   Barcelona se convirtió en la capital de la España carolina, hasta el punto de que acogió la boda del archiduque. El 1 de agosto de 1708, el Habsburgo contrajo matrimonio en la basílica de Santa María del Mar con la princesa alemana Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel. De esta manera, en Cataluña se celebraron las bodas de ambos pretendientes.
 
   Cuando Carlos III se marchó de Barcelona para recibir la corona imperial como Carlos VI dejó como regente de su menguante reino español a su esposa. En las negociaciones de la paz en Utrecht, las autoridades catalanas quisieron estar presentes para salvarse de las esperables represalias por su traición. Sorprende la ingenuidad de las elites catalanes: pedir amparo a los ingleses, los mismos que se habían apoderado de Menorca y Gibraltar vulnerando los pactos de la Gran Alianza y vejaban a sus habitantes, también españoles.
 
   El 19 de marzo de 1713, la reina Isabel Cristina, ascendida a emperatriz, zarpó de Barcelona. El último sitio de Barcelona por los borbónicos, mandados por el duque de Berwick, se desarrolló entre julio de 1713 y el 11 de septiembre de 1714.
 
   El último bando, firmado por el conseller en cap Rafael Casanova y el comandante supremo militar general Antonio de Villarroel el 11 de septiembre, contenía esta frase, que demuestra que los catalanes austracistas no combatían por la independencia nacional, sino por un rey de España.
 
"Todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España".
 
   No acudieron los voluntarios que pedían ambas autoridades para seguir resistiendo y éstas rindieron la plaza.Los catalanes que vivieron esa guerra pronto se olvidaron de ella. Rafael Casanova recibió un indulto, regresó a Cataluña y volvió a ejercer la profesión de abogado; murió en paz en 1743. El principal perjudicado fue Antonio de Villarroel y Peláez, militar de padre gallego y madre asturiana, que comenzó la guerra como partidario de Felipe V y la concluyó al servicio del archiduque y de los Tres Comunes de Cataluña. Fue jefe del Ejército de Cataluña y de la plaza de Barcelona durante el sitio. El rey al que había jurado lealtad y luego traicionado le hizo encarcelar primero en Alicante y luego en La Coruña, donde murió en 1725 abandonado por los catalanes a los que había defendido.
 
   Cuando en octubre de 1759 Carlos III, hijo de Felipe V, desembarcó en Barcelona proveniente de Nápoles, fue aclamado en las calles con el siguiente grito:
 
¡Viva Carlos tercero, el verdadero!
 
   La creencia de que la guerra de Sucesión fue una desgracia para Cataluña y que los catalanes combatían por una Cataluña confederada es una manipulación elaborada a finales del siglo XIX.
 
 
 
 


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