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Cuando la mansedumbre molesta

Pasión y martirio de los Btos. Félix y compañeros mártires franciscanos del convento de Fuente Obejuna (Córdoba). 22 de septiembre de 1936

Juan de Austria

Su único delito fue permanecer firmes en la fe que profesaban. No hacían daño a nadie, como ninguno de los que corrieron su misma suerte. Vivían en pobreza, castidad y obediencia bajo el hábito del seráfico padre San Francisco; eran queridos por todo el pueblo y sobre todo por los más pobres. Pero, tenían que morir; pertenecían al bando de los enemigos y por tanto, fuese como fuese, aunque no se comprenda, tenían que morir.

Casi tan solo conocida por la obra del inmortal fénix de las letras españolas, D. Félix Lope de Vega, Fuente Obejuna contaba con un convento de franciscanos, venidos a esta hermosa y noble Villa cordobesa en el siglo XVI. Enseguida fueron acogidos por sus hospitalarios habitantes llevando a cabo una hermosa labor en todos los campos: pastoral e incluso educacional de las jóvenes generaciones de mellarienses.

No obstante, en los convulsos días de la Cruzada de Liberación Nacional, Fuente Obejuna se vio asediada por las bandas marxistas que asolaban esta comarca del Valle del Guadiato, sobre todo provenientes de los asentamientos mineros de la vecina localidad de Peñarroya-Pueblonuevo. El primer cuidado de este grupo de enfurecidos marxistas fue armar a las turbas de pistolas y escopetas para luego proceder a la detención y asesinato, casa por casa. Era el 20 de julio de 1936: dos días después del Alzamiento de Liberación.

El convento de Fuente Obejuna lo componían 7 frailes franciscanos, cuatro sacerdotes y tres hermanos: P. Félix Echevarría (nacido el 15 de julio de 1893), guardián (que así llaman los franciscanos al superior o prior del convento) de la comunidad, y su hermano P. Fray Luis Echevarría (nacido el 26 de agosto de 1895), ambos naturales de Vizcaya. El P. Fr. José Mª de Azurmendi (nacido el 18 de agosto de 1870), también de Durango (Vizcaya), el P. Fr. Francisco Carlés (nacido el 14 de enero de 1894), natural de Pontevedra. Por otra parte: Fr. Antonio Sáez de Ibarra (nacido el 25 de marzo de 1914) natural de Álava, Fr. Miguel Zarragua (nacido el 12 de abril de 1870) vizcaíno y Fr. Simón Miguel Rodríguez (nacido el 23 de noviembre de 1912), el más joven de todos. La historia de estos siete mártires, su particular pasión y sacrificio adornan hoy la corona inmarcesible de San Francisco. En breves trazos intentaremos traer de la memoria de esta Villa sus últimos días.

El 21 de julio de 1936, el P. Félix Echevarría, se entera de los acontecimientos gracias a una feligresa a la que llevaba las citaciones para la función solemne con las juventudes antonianas de la Villa. Sus palabras fueron proféticas: “Marisa, aquí nos matan a todos los frailes. ¿Qué vamos a hacer? Haremos un acto de contrición y sea lo que Dios quiera.” La mansedumbre de quien sabe que su vida está en manos de Dios, a veces hace que se nos pongan los pelos de punta.

Días más tarde, ya les prohíben tener abierta la Iglesia y se procede al primer registro del convento. Según parece podían tener armas escondidas y era preciso un registro exhaustivo. Curioso. Buscaban armas y las encontraron: cilicios, flagelos de cadenilla, esteras y cruces de madera, jergones de paja y unas pobres sandalias… al fin y al cabo no necesitaban otras armas para vencer en la batalla final para la que habían sido llamados por el Rey de Reyes. Por tres veces entraron y sin éxito se fueron.

Aunque fueron ignorados por pocos días, no quedaron tranquilos. Les estaba prohibido salir del convento taxativamente. Intentaron tener noticias a través de Radio Sevilla, prohibida por el Comité municipal, gobernado por dirigentes comunistas y socialistas venidos de Peñarroya para sustituir al que había, compuesto por hijos del pueblo y por tanto, menos exaltados; y para ello, conchabaron a una criada de una señora notable del pueblo para que les sirviera de correo.

El P. Félix no pierde la esperanza cuando escribe a esta señora: “Nos han dicho que nos echarán de aquí cuando las cosas se pongan más tranquilas para irnos… pero Dios sobre todo”. El día 27 de julio reciben un comunicado del Comité en el cual se les notifica la incautación del Convento, brindándoles las facilidades pertinentes para su traslado. Expulsados de su casa con tan espuria excusa son alojados en la cercana casa de telégrafos: para ello y para dar la impresión de civismo, se les permite llevar sus camas y sus pocos enseres con la promesa de que Fr. Simón Miguel volverá al convento para guardar los vasos sagrados y ornamentos litúrgicos. Una vez más la mentira como característica principal del comunismo militante, se impuso a la Verdad del que todo lo espera de Dios; efectivamente, Fr. Simón Miguel, no volvió al convento y éste fue asaltado y profanado en un baile satánico, demoníaco e infernal de albas, capas pluviales y casullas litúrgicas cuando no, incluso, mancillando, escupiendo incluso orinando en el mismísimo Cuerpo de Cristo en la especies sacramentales.

Tras 18 días cambiaron de domicilio. La casa del Marqués de Valdeloro. Ahora tuvieron que permanecer hacinados en 10m de largo y 5 de ancho, con única ventana al exterior y un cubo donde hacer las necesidades que solo cambiaban cuando se llenaba excesivamente. Así pasaron otros días en ese “palacio” hasta el 20 de septiembre en el que fueron “paseados” hasta la vecina localidad de Azuaga.

Atados codo con codo, en siete camiones de carga, 57 detenidos iban hacia su desenlace final: entre ellos, labradores, comerciantes, obreros pacíficos cuyo único crimen fue dar su voto a las derechas en las últimas elecciones, propietarios intachables, letrados, maestros, sacerdotes, como D. José Castro, Párroco-Arcipreste de Fuente Obejuna, y nuestros siete franciscanos, alentándoles en la fe y dándoles palabras de ánimo llegaron a Azuaga donde les esperaba la muerte y la gloria.

Recogemos los acontecimientos de su último día de forma textual, tal y como aparece en informe oficial sobre los asesinatos entre Julio y Septiembre: “(…) hacia la una de la madrugada del día 21 de septiembre, llegaron un grupo de personas provenientes de Fuente Obejuna, entre ellas siete frailes. A estos les pusieron en unos calabozos en los cuales permanecieron. En todo el día no les dieron nada de comer; y solo agua, si la pidieron. (…) Sacaron a uno de los religiosos (P. José de Azurmendi) al patio de la cárcel y le obligaron a blasfemar. El Religioso se resistió y se negó. Al no conseguirlo, le dispararon un tiro y le mataron, y envolviéndole en una manta lo sacaron en una camioneta. (…) después de matarle afirman que dijeron los mismos milicianos que lo mataron: ¡Qué tíos estos: se dejan matar antes que blasfemar! (…) Sacaron a otro y le obligaron a lo mismo con tremendas palizas, llegando a morir por un tiro en la sien. (…)”

Así, uno por uno, todos fueron incorporados al blanco ejército de los mártires. Faltaba el P. Félix que destacaba por su coraje y valentía. Cuenta el informe: “(…) Posteriormente el conductor del camión que los llevaba al cementerio oyó decir que al fraile que quedó en la cárcel, le atravesaron las piernas con un tiro y que aún medio vivo le llevaban al cementerio por su propio pie obligándole a andar. Sería la medianoche del 21 al 22 de septiembre, y entre tremendas palizas gritaban al Padre para que blasfemara, algo que no hizo sino que solo repetía: ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Religión!, ¡Viva España! Para más forzarle le arrancaron una oreja y le propinaron un tremendo golpe en la mandíbula que partió el fusil del miliciano. Entre la sangre y el crudelísimo dolor, le descerrajaron un tiro en la cabeza echando su cuerpo en una fosa común junto con los otros padres. (…)”

Y así se abrieron las puertas del cielo para estos hijos de San Francisco. Así, una vez más, tras las persecuciones romanas y árabes, que cuajaron el altar cordobés de sangre martirial, las hordas marxistas, llevadas por el odio a la fe, el orden y la religión; movidos por el rencor, la venganza y todos los vicios posibles, perpetraron el “otro Calvario” para muchos miles de cristianos que hoy nos alientan con su ejemplo de españoles íntegros, que murieron perdonando, como hijos predilectos de una Iglesia perseguida pero firme, pequeña pero libre y pobre, pero sobreabundante en testigos de Cristo. Fueron beatificados en Roma junto con los 498 mártires de la Cruzada por Benedicto XVI, el 28 de octubre de 2007.

Fuente Obejuna, guarda orgullosa sus sagradas reliquias en la Iglesia que los vio rezar. Allí reposan para siempre los que son signo vivo de Cristo y de España.

 

 

 



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