La Voz de Hispanoamérica
 
 
 
Chile: Y al final, también vinieron por mi
 
 
 
 
   El reloj marca casi las doce del mediodía. No tuve una buena mañana, debe ser porque el tiempo está cambiando. No pude dormir bien a pesar del acondicionador de aire. Me levanté antes, me afeité, mientras lo hacía pensé, sin saber por qué, en los viejos tiempos. 
 
   Vinieron a mi mente recuerdos de cuando era Cadete, las cosas buenas y malas, los rostros de algunos camaradas. Los recuerdos tienen esa cosa desgraciada de venir mezclados y sin orden. 
 
   En algún momento de la afeitada me corté. Cuando vi por el espejo la sangre la asocié al instante, como si fuera un estúpido sensiblero, con la de mis camaradas. Pensé, sin querer hacerlo, en aquellos que cumpliendo a rajatablas con su juramento cayeron heridos o muertos en La Moneda, en Tomás Moro, en San Bernardo, en la Población Lía Aguirre o Nueva La Habana o aquella llamada Ho-Chi- Min, en Temuco o en Calle Santa Fe y Malloco o en el Cajón del Maipo; en Arica o en Punta Arenas; en fin a lo largo de nuestra Patria, en aquel 11 de Septiembre de 1973 y posteriores. Sí, no tuve un buen día. 
 
   Puede, sin dudas, haber ayudado a este sentimiento fastidioso el hecho que temprano vino la esposa de un suboficial que tuve a mis órdenes - tipo correcto, serio, leal – y que ahora está detenido. Ella viene con regularidad para ver si puedo hacer algo por él. Las tostadas se me enfriaron al igual que el café con leche. 
 
   Le prometí usar algunas de mis influencias pero no lo he hecho ni tampoco lo haré, sería como jugar a la ruleta rusa con cinco balas, tengo que cuidar mi carrera, ¡Me ha costado tanto llegar hasta aquí! 
 
   Para colmo a media mañana vino ese Coronel retirado que es tan molesto, me habla de las Promociones, de lealtad, de los camaradas presos, de sus familias, en fin un plomo total, pero finjo escucharlo con interés. Entre nosotros las cosas se saben rápido y tampoco quiero que me consideren un insensible o un apático aunque mis intereses son otros. Yo ya hice lo mío en su momento y supe cuidarme lo suficiente como para no quedar complicado como otros. Al final quise colaborar con unos pocos pesos para que se fuera rápido pero no me los aceptó, allá él. Terminó despidiéndose con una sonrisa extraña. Aún tengo la duda sobre su significado, si era de sorna o desprecio. No hace más de media hora vinieron los hijos de un Capitán y de un Sargento que murieron por allá por los setenta. ¡Pobres tipos!, los tuvieron emboscados los terroristas y después los asesinaron. Entiendo a los chicos, al fin y al cabo son los hijos, pero siendo jóvenes, ¿Por qué no se dan cuenta que todo esto son cosas del pasado? Si tuviera que ir a cada acto, a cada recordatorio no me alcanzaría el tiempo. Además en esas reuniones siempre hay tipos que sacan fotos y filman a los que van por lo que no vale la pena arriesgarse y yo no puedo poner en peligro mi futuro. 
 
   Le dije a mi esposa que preparara mi comida preferida y no se le ocurrió otra cosa que contarme de unos policías que ayer los asesinaron unos delincuentes por la espalda. De mala manera le dije que no era un buen momento para ese comentario. 
 
   Hace un rato llegó mi nieta de la escuela, me besó y empezó a preguntarme que es diversidad sexual. No supe como contestar, ¡Es tan pequeña! y le dije que hablara con su madre que yo estoy ocupado. Aceptó lo que le decía pero antes me mostró un libro que le prestaron en el colegio y sonriente me dijo: ¡es un soldado como tú! En la tapa la foto era la de un conocido terrorista muerto. 
 
   Suspiré, dejé de lado el almuerzo, y decidí encerrarme en mi escritorio pensando que allí tendría algo de tranquilidad, que podría meditar sobre lo que está pasando, que por qué me joden con actos, con reuniones, con ayudas para los presos. Me acordé de mi padre que en situaciones así pasaba largos momentos en los que cuando creía que algo no tenía solución “consultaba”, Padrenuestro mediante, con el Crucifijo. Pero yo ya no lo tengo. Lo quité de la pared del escritorio porque allí recibo a gente afín a los gobiernos y también a algunos jueces. Dios sabe que tengo que cuidar mi trabajo. ¡No vaya ser que me mal interpreten! 
 
   Y ahora me interrumpe mi mujer para avisarme que unos tipos preguntan por mí. Ni siquiera son de Ejército. ¡Son de de la Policía de Investigaciones!; los hago pasar y respetuosamente me informan que vienen a detenerme por orden de un Ministro de la Corte de Apelaciones, por una causa de hace más de 30 años y que están a la espera que les indiquen si me llevan a la Penitenciaría, a “Punta Peuco” o “Cordillera”. Llamo urgente a mi jefe, un general un poco más antiguo que yo, pero no me atiende, su celular está apagado. No sé porque me viene en mente aquel general que ordenó descolgar placas y cuadros que nos recordaban gestas y nombres que nos hicieron libres una vez más. No puedo creer lo que me está pasando, mi esposa se descompone. Yo siento que estoy en el aire. 
 
   Creí que estaba cubierto, ¡Idiota!, ¡Cubierto!, si ni siquiera les preocupan los que mueren en agonía atroz en los Penales; si aceptan que apellidarse como un militar de aquella violenta época que nos impuso el maldito enemigo ateo de toda la humanidad es causa de retiro o de reproche hipócrita o comentarios en sordina, ¿Por qué se iban a jugar por mi? Tal vez si hubiese sido menos indiferente este final anunciado que no supe o no quise ver, nunca hubiese ocurrido. 
 
   Y ahora, solo recién ahora, siento que mi conciencia se despierta. Avergonzado y triste bajo la cabeza. 
 
   No sólo he perdido mi libertad; perdí mi honor y lo que más me duele es mi actitud de estos años que me hizo perder mi dignidad.  Mientras me sacan esposado de casa pienso que algo me decía que éste no sería un buen día.
 
 
 
 
 
 


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