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Churchill y la democracia
Aquilino Duque
 
 
 
   En su amenísimo repertorio de reflexiones y comentarios al margen de la prosa nuestra de cada día, que titula Advenimientos, José Jiménez Lozano escribe: “J. me dice que Paul Morand cuenta, en sus Memorias, una historia de Ionesco, según la cual, cuando el Mayo del 68 francés, increpaba a los revolucionarios desde las ventanas de la editorial Mercure de France, diciéndoles: “¡Dentro de tres semanas seréis notarios!”  Creía yo ser el único en hacerse eco de esa anécdota, como puede comprobar el que consulte la página 112 de mis Crónicas anacrónicas (nótula La ley y el orden), y veo que J., que no es otra que mi buena amiga Julia Escobar, también leyó a Morand con provecho.  Así las cosas, tropiezo con la misma anécdota en el tomo II de los Diarios de Jünger (Siebzig verweht II), en el asiento correspondiente al día de Nochebuena de 1971, sólo que aquí el protagonista no es Eugenio Ionesco, sino Marcel Jouhandeau, y que el plazo que éste da a los vociferantes para su ingreso en el Notariado son diez años, no tres semanas como les da Ionesco según Julia y José, o un “día de mañana” genérico, según Morand y el que suscribe.    
 
   A raíz de las primeras elecciones de la democracia, creí haber descubierto el Mediterráneo al justificar mi fugaz militancia con una ocurrencia inspirada en La Tempestad de Shakespeare donde dice Próspero: Misery acquaints a man with strange bedfellows.  Evidentemente, la palabra misery yo la sustituí por politics.  Cuál no sería mi chasco cuando en lo sucesivo vi que mi ocurrencia se le atribuía a Fraga, mi jefe político a la sazón, cuyo último destino bajo el Régimen anterior había sido la Embajada en el Reino Unido y que debía de estar aun más familiarizado que yo con la obra de Shakespeare.  Pero como no hay dos sin tres, vendría otro descubrimiento a rebajarme aun más los humos, y es que antes que yo y que Fraga, la misma ocurrencia la había tenido nada menos que alguien que debía de conocer a Shakespeare aun mejor: Winston Churchill.  Sir Winston por cierto, volviendo a Jünger y a sus reflexiones septuagenarias, reconoce en plena guerra fría haber das falsche Schwein geschlachtet (“sacrificado el cerdo que no era”).  Debió de ser por entonces cuando Churchill acuñó otra expresión que haría fortuna: Iron Curtain.  La paremiología de Churchill es inagotable. En una cena la cayó al lado una sufragista, una de esas señoras, según él, "a las que les falta algo y no se sabe exactamente lo que pueda ser", que al despedirse le dijo: "Si usted fuera mi marido, le pondría arsénico en el té". A lo que él replicó: "Y si usted fuera mi mujer, me lo tomaría con sumo gusto".  Churchill tiene citas para todos los gustos, y la más socorrida de todas es esa de que "la democracia es según dicen la peor forma de gobierno si se exceptúan las demás que se han ensayado."  
 
   Yo confieso que esa frasecita nunca la entendí del todo hasta  que en cierto modo me la aclaró un historiador demócrata diciendo que desde el punto de vista filosófico la democracia es un absurdo, pero que aun así es la mejor de las formas de gobierno.  Pues bien, desde un punto de vista filosófico, eso no es más que zanjar la cuestión con una petición de principio. Si la  cuestión la remitimos ad calendas graecas, por así decir, poco hay que añadir a la lista aristotélica de formas de gobierno, ninguna mejor que otra, puesto que cada coyuntura histórica reclama, si no la más eficaz, la menos dañina.  Para mí la democracia es una forma de gobierno cuya oportunidad depende de circunstancias de lugar y de tiempo.  Aun así, hay lugares en que es más viable que en otros, y esos lugares son en general los países anglosajones y los de la Europa septentrional, es decir, los países que están a la cabeza de la llamada civilización occidental. La democracia tal como hasta ahora se venía concibiendo en Occidente iba unida al concepto de libertad, pero ya uno de sus oráculos, por encima -o por debajo - de toda sospecha como Rousseau dejó dicho que la libertad no es fruto que crezca en todos los climas, y por ello no está al alcance de todos los pueblos.    
 
   En un coloquio televisivo en torno a la democracia, yo dije que la democracia no es más que un expediente de gobierno ni mejor ni peor que otros, y que lo mismo que hay democracias buenas y malas, hay autocracias malas y buenas, y que entre ellas las únicas que son buenas son las que tienen mala prensa. También dije que las únicas democracias buenas me parecían las anglosajonas, y eso que, como  Churchill también dijo: El mejor argumento contra la democracia es cinco minutos de conversación con un votante cualquiera.  Bien es verdad que Churchill hubiera pasado a la historia como un político fracasado de no ser por una situación de excepción en que la democracia no tenía más remedio que eclipsarse ante el patriotismo. Otra frase célebre en aquella coyuntura fue: Yo no he tomado posesión del cargo de Primer Ministro de Su Majestad para presidir la liquidación del Imperio Británico, frase que se tuvo que tragar en Yalta ante el doble dictado de dos demócratas antiimperialistas como Stalin y Roosevelt. Una vez salvada la patria, la democracia volvió por sus fueros y lo mandó a su casa. Pudo así dedicarse en paz a escribir sus memorias sin necesidad de perder cinco minutos con el primer votante que le saliera al encuentro. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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