Sobre Francisco Franco y su tiempo...
 
 
 
Declaraciones de Franco al corresponsal del Times
 
 
 
27 de JUNIO de 1938 
 
 
 
Eduardo Palomar Baró      
 
 
Times: ¿A qué atribuye V. E. la considerable repercusión que en los medios internacionales tienen las noticias relativas al bombardeo de puertos de la zona roja y de los barcos en ellos surtos?  
 
Francisco Franco: Esa repercusión a que usted se refiere, obedece a las siguientes causas: Primera, a la intensa campaña de propaganda rojo-soviética encaminada a la difamación de los nacionales. Segunda, a la explotación política de esa misma campaña por parte de los partidos de oposición de los países llamados democráticos, los cuales, acuciados y estimulados directa e indirectamente por los agentes soviéticos, procuran el desgaste rápido de sus gobiernos respectivos. Tercera, al intento por Rusia y sus agentes de crear un clima favorable a una guerra que sólo a ellos, a su juicio, habría de favorecer. Cuarta, a que los rojos españoles que, en fin de cuentas no son otra cosa que un instrumento manejado por los rusos y por los comunistas franceses, pretenden, con sus campañas y con sus actos, desencadenar esa misma guerra europea, propósito del que es clara muestra el reciente bombardeo de pueblos y territorios franceses por la aviación roja.  
 
 
T: ¿Puede concretarme V. E. qué clase de objetivos persigue la aviación nacional en el bombardeo de puertos?    
 
F.F: La aviación nacional no bombardea –no ha bombardeado nunca– sino objetivos estrictamente militares. Los puertos enemigos constituyen un objetivo militar públicamente reconocido siempre por las principales potencias. En el caso de España el carácter de objetivo militar es todavía más calificado, porque por ello se efectúa el tráfico de material de guerra de todo orden e incluso están en ellos enclavadas factorías dedicadas a la fabricación del mencionado material, así como baterías antiaéreas en gran número.  
 
 
T: Pero, a propósito de estas incursiones de la aviación nacional contra los puertos enemigos, se viene hablando de bombardeos intencionados contra barcos ingleses.    
 
F.F: Lo sé, pero quien hable de tales bombardeos intencionados, o lo hace maliciosamente o con ignorancia de lo que dice. Los proyectiles arrojados en los bombardeos aéreos como en cualquier otra clase de tiro tienen su dispersión, lo que convierte en zona peligrosa cuanto rodea a los objetivos militares que se quieren batir. Por la misma razón nadie puede decir que se bombardea concretamente un barco y que deliberadamente no se bombardea al que está al lado. Se aspira, sí, a que el centro del bombardeo coincida con el objetivo perseguido y se consigue gran número de veces, pero es absolutamente imposible lograr que los efectos de los explosivos no alcancen a cualquier objeto determinado que en la zona del bombardeo se encuentre.
 
   Otras varias circunstancias, aún más esta imposible precisión en el tiro. En primer lugar, los puertos rojos por los que se efectúa el tráfico de material de guerra están salpicados de baterías antiaéreas, por lo que los aviones se ven precisados a efectuar sus bombardeos ya durante la noche, ya a alturas que oscilan entre los tres y los cuatro mil metros, alturas a las cuales los barcos se ven como minúsculos barquichuelos de imposible diferenciación. Por otra parte, la velocidad –superior a los 400 kilómetros por hora– de los aviones obliga a soltar las bombas 4 kilómetros, aproximadamente, antes de situarse en la vertical del objetivo, sobre el que no se pueden desaprovechar los instantes y en el que cada nueva pasada es una multiplicación de los riesgos. Además, los ataques de la caza enemiga aumentan, como es lógico, las dificultades y reducen aún más las posibilidades de precisar el tiro.    
 
 
T: ¿Se conoce la nacionalidad de los buques, dedicados al tráfico de material de guerra?    
 
F.F: Desde luego, la mayoría de esos barcos son de nacionalidad inglesa. En gran parte se trata de navíos contrabandistas abanderados en Inglaterra con posterioridad a la iniciación de nuestra guerra con la pretensión deliberada de explotar el pabellón inglés. Algunos otros son barcos rojos de los arrebatados por el titulado Gobierno de Barcelona a sus legítimos propietarios, las Compañías navieras, y con los que, recientemente, se ha constituido otra con nombre inglés, domiciliada en Barcelona pero que, en realidad, no es sino una Compañía del Gobierno rojo. Finalmente, hay algunos otros pocos en número efectivamente ingleses: son barcos propiedad de contrabandistas que se han enriquecido con este indigno tráfico.
 
   A este respecto puedo decirle, por ejemplo, que uno de los barcos hundidos en Levante pertenecía a un propietario de Gibraltar, que en los primeros días del Movimiento nos lo ofreció para efectuar, al amparo del pabellón británico, el traslado de tropas a través del Estrecho.
 
   Todas esas razones y circunstancias, no son desconocidas por el Gobierno inglés, al menos para su presidente, Mr. Chamberlain, quien con su actitud inteligente, de hombre que mide serenamente su responsabilidad, está prestando a la vez un servicio a la Causa del Imperio Británico y a la paz de Europa.  
 
 
T: ¿Cree V. E. que podría haber una solución para este problema de los bombardeos de puertos y de barcos?    
 
F.F: Sí: Hay una solución, y una solución fácil, que es la propuesta por el Gobierno nacional. La fijación de un puerto alejado de la zona de guerra y sin objetivos militares en él, y en el cual no pueda efectuarse otro tráfico que el de aquellas materias que no constituyen contrabando, y claro es que con la garantía efectiva de agentes de países neutrales con nuestra confianza. Esta concesión que representa para nosotros un sacrificio importante en nuestro derecho y que jamás ha sido hecha en circunstancias parecidas por ningún país, es una solución al problema, aunque seguramente no sería aceptada por los rojos que sólo aspiran a que crezca de día en día la confusión internacional y a tener un pretexto para explotar en su favor el sentimentalismo del pueblo británico.  
 
 
T: En cuanto: al bombardeo de las poblaciones civiles por la aviación nacional, que es otro aspecto de la campaña...    
 
F.F: El bombardeo de las poblaciones civiles por nuestros aviones –lo afirmo rotundamente– no existe. Se bombardean tan sólo objetivos de carácter militar. Es cierto que se producen bajas entre la población no combatiente. Son muy de lamentar. Pero el Gobierno rojo, lejos de evitarlas, las procura situando aquellos objetivos militares en zonas ocupadas por la población civil. Después de todo, el Gobierno rojo necesita y desea esas víctimas para su propaganda.
 
   Hay dos pruebas terminantes de esto que digo, en los casos de Gijón y en el Sanatorio de Gorliz. En el primero, se hicieron por los rojos numerosas y apremiantes apelaciones al mundo contra los bombardeos por nuestra aviación, cuando ni una sola de las bombas arrojadas cayó sobre Gijón, existiendo, como existían, objetivos militares de positiva importancia. En cuanto al caso del Sanatorio de Gorliz, en las proximidades de Bilbao, nuestros enemigos llegaron incluso a denunciar desde sus emisoras de radio, el bombardeo, con el afán de excitar a sus gentes para que asaltasen los barcos prisioneros y, como ha podido después comprobar el mundo, todo era una farsa y una infamia calumniosa. El Sanatorio de Gorliz no había sido molestado lo más mínimo.  
 
 
T: ¿Ve V.E  solución a este otro problema de los bombardeos a poblaciones civiles?    
 
F.F: También la tiene: Separar los objetivos militares de las poblaciones civiles o evacuar la población civil de aquellos lugares en que exista un objetivo militar. La eficacia de esta solución radica enteramente en la definición de los objetivos militares, en lo que estamos todos de acuerdo y en la admisión de agentes neutrales que garanticen la no existencia de tales objetivos.  
 
 
T: Una última pregunta, mi General, y ahora, sobre un tema que escapa a los de índole estrictamente militar: ¿Cuál es la posición del Gobierno nacional en lo que se refiere a la cuestión del oro depositado en el Banco de Francia?    
 
F.F:  Una sentencia arbitraria en asunto de tanta gravedad como este abriría entre nosotros y el país que la diese, un abismo infranqueable. El oro depositado en el Banco de Francia no es del Estado español: pertenece a una sociedad bancaria particular que ha establecido un contrato de servicios con el Estado. Existen leyes que así lo determinan. Ese oro constituye una parte considerable del activo de los accionistas del Banco de España: a ellos pertenece y en nuestra zona se encuentra su Consejo de Administración y la casi totalidad de sus accionistas. España reivindicará siempre para sus accionistas, unos derechos que tan injustamente aparecen hoy en litigio.
 
   Los asaltos a los bancos, la violación oficial de las cajas fuertes, la incautación y el envío al extranjero del oro que encontraron en toda la nación, realizado todo ello contra la Constitución, las Leyes del Estado, y el Derecho natural, caracterizan la personalidad de los demandantes rojos, personalidad de la que es exponente el hecho de que en el Gobierno figura, como Ministro de Justicia, Ramón González Peña, que en el año 1934 se alzó en armas contra la Constitución y las Leyes y asaltó en Oviedo la sucursal del Banco de España de la que sustrajo y se llevó al extranjero 14 millones de pesetas.
 
   No puede esperarse que el Gobierno ni la Magistratura francesa desconozcan estas realidades y puedan, con sus sentencias, hacer imposibles en el porvenir nuestras amistosas relaciones.
 
 
 


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