Actualidad
 
 
 
Corruptos e incompetentes
 
Honorio Feito 
 
 
   Creo que una gran parte del éxito de Podemos se basa en su intención primaria para erradicar los privilegios de lo que ellos llamaron, con gran acierto también, “la casta”. Digo intención primaria porque, a día de hoy, Podemos se ha incrustado – como era de esperar- en la nómina de esa casta que ellos mismos criticaron. Creo que los millones de españoles que hace cuatro años depositaron su voto, y su confianza, en el Partido Popular de Mariano Rajoy buscaban en este candidato, y en sus colaboradores, una solución a los problemas de la España de comienzos del siglo XXI, a saber, acabar con los privilegios de la clase política; contener la ambición de los partidos; acabar con la corrupción y con el paro y sosegar la tensión generada por los gobiernos de Rodríguez Zapatero. En suma, una labor de limpieza tras el desastre de ese ciclón huracanado, cargado de despropósitos que fue Rodríguez Zapatero, capaz de conseguir que una gran parte de su propio partido echara pestes de él. Y creo, también, que la situación actual es consecuencia del mal hacer de ese Partido Popular, dirigido por Mariano Rajoy, que durante cuatro años ha vuelto la mirada hacia otros puntos, dejando que el vicio y la ambición desatada en este régimen partitocrático fueran un problema grave en lugar de un remedio. Hay, incluso, algún entusiasta defensor de antaño que considera que esta etapa está acabada y hay que regenerar la política. Con todo ello, a nadie debe extrañar la situación actual. No obstante, no creo que sean tiempos para sacar pecho desde ninguna tribuna política, excepto para los seguidores del partido que dirige Pablo Iglesias.
   
   En temas de corrupción, nadie puede desgraciadamente tirar la primera piedra, salvo los cínicos y los caraduras. Cuando habla Pedro Sánchez, o Chacón, o cualquiera de los que esperan el favor de ser llamados a ocupar un hipotético cargo de altura, en el nuevo orden gubernamental que se está negociando, parece que la corrupción es un invento del Partido Popular. Los españoles, tan sensibles para unas cosas y tan olvidadizos para las mismas cuando los protagonistas son los del otro barrio, deberían visitar las hemerotecas para refrescar su memoria, porque los españoles son, en definitiva, los responsables de que hace cuatro años Mariano Rajoy hubiera obtenido la gran mayoría de votos que jamás un candidato obtuvo en esta reciente democracia, mérito que creo no equivocarme si atribuyo, en parte también, al citado Zapatero.
   
   Pero no es sólo el Partido Popular, sobre la conciencia del PSOE cae no sólo el tan cacareado asunto de los EREs, en Andalucía, sino el cúmulo de escándalos que, durante el gobierno de Felipe González, llenó las primeras portadas de los diarios un día tras otro. Y hasta el sindicato socialista UGT se vio involucrado en varios otros asuntos que afectaban directamente a cooperativas de viviendas, siendo sus víctimas los mismos trabajadores. A pesar de lo cual, el candidato del Partido Popular, José María Aznar, ganó las elecciones del 3 de marzo de 1996 a regañadientes, por solo trescientos mil votos, lo que hace pensar, pero no creer, que el electorado español es más proclive a votar a la izquierda que al centro.
 
   Esto es acudir a la memoria reciente, pero si el lector está interesado, aún se puede ir más lejos y recordar, por ejemplo, la participación del PSOE –el de los cien años de honradez- en la revolución de 1934, contra la República, que era su natural régimen político, y las bravatas y desafíos que los grandes dirigentes de este partido manifestaron en las sesiones parlamentarias de aquel tiempo. Esto ya es Memoria Histórica, para la cual se hizo una ley sectaria y mal intencionada, que los españoles no necesitaban para nada y que Mariano Rajoy no quiso derogar, según manifestó a una pregunta mía, porque su gobierno no ha dado un solo euro para esta ley durante la legislatura recién acabada…
 
   Los episodios protagonizados por el actual Ayuntamiento de Madrid recientemente, con la retirada de la placa que conmemora el fusilamiento de ocho carmelitas, ubicada en una dependencia privada, o la destrucción del monolito de los Alféreces Provisionales, demuestran precisamente el afán por cambiar el escenario real. Entre los monumentos objeto de la ira de estos mandamases, por ejemplo, los dedicados a Calvo Sotelo asesinado, tal vez conviene recordar, por los guardias de asalto que formaban la escolta de Indalecio Prieto, mandarín del PSOE de la República, cuyo amor por el pueblo español le motivó para llevarse el tesoro, en el famoso barco llamado Vita, y administrarlo en México por una Junta, a favor de los españoles que habían abandonado España incluso antes de perder la Guerra Civil. O sea, de los políticos que manejaron el desastre de la II República, metieron a los españoles en una guerra fratricida y vaciaron las arcas del Banco de España para vivir ellos su exilio dorado en México, principalmente, abandonando a su suerte a los que lucharon en su bando defendiendo a la República, que sobrevivieron en campos de concentración en Francia teniendo que superar muchas penalidades.
 
   Oír al representante de Izquierda Unida (el diputado de los apotegmas), cuyo hermano ha sido ya “colocado”, como asesor del área de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid (con un sueldo que supera los cincuenta y dos mil euros), para realizar informes… digo que oír a Alberto Garzón, o a Cayo Lara, hablar del gobierno del cambio, del nuevo gobierno de izquierdas, cuando sólo cuentan con una fuerza de dos diputados es como pedirle al reponedor de una gran superficie que se transforme en ministro de Trabajo… Y ver la cara sonriente de “coleta morada” (les juro que no es envidia), escapársele la sonrisa por la comisura de sus labios, mientras acude vestido de camarero de terraza de chiringuito veraniego al Palacio de la Zarzuela, para una audiencia con el Rey, es como pedir a un agitador de masas, especialista en escraches, que tome las riendas de algunos delicados ministerios. Imagínense lo que cada uno de todos estos tiene detrás para cubrir los quinientos cargos de relevancia que una nación como España, o lo que queda de ella, necesita para hacer funcionar a la maquinaria del Estado.
 
 


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