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De Jay Allen a Paul Preston
 
Jaime Alonso 
Vicepresidente Ejecutivo FNFF
 
 
 
   Como retazos de historia que vuelven a la luz tras años de olvido, suena la propaganda antifranquista, ayuna de base documental y fuentes creíbles y plagada de insistentes tópicos y falsedades que se reproducen aumentados a los cuarenta años de la muerte de Francisco Franco y ochenta de la guerra civil. La indigencia intelectual, la carencia de enseñanza objetiva sobre nuestra reciente historia, la manipulación de la realidad pasada, la paulatina imposición de un pensamiento único y el vacío creado al servicio de lo conveniente, llamado eufemísticamente “mirar al futuro”, ha posibilitado el vergonzoso desahogo de la impostura histórica.     
   Personajes que desahogan su frustración, afloran el resentimiento o militan en el odio, en cualquier otra nación no tendrían predicamento alguno, no impartirían clase de ideologización histórica, ni participarían en foros, portadas periodísticas o debates donde el conocimiento de una materia tuviera cabida.  
 
   Jay Allen, en su día precursor, Ángel Viñas y Paul Preston, en la actualidad, son tres significados eslabones de la misma inútil impostura: desacreditar a Franco como suma de todo mal sin mezcla de bien alguno.  
   
   Jay Allen periodista militante y de combate al servicio del comunismo, es el primer manipulador oficial de la guerra civil española con dos notables actuaciones. Los “crímenes de Badajoz” donde se acreditó que Allen ni estuvo los días de la toma, y simplemente se inventó los fusilamientos masivos, como acreditaron documentalmente Francisco Pilo, Fernando de la Iglesia y Moisés Domínguez, en 2010 en un libro documentadísimo. La manipulación de una entrevista a Franco en Tetuán el 27 de Julio de 1936 para el Chicago Daily Tribune, en la que sostiene que “Franco deseaba exterminar a media España, si fuera preciso”, extrema mentira que sirve a otro consumado maestro de lo mismo, Baltasar Garzón, para acusar a Franco de Genocida en base a esas palabras que señala Allen, setenta años antes. Todas las demás declaraciones coetáneas y posteriores, todos los hechos coetáneos y posteriores, todos los documentos coetáneos y posteriores que acreditan lo contrario, siguen sin tener predicamento alguno a los “dictadores” de la cultura y del relato conveniente de la historia.  
   
   Paul Preston en la reciente entrevista en La Crónica de El Mundo solo acierta en definirse antifranquista y beligerante republicano. Todo lo demás es un insulto a la inteligencia, un retrato de la superficialidad, un canto a la demagogia, un ataque frontal a la historia documentada, una bofetada a la verdad. Lo obsceno y de mayor iniquidad es la afirmación “Francisco Franco es comparable a Adolf Hitler”. Ello denota una perturbación mental solo superable por el odio enfermizo que le asemeja a Tiberio Graco, ejemplo romano de su patología.  
 
   Solo resumiré elementales diferencias que cualquier lego en historia, no carente de sentido común y con estudios básicos de humanidades puede señalar. En el orden teológico, Franco fue un convencido católico, cumplidor fiel de los preceptos y directrices que emanaban de la Santa Madre Iglesia (Vaticano); su sistema partía del hombre como criatura creada por Dios, y eje del sistema, cuya condición de tal había que dignificar. Ni creó, ni se basó en un partido para gobernar. Creó un Estado de Derecho y convirtió a España en lo que hoy es: Un Reino, con un Rey como encarnación de la Jefatura del Estado y su unidad. Se limitó sus poderes, creando distintos órganos e instituciones asesoras, unas Cortes elegidas por procedimiento no partidista y un Jefe del Gobierno, responsable del Ejecutivo. Jamás admitió Franco, ni auspició guerra expansiva o de dominación alguna. Triunfó en todas las batallas en las que participó. Procuró una paz y un bienestar a su pueblo incontestables, excepto para los monos gibraltareños de Preston. Murió en un Hospital de la Seguridad Social, por él creada, en la cama y con avanzada edad. Se adaptó al orden internacional, y el orden internacional a su mandato, salvaguardando la independencia e intereses de su Nación. Siguiendo las previsiones sucesorias que las Leyes de ese Estado de Derecho fijaron, entregó sus poderes a Juan Carlos I, quien hizo la transición como estimó oportuno y aceptó el pueblo español. Lega como testamento vital a todos los españoles un documento publico, compendio de virtudes, de enseñanzas, y de deseos, a los que Paul Preston nunca se verá compelido, pues él se encuentra diáfanamente identificado “con los enemigos de España y de la civilización cristiana”.  
   
   La perturbación, aunque sea transitoria, Sr. Preston, no alcanza a una sola similitud, excepto el de vivir en un mismo período histórico y coincidir en el tablero del poder en Europa, moviendo cada uno las fichas que le convenían a sus intereses nacionales. En eso también ganó Franco la partida a Hitler y también ganará a Preston la batalla de la verdad histórica. No tiene más que leer a Luis Suárez o a Pío Moa para darse cuenta de ello. Su cobardía intelectual al no querer debatir con Pío Moa le delata.    
 
 
 
 
 


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