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Crónica mema de un país tan pequeñito...
José Javier Esparza
 
 
 
   Vuelo de corral. Ni rastro en las palabras de unos u otros del menor sentido del Estado, del menor sentido de la Historia (es decir, del lugar de la nación en la Historia)
 
   Consterna, más que indigna, escuchar al vicepresidente del Gobierno que hundió España –Rubalcaba- llorando porque hoy los españoles lo pasan mal.
 
   Deprime, más que irrita, escuchar al presidente del Gobierno que iba a arreglar las cosas –Rajoy- jactándose de que todo va viento en popa cuando la calle está llena de paro y frustración.
 
   Desconsuela, porque ya no da ni risa, escuchar lamentos de lo mal que va España a unos separatistas catalanes y vascos que llevan treinta y cinco años tratando de romper España por todos los medios –todos-.
 
   Es la triste comedia de todos los años: debate del estado de una nación que no está. Las patricias voces del desorden establecido caldean el ambiente, estimulan al auditorio, incluso anuncian grandes confrontaciones dialécticas entre ideas “de fondo”, como hacía la víspera el presidente del Congreso con el mismo entusiasmo con que el maestro de pista anuncia la aparición de la mujer barbuda. ¿Ideas “de fondo”? Del fondo del agujero, sí.
 
   La sociedad española –si aún hay tal- asiste a todo esto entre el hastío y la somnolencia, convenientemente macerada por una mayoría mediática que prolonga engañosamente –y a sabiendas- la ficción de una democracia secuestrada y reiteradamente violada. Secuestrada por unos partidos mayoritarios que se reparten el poder civil, por unos sindicatos que se reparten el dinero, también por unos poderes financieros, económicos y mediáticos que en su propio beneficio dan cobertura a la gran pantomima.
 
   Vuelo bajo. Muy bajo. Vuelo de corral. Ni rastro en las palabras de unos u otros del menor sentido del Estado, del menor sentido de la Historia (es decir, del lugar de la nación en la Historia). La España que asoma en los discursos de las Cortes es una España sin futuro, sin otro horizonte que discutir sobre quién cabalga el machito del presente. Y el debate sobre el estado de la nación, sin espacio ya para la menor proyección de destino colectivo, no pasa del nivel de una asamblea de vecinos cutre y cainita.
 
   ¿Estado de la nación? Yo os lo diré: liquidación por derribo. Zapatero arruinó el país, vale. Pero Rajoy, para enjugar las deudas, ha optado por endeudarse más y prolongar los pagos hasta la generación de nuestros nietos. Sacrificar a la nación para salvar el sistema. Cualquier cosa menos rectificar la marcha hacia el abismo. Mientras tanto, los separatistas empiezan a hacer estallar las cargas que desde hace tres decenios vienen colocando en todos los niveles de la sociedad con la aquiescencia de la derecha y de la izquierda, de la corona y de la banca, de la judicatura y de la nomenklatura mediática. Esto ya no da más de sí. Estamos ante un patente fin de ciclo. Y los gestores del desastre, patéticos, siguen gesticulando en el escenario como títeres incansables.
 
   ¿Estado de la nación? Ya no hay tal nación; no, al menos, en las Cortes. Rectificar la destrucción de la democracia a manos de los partidos hegemónicos exige medidas que nadie podrá tomar sin dolor (empezando por el harakiri de los propios partidos hegemónicos). Rectificar la deriva de odio sembrada en Cataluña y el País Vasco requiere políticas agresivas y, lo que aún es más difícil, sostenerlas por un mínimo de treinta años (asumiendo de antemano que el conflicto es inevitable). Rectificar el desmantelamiento de la economía productiva, concienzudamente labrado desde los ochenta, obligaría a poner los objetivos políticos generales por delante de los intereses de los agentes económicos (esos mismos agentes que se reparten el bacalao con partidos y grandes trusts mediáticos). ¿Quién está en condiciones de hacer todas esas cosas?
 
   No es imposible, cierto. La Historia nunca está cerrada. Pero la llave que abre esa puerta no la custodian los leones castrados de la Carrera de San Jerónimo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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