Cultura
 
 
 
Crítica de libro: La razón conservadora, de Pedro Carlos González Cuevas
La razón conservadora.
Gonzalo Fernández de la Mora, una biografía político-intelectual,
de Pedro Carlos González Cuevas
Madrid, Biblioteca Nueva, 2015
 
 
 
Dalmacio Negro  
 
 
   Como el hombre vive en la historia, uno de los problemas del género biográfico consiste en insertar la trayectoria del biografiado en la tendencia temporal a la que pertenece. Y el autor lo hace magistralmente al describir la circunstancia vital de Gonzalo Fernández de la Mora [30.IV.1924-10.II.2002]  dentro de la trayectoria dominante: la de la España franquista de la postguerra de 1945 a la que  sirvió con «su insobornable honradez, su capacidad crítica y su inteligencia». En primer lugar, por patriotismo, en segundo lugar, por entender que la gobernación de Franco era la más eficaz desde los tiempos de Felipe II y, en tercer lugar, como defensor de la civilización occidental, esencialmente cristiana, que veía amenazada por la sovietización del pensamiento.  
   
   Siguiendo cronológicamente -y apegado a los textos del biografiado para ligar las ideas y los hechos que las motivan-, su incansable actividad como hombre político y sobre todo intelectual, el libro concluye así: «en la obra, existe un caudal suficiente de ideas y estímulos,  que esperan nuevas apreciaciones y un aprovechamiento compatible con el pensar inteligente de las nuevas generaciones, sean de “derechas” o de “izquierdas”».  
 
   Efectivamente, en la deprimente  situación actual,  el pensamiento de Gonzalo Fernández de la Mora  no sólo ayuda a entenderla sino que conserva  la capacidad incitadora.  
 
   Nadie empieza con sus propias ideas. Fernández de la Mora comenzó identificándose sin fisuras con la derecha y siendo sumamente crítico con la izquierda. Pero pensando históricamente por su fidelidad a los hechos, acabó rechazando la diferencia entre ambas actitudes: atraída por las plusvalías que da  la expansión del poder, la derecha es un apéndice de la izquierda estatista. Franco había construido definitivamente el Estado. Pero el Estado, una máquina, no piensa y es un hecho, que la instauración monárquica desvió la trayectoria “franquista”  hacia la izquierda estatista: revanchista, gramcsista, eurocomunista... Derecha e izquierda se distinguen únicamente por el grado de  intervencionismo y control de  la vida social que predican: «lo demás resulta políticamente secundario, y de ahí la general anemia intelectual y ética de la clase gobernante», decía Fernández de la Mora.  
 
   «La lectura de El Quijote contribuyó decisivamente a su formación intelectual», dice González Cuevas recogiendo un testimonio del biografiado. A ello se debe sin duda que se decidiera a ser un campeón de la razón y crease su propia filosofía, el razonalismo, un modo de pensar empíricamente la razón histórica que produce la realidad, y un medio para desmitificar el pensamiento político. En contraste con el mito, la razón equilibra: pegada a los hechos,  es “constitutivamente conservadora” y a la vez “progrediente” en tanto los critica. Al contrario que el mito, «una forma arcaica de transmitir el saber»: estático, reproduce un eterno presente en  «una narración imaginaria que explica algo real».  
 
   La causa de muchas incomprensiones de la actitud y  el pensamiento de Fernández de la Mora es su positivismo sin Comte, que hizo de él un pensador del tipo que el genial francés denominaba “enérgico”. La energía para llegar a la verdad constituye el lubricante de su pensamiento   razonalista. En lucha permanente por hacer patente la realidad, la verdad frente a las apariencias -y prácticamente en solitario, pues, como deja traslucir el libro, sus próximos no llegaban a su altura-, fue un caballero andante enfrentado a  los molinos de viento que son las ideologías de cualquier signo, que, cada vez era para él  más evidente, confluyen en el socialismo.  Una religión secular que,  idolizando el Estado -el deus mortalis hobbesiano-, aspira a sustituir a todas las religiones auténticas e implantar un novus ordo seculorum. ¿No enunció Ferdinand Lassalle el principio de la socialdemocracia real, enmendándole la plana a Carlos Marx, afirmando que “el Estado es Dios”?  
 
   El libro, imposible de resumir en una breve reseña, podría dividirse en dos partes, ciertamente muy desiguales por su extensión. La primera abarca los siete primeros capítulos: los años de formación, su incesante producción intelectual -artículos de prensa, conferencias, ensayos varios, libros-, y su participación en la política concreta.  La segunda abarca los  dos últimos capítulos.   La divisoria fue la tercera instauración de la monarquía -antes las de Amadeo de Saboya y de Alfonso XII, llamada impropiamente Restauración-, que Fernández de la Mora criticó severamente. No llegó a ver su desenlace, pero su rotundo fracaso final simbolizado en la abdicación del rey, prueba el acierto de su rigoroso análisis histórico político. Análisis que le llevó finalmente a afirmar por honradez intelectual, que esa forma del Estado es inadecuada en estos tiempos inevitablemente democráticos. Reconocía así su fracaso político personal en la medida en que, como muestra el hilo conductor de la biografía de González Cuevas, contribuyó -como reconoce el biografiado- a la instauración monárquica: primero en la figura del infante don Juan, al que algunos se refieren antihistóricamente, es decir, falsificando la verdad, como “Juan III”; luego al servicio del asentamiento en el trono de su hijo Juan Carlos.  
 
   Precisamente este último no perdió el tiempo en romper la continuidad del régimen del 18 de julio, defendida, y justificada, por Fernández de la Mora, para quien como auténtico pensador político, la historia era cliopolítica. A la vista de los hechos reconoció su error: la instauración, “atada y bien atada” por el general Franco para facilitar la tarea de, fue desatada y bien desatada por  su sucesor -quizá mal aconsejado por individuos como Giscard d'Estaing entre los extranjeros- rompiendo la continuidad, no sólo formalmente, como había prevista  el propio Franco, sino materialmente. La discontinuidad ha sido de tal naturaleza, que la normal situación política creada al sucederle, no ha conseguido estabilizarse como un régimen, palabra que significa orden, siendo impensable que pueda ya rectificarse el rumbo. La “regeneración”, una palabra que, a la verdad, no concreta nada, parece completamente imposible.  
 
   En Los  errores del cambio, un libro certero de Fernández de la Mora anunció lo que iba a suceder. Pues, introducido el nihilismo por la nueva monarquía mediante la política sovietizante que  profesionaliza  la mentira, desapareció el decoro, concepto que, señala González Cuevas, era para el pensador español, una suerte de  categoría política-social sin la que es imposible la política auténtica. El resultado no ha sido la corrupción, que asuela ciertamente a la Nación, sino, lo que es muchísimo más grave, la institucionalización de un sistema de desgobierno  que genera la corrupción con la agravante de que identifica descaradamente la legalidad -la voluntad de poder- con la legitimidad. Sistema establecido in nuce en la Constitución de 1978 -en rigor una oligárquica Carta otorgada-, criticada  dura y acertadamente por el pensador español con su gran sentido histórico-político.  
 
   Desde la muerte de Carlos III (quien, sin perjuicio de algunos méritos, importó  el absolutismo y el derecho divino de los reyes),  la Nación española ha estado pendiente dos siglos largos de los avatares de la monarquía, lo que suscitó “el problema de España”. El franquismo, y el propio Fernández de la Mora, postularon una monarquía tradicional, pero la instauración juancarlista  ha sumido a la Nación en una gravísima crisis histórico política en la que las oligarquías -Fernández de la Mora definía exactamente la oligarquía como la forma trascendental del gobierno-, no sólo se han apoderado del Estado, sino que lo utilizan para destruir la Nación y someter al pueblo a la servidumbre voluntaria. Justo lo que pronosticaba como pensador político: el Estado de Razón,  la única forma estatal que admitía, sólo se justifica como un instrumento al servicio de la Nación y, en definitiva, del pueblo, o, con la fórmula tradicional, del bien común.   Ante el  fracaso que preveía por la manera en que se produjo  este tercer intento monárquico y el peligro  del estatismo propugnado por la izquierda totalitaria y aceptado por la derecha, evolucionó Fernández de la Mora desde su fe en la monarquía dinástica y hereditaria hacia el presidencialismo racional: «una especie de monarquía temporal electiva,  transcribe González Cuevas,  en la que  el Jefe del Estado desempeña una función arbitral entre las oligarquías aspirantes al poder y en el seno de su propia oligarquía, parcialmente técnica. Al término del mandato, el arbitraje retorna al censo electoral». Junto con un sistema electoral de carácter mayoritario, era una adaptación del modelo estadounidense a las particulares condiciones españolas.  
 
   Fernández de la Mora fue un realista político, especie rara en tanto radicalmente incompatible con la política “correcta” del modo de pensamiento totalitario que segrega el nihilismo estatista, contra cuyo auge y predominio sobre  el realismo -«la actitud natural de la especie humana»-, advertía continuamente. De ahí su personal “exilio interior” y el ostracismo al que está condenado por su clarividencia uno de los mayores pensadores políticos del siglo XX.  
 
   El libro no tiene desperdicio: Pedro González Cuevas engarza a la perfección la figura del biografiado en la trayectoria histórica que le tocó vivir. Haciendo  hablar a los escritos de Fernández de la Mora, construye también una espléndida síntesis histórica de la España política de su tiempo.      
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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