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Cataluña, match ball
 
Juan M. Blanco
 
 
   La abierta insurrección, la amenaza de secesión lanzada por las autoridades catalanas es el punto de degradación más extremo que ha alcanzado nuestro sistema político. Y también la meta ineludible, el mar de los Sargazos en el que habría de desembocar aquel colosal despropósito denominado Pacto de la Transición. La semilla de la desintegración, política, social, cultural y, por supuesto, territorial estaba grabada a sangre y fuego en el ADN del Régimen del 78. El nacionalismo catalán aduce todo tipo de traiciones, desprecios, maltratos del gobierno de España para explicar su llamada a la independencia. Meras excusas, señuelos para justificar un plan trazado hace décadas. Si sentirse molesto o indignado por decisiones del gobierno fuera motivo suficiente para la independencia, todo ciudadano español se habría independizado decenas o centenares de veces. Yo el primero.
 
   El mal llamado consenso de la Transición fue un lamentable cambalache en el que oligarcas, caciques y burócratas de partido se repartieron la apetecida tarta, dando lugar a un marco institucional nefasto, disfuncional, marcado por el favoritismo, la arbitrariedad, el abuso y la corrupción. Un sistema carente de reglas del juego coherentes o adecuados mecanismos de control que garantizasen un funcionamiento neutral de las instituciones. El Régimen se convirtió en un moderno patio de Monipodio, un escaparate del latrocinio donde las leyes no regían para los poderosos pues imperaban otro tipo de reglas basadas en el pacto tácito o el acuerdo bajo cuerda: las instituciones informales. Así, cualquier grupo privilegiado, o el Rey, podría actuar a su antojo, saltarse la ley a la torera, retorcerla o interpretarla a voluntad. Allá van leyes, do quieren reyes.
 
   Pero el nacionalismo catalán, una de las oligarquías firmantes del pacto, realizó dos aportaciones originales al desastre de la Transición. La primera, en el ámbito legal, establecer un sistema autonómico que, lejos de una estructura bien definida, era un proceso caótico, completamente abierto, con rumbo y destino desconocidos, que permitía traspasar prácticamente todas las competencias estatales a las autonomías. Una singladura a la deriva que podría recalar en cualquier playa o acantilado imaginable, al albur de apaños, componendas e intercambios de favores entre políticos. El título octavo, esculpido en chicle y plastilina, contemplaba límites insospechados, siempre en beneficio de caciques locales. Nunca de ciudadanos o contribuyentes.
 
   España, concepto tabúLa segunda aportación, ésta en el terreno de los mitos y dogmas, consistió en convertir el concepto de España en un terrible tabú, en palabra maldita, condenada al purgatorio de lo políticamente incorrecto. Un fenómeno tan retorcido y disparatado que, careciendo de parangón en ningún país del mundo, resulta de imposible comprensión para cualquier extranjero que visita nuestro país. Se privaba así a la ciudadanía de un rasgo de identidad, de su sentido de pertenencia, un vacío que llenarían fácilmente ciertos oportunistas y aprovechados. Así, "España" comenzó a confundirse con el marco institucional, con la Constitución o con el gobierno, un equívoco que permitió al nacionalismo catalán culpar a esa nebulosa "España" de cualquier decisión tomada por gobierno, parlamento o tribunal. Y situar toda crítica a la ideología nacionalista en el terreno de la incorrección política.
 
   En contra de los argumentos repetidamente esgrimidos, la mayoría de los nacionalistas catalanes no son secesionistas sobrevenidos. Sus ansias de ruptura no surgen de recientes ultrajes o afrentas: la independencia fue, desde el principio, su meta final. Pero fueron pacientes. Aceptaron el sistema autonómico como un medio para conseguir sus objetivos, una vía que proporcionaría ingentes recursos para ir convenciendo, lavando el cerebro a unos ciudadanos que, en su inmensa mayoría, no compartían tales metas. Utilizaron el sistema educativo y los medios de comunicación para inocular odios y recelos hacia los vecinos. Crearon un enemigo exterior contra el que definirse, alguien a quien traspasar los defectos, la culpa de todos los males. Impulsaron una política lingüística cuyo principal objetivo no era fomentar el catalán sino erradicar el castellano. Colocaron en su órbita de intercambio de favores a muchos empresarios y asociaciones subvencionadas. Y compraron a organizaciones y a, así llamados, intelectuales en los territorios colindantes para expandir su área de influencia. Por la vía de los hechos consumados, a base de no cumplir leyes o sentencias, aprovecharon el predominio de las instituciones informales, y la desidia de gobiernos y tribunales, para disfrutar de una autonomía muy superior a la que contemplaban las leyes. Un autogobierno rayano, de facto, en la cuasi independencia.
 
   La oligarquía catalana se benefició de la corrupción, de los mercados cautivos, explotó a los consumidores y a los contribuyentes como en cualquier otro lugar de España. Pero aplicó algunas vueltas de tuerca adicionales al torno de la manipulación, adoctrinamiento y control social. En medio de una tremenda presión, la censura y autocensura de la prensa alcanzaron niveles desconocidos en el resto de España. El sistema diseñado en la Transición funcionó en Cataluña con más virulencia, llevando al límite, a su quintaesencia, la perversa naturaleza del Régimen. Nada pilló por sorpresa a quienes tuvieron la valentía de retirarse la venda de los ojos. Ya en 1985, Josep Tarradellas declaró: "en Cataluña hay una dictadura blanca muy peligrosa, que no fusila, que no mata, pero que dejará un lastre muy fuerte". Era fácil percibirlo; no tanto denunciarlo so pena de ser condenado a las tinieblas. Y, en esencia, tampoco ocurría algo distinto en el resto de España aunque en Cataluña la intensidad fuera muy superior.  
 
La estrategia a largo plazo del nacionalismo
 
   Paso a paso, tacita a tacita, el nacionalismo catalán ha ido consiguiendo siempre sus propósitos. En cualquier pugna se ha llevado el gato al agua, ha ganado todos los pulsos planteados al gobierno central. Es cierto que, por ser fiel de la balanza, la minoría necesaria para formar gobiernos, ha vendido siempre muy caro su apoyo. Pero su posición triunfante se debe a algo más profundo, a una característica diferenciadora del resto de la clase política española: los políticos nacionalistas poseían una estrategia de largo plazo frente al planteamiento miope y cortoplacista del resto de sus colegas. Ello explica su enorme influencia en el diseño de la Constitución a pesar de ser minoría.
 
   A Adolfo Suárez, y a sus cortoplacistas colegas, les preocupaban poco las consecuencias a largo plazo del texto constitucional. Lo importante era conseguir la foto de todos los representantes con sonrisa de dentífrico, esa estampa que vendería como reconciliación nacional lo que era reparto de un jugoso botín. Eran conscientes de que la bomba nacionalista estallaría algún día, pero ¿para qué preocuparse de algo que tardaría décadas en ocurrir? El invento constitucional mantendría al nacionalismo catalán en el redil durante algún tiempo, engordando en el pesebre del presupuesto hasta alcanzar un tamaño descomunal. Pero esta diferencia de planteamiento sería crucial para la preponderancia final del nacionalismo. El cortoplacista es derrotado fácilmente en una pugna repetida porque sufre una fuerte inconsistencia temporal, esa tendencia a apartarse constantemente de su horizonte para obtener los réditos inmediatos.
 
   Al contrario que el nacionalismo vasco, el catalán se mostró moderado en las formas, nunca estridente sino disimulado y sibilino de cara al exterior, afirmando en público lo contrario de lo que hacía en casa... hasta hace poco. El intento de secesión estaba planeado probablemente para más adelante pero ciertas circunstancias lo precipitaron. La crisis económica, la ocasión de culpar a España del descenso del nivel de vida, la exigencia de austeridad, de cortar ese gasto desbocado dirigido al control social, y la percepción de que se enfrentarían a un gobierno de trepas y acomplejados, condujo a tomar conciencia de que se abría una oportunidad de oro. Imposible resistir la tentación.  
 
El triunfo de la razón sobre el oscurantismo
 
   Nos encontramos en una encrucijada, un punto crítico, el match ball que puede conducir al desastre definitivo. El régimen que los nacionalistas pretenden instaurar en Cataluña es una trampa para elefantes, un auténtico agujero negro del que los ciudadanos ya no podrán salir. Y los políticos españoles persisten en su costumbre cortoplacista, señalando los perjuicios inmediatos de la independencia para la economía catalana: su salida automática de la Zona Euro, de la UE, la correspondiente pérdida de ayudas etc. Pero peligros mucho más graves se ciernen en el medio y largo plazo.
 
   A pesar de sus recientes mensajes conciliadores, los dirigentes de una hipotética Cataluña independiente difícilmente resistirían la tentación de continuar explotando ese mecanismo que les ha proporcionado una adhesión fanática, acrítica, de parte de su población: apelar al enemigo español, que seguiría allí, al otro lado de la frontera. Y también infiltrado en su propio territorio, encarnado por quienes no comulgan con la ideología nacionalista. Seguirían agitando las bajas pasiones, reclamando esas zonas que, según el nacionalismo, pertenecen a los Països Catalans, los territorios irredentos, oprimidos, que reclamarían una pronta "liberación". Crearían así una fuente inagotable de tensiones y conflictos, ahora internacionales, cuya gravedad resulta imposible de imaginar. Un buen aviso para aquellos navegantes que desde el resto de España, con egoísmo supino, respiran aliviados ante la perspectiva de que Cataluña se marche. No entienden que nadie puede expulsar los problemas por la puerta sin que vuelven a entrar, con inusitada virulencia, por la ventana. Frente a la amenaza secesionista, gobierno y oposición continúan ciegos, aferrados al guión trazado en la Transición: aplicar la táctica cortoplacista de pactar para seguir traspasando poder y competencias, sea mediante reforma legal o factual. Pretenden ceder a Cataluña el resto de las competencias, otorgar una independencia por la vía de los hechos, sin proclamación ni algarabías. Conceder una separación efectiva aunque, formalmente, el territorio siga formando parte de España. Intentan sanar la enfermedad administrando mayores dosis del veneno que la causó. O, al menos, ganar tiempo. Olvidan que la bolsa de los caramelos se encuentra ya vacía.
 
   Una Cataluña independiente, gobernada por la casta política actual, sería un lugar igualmente corrupto y arbitrario pero mucho más asfixiante para quien no comulgue con los dogmas impuestos. Nos encontramos en el punto crítico, la encrucijada donde la ciudadanía se juega el futuro, la dignidad, la libertad. Sólo hay un camino digno, aunque sea estrecho y proceloso... Los catalanes no obnubilados por el nacionalismo deben ganar este pulso, levantar el match ball, y aprovechar la victoria como una potente palanca dirigida a reformar completamente nuestro cerrado sistema político. A desvestir de poder a las cúpulas de los partidos, favorecer la separación de poderes, blindar los órganos de control y garantizar la representación directa del votante. Un nuevo orden que garantice los derechos, las libertades y una prensa independiente capaz de narrar y explicar sin cortapisas todo lo que ocurre. Que fomente el pensamiento crítico, lejos de esos mitos y tabúes que nos atenazan. Un nuevo marco que establezca un claro reparto de competencias entre Estado y Autonomías, donde prime la eficacia en la prestación de los servicios: un modelo autonómico en beneficio del ciudadano, no del cacique u oligarca de turno. En definitiva, una España que contemple, por una vez en su historia, el triunfo de la razón sobre el oscurantismo.
 
 
 
 
 
 
 
 


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