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Contra Franco vivíamos mejor
 
 
Fernando Sánchez Dragó
 El Mundo
 
 
 
   Debate de investidura... Comparo las cifras de 1975 con las del año que acaba de empezar.
 
Presupuestos Generales del Estado: 3.822 millones de euros y 122.083, respectivamente.
Déficit público: 0'4% y 8'5%.
Deuda pública: 9% y 98% del PIB.
Tasa de paro: 3'74% y 24'5%.
Población reclusa: 8.440 y más de 80.000.
Vivienda: con letras (sin hipoteca) y, ahora, con hipoteca y desahucio.
Impuestos: indirectos (sobre los bienes de lujo. No se pagaba IRPF ni IVA) y, ahora, IRPF más IVA, impuesto de Sociedades, impuesto de Bienes Inmuebles, impuesto de Primer Vagido y de Último Suspiro, Impuesto de Impuestos...
Clase media: 56% y 43%.
Industria: 36% y 12'8% del PIB.
Funcionarios: 700.000 y 3.000.000, grosso modo.
Índice de fecundidad: 2'8 y 1'27.
Inmigración ilegal: 0 y 6'5 millones.
Aborto: prohibido y, ahora, en torno a 150.000 al año.
Suicidios: inapreciable y, ahora, más de 30 al día.
Proyección internacional: 9ª potencia, entonces, y 7ª en el ranking de miseria, ahora.
Sueldos públicos: los alcaldes no cobraban y los diputados recibían en pesetas el equivalente a 60 euros (hoy tienen un sueldo anual de 76.920, amén de sustanciosos aguinaldos).
 
   Estas cifras proceden de fuentes oficiales: el BOE, el Ministerio de Hacienda, el Instituto Nacional de Estadística, la DGIP... A comienzos de los 80, cuando ya la Transición se había trocado en Desencanto (y no precisamente el de los Panero), culebreó por España el chascarrillo de que «contra Franco vivíamos mejor». ¿Y con él?
 
   Saque cada lector sus conclusiones mientras los políticos cotorrean, invisten y embisten. Me pregunto si para el viaje iniciado en 1975 se requerían las alforjas que pesan sobre los hombros de este país «solo, triste, cansado, pensativo y viejo». Así se sentía Antonio Machado en 1912. Tenía entonces treinta y cinco años, pero ya se le había muerto lo que más quería. Tres siglos antes escribió Quevedo un soneto portentoso en el que después de mirar los muros «de la patria mía» sentenciaba que no había «cosa en la que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte». En el epiloguillo de mi Gárgoris y Habidis, que salió en el 78 y acaba de reeditarse, cité yo otro verso de Cernuda, escrito en el exilio: «¿España?», dijo. «Un nombre. España ha muerto». Lo que ahora se discute en la funeraria de las Cortes y tanatorios adjuntos es la cebada al rabo.
 
 
 
 
 
 


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