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Cuarta estación: en la que el Generalísimo no quiere calle ni estatua

                        Enrique de Aguinaga, cronista de la Villa de Madrid

En la Toponimia de Aparisi aparecen como suprimidas dos calles del General Franco en los distritos de Carabanchel y Barajas, anteriores a la anexión; y veinte calles, avenidas, paseos o plazas del Generalísimo o del Generalísimo Franco igualmente anexionadas y suprimidas en el proceso que afecta a trece términos colindantes (1947-1953).

Dos gestos del Generalísimo Francisco Franco, vencedor en la Guerra Civil, también llamada Cruzada y Guerra de Liberación, y Jefe del Estado, desde octubre de 1936 hasta su muerte en 1975, desmienten la leyenda maliciosa de su egolatría.

Del primero fui testigo presencial en la Casa de la Villa, siendo alcalde José Moreno Torres, conde de Santa Marta de Babio (1946-1952). Como informador municipal me disponía asistir a la sesión plenaria del Ayuntamiento y, con otros periodistas, entre funcionarios y concejales, deambulábamos por el Patio de Cristales atentos a cualquier noticia. En el orden del día, que teníamos impreso, y como asunto numero uno, figuraba una propuesta de la Alcaldía para sustituir el nombre del paseo de la Castellana por el de Generalísimo, según el uso del tiempo y, digo yo, en consonancia con el otorgamiento de la Medalla de Oro que se había celebrado en 1943, en la alcaldía de Alcocer.

Faltaba poco para el comienzo de la sesión, el Alcalde ya había bajado de su despacho, cuando apareció el comandante José Navarro Morenés, famoso jinete olímpico, segundo jefe de la Casa Civil, portador de un mensaje verbal del Jefe del Estado para el Alcalde. Por simple evidencia, enseguida supimos el contenido del mensaje: que se retirara del orden del día la propuesta y, por lo tanto, que se mantuviese el nombre tradicional del paseo de la Castellana, como, por supuesto, así se hizo.

Supimos también que la indicación de Francisco Franco se formulaba en términos de cortesía y, para que no pareciera desaire, en disposición de aceptar el homenaje en el futuro y referido a la una vía de nueva apertura, sin denominación. Así más adelante se hizo con la prolongación del paseo de la Castellana, a partir de la plaza de Castilla, que exigió el desmonte de la zona. No hace falta que diga que, tanto la Medalla de Oro como la denominación de la avenida han sido retiradas por nuevos acuerdos municipales.

El segundo gesto se refiere al Arco de la Victoria, terminado en 1956 y no inaugurado oficialmente, lo cual no deja de ser significativo y sobre ello llamo la atención. En el friso norte, unas figuras evocan las virtudes militares, junto a la gran cartela que dice en latin: A los ejércitos aquí victoriosos, la inteligencia que siempre es vencedora, dedica este monumento.

El monumento, iniciativa de la Junta de la Ciudad Universitaria,   proyectado por el arquitecto Modesto López Otero, incluía en su base una estatua ecuestre de del Generalísimo, realizada por José Capuz (fundador de los Amigos de la Unión Soviética en 1933); pero la estatua no se llego a instalar por indicación del propio Francisco Franco, que renunciaba a este homenaje sin grandilocuencia, pues se comentó que, en la intimidad, jocosamente, dijo que no quería para su efigie el regalo que suelen dejar las palomas.

El hecho es que el mismo día que estaba previsto realizar el montaje de la estatua sobre el pedestal (dice el relato) se recibió una orden de El Pardo que anulaba la instalación y dio lugar a la voladura del pedestal que era de hormigón.

Tres años mas tarde, oficiosamente, José Luis de Arrese, nombrado ministro de la Vivienda, rescató la estatua y la instaló a la entrada del Ministerio en la plaza de San Juan de la Cruz donde permaneció, primero con rotulo y luego sin él, hasta el 16 de marzo de 2005, día del homenaje a Santiago Carrillo, en que, por decisión del Ministerio de Fomento, se retiró con nocturnidad y alevosía, según expresión entonces reiterada.

Cuatro años después (marzo de 2009), el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, estimando parcialmente el recurso presentado por la Fundación Nacional Francisco Franco, anuló la decisión del Ministerio de Fomento, carente de cobertura material y formal… al margen del procedimiento legalmente establecido. La sentencia no supuso la reinstalación de la estatua, en razón de la llamada Ley de la Memoria Histórica, aprobada en 2007.

A este propósito, es oportuno recordar nuevamente las anteriores expresiones de Felipe González, en 1984 y 1985, siendo presidente del Gobierno: “Hay que asumir la propia historia…yo soy capaz de asumir la Historia de España…Franco…esta ahí…Nunca se me ocurriría tumbar una estatua de Franco. Nunca. Me parece una estupidez eso de ir tumbando estatuas de Franco...Franco es ya historia de España. No podemos borrar la Historia. Algunos han cometido el error de derribar una estatua de Franco; yo siempre he pensado que si alguien hubiera creído que era un merito tirar a Franco del caballo, tenia que haberlo hecho cuando estaba vivo”.

Queda, para terminar, otra leyenda maliciosa, que se desvanece en cuanto que se examine: el Valle de los Caídos, monumental panteón que Francisco Franco se preparó en su atribuida megalomanía.

Las opiniones son libres pero los hechos son sagrados, dicen los periodistas.

Francisco Franco tiene sepultura en el Valle de los Caídos por disposición escrita y solemne de Su Majestad, que, al margen de la familia, la firma, el 22 de noviembre de 1975, con la formula Yo el Rey, usada por primera y única vez, y cumpliendo la tradición de los fundadores de basílicas.

Porque el Valle de los Caídos, evidentemente, por la máxima autoridad católica de los Papas Pío XII y Juan XXIII, no es un simple monumento funerario, sino basílica, cementerio de combatientes de la Guerra Civil sin distinción.

Dice el Papa Pío XII en su carta apostólica Stat Crux, en 1958: El Jefe del Estado, Francisco Franco ha inspirado tan prodigiosas obras a fin de levantar un monumento a la memoria de cuantos, por una causa o por otra, entregaron su vida y sucumbieron en la Guerra Civil.”

Y dice el Papa Juan XXIII en su breve pontificio Salutifere Crucis, en 1960: “Templo donde se ofrecen continuos sufragios por los caídos en la Guerra Civil de España y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la nación española… Con la plenitud de nuestra potestad apostólica, en virtud de estas Letras y a perpetuidad, elevamos al honor y dignidad de Basílica Menor la iglesia llamada Santa Cruz del Valle de los Caídos…y queda nulo y sin efecto desde ahora cuanto aconteciere atentar contra ellas [estas Letras] a sabiendas o por ignorancia, por quienquiera o en nombre de cualquier autoridad.”

Y todo ello, en orden próximo, en orden histórico, como signo de reconciliación de los españoles, para mi, representado por el enterramiento de José Antonio Primo de Rivera, cuyo prodigioso testamento, escrito a los treinta y tres años por un hombre que va a morir al día siguiente, termina con la invocación que también conviene recordar y yo repito finalmente:

“Ojala fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojala encontrara, ya en paz, el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia.”



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