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EL ASEDIO Y EL OLVIDO
Blas Ruiz Carmona
 
Suprimido el nombre del capitán Cortés del callejero de la mayoría de nuestros pueblos y ciudades; borrado (cuando no tergiversado) el Asedio al Santuario de la Virgen de la Cabeza de los libros de historia, es de suponer que a las nuevas generaciones, tanto uno (el capitán), como otro (el Asedio), les suene, en el mejor de los casos, a leyendas de un viejo cómic.

         Para corroborar lo anteriormente expuesto, voy a contar una anécdota real que me sucedió hace unos años, cuando yo era director de un colegio de Educación Infantil y Primaria. Resulta que destinaron a mi centro a una maestra especialista en Educación Física (lo cual, desde luego, no le eximía de tener una cultura general medianamente aceptable); pues bien, se desplazó esta señorita al Santuario de la Virgen de la Cabeza, en plan turista, y, a su regreso, nos contó lo sorprendida que se había quedado al leer en el cerro del Cabezo cosas de Hernán Cortés (sic). Es decir, que esta maestra de Educación Física, además de no saber leer, no tenía ni la más remota idea de la historia de España, pues había confundido al capitán Cortés con Hernán Cortés, no distinguía entre la Guerra Civil Española y la Colonización de América, y se había saltado, como quien no quiere la cosa, varios siglos en su apreciación.

         Alguien puede tomarse lo anterior como una anécdota más o menos graciosa, pero es real como la vida misma, y demuestra, bien a las claras, el deplorable nivel cultural medio de este país, además de retratarlo como lo que realmente es: una nación desmemoriada e ingrata. Como quiera que el próximo día 1 de mayo, se cumplen 75 años de la finalización del Asedio al Santuario de la Virgen de la Cabeza, voy a exponer unas breves pinceladas históricas sobre el mismo, con la simple intención de rendir homenaje póstumo a los que allí se quedaron para siempre.

Un poco de historia

         Entre el 17 y el 18 de agosto de 1936, el grueso de la Comandancia de la Guardia Civil de Jaén, se trasladó desde la capital de la provincia, que era donde lógicamente tenía su sede, hasta el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, en el término municipal de Andújar, en plena Sierra Morena. Este traslado se hizo con el consentimiento de las autoridades de la República.  Una vez allí, la situación era muy complicada, pues por un lado estaban los jefes (el teniente coronel y dos comandantes), que adoptaron una actitud timorata y dubitativa sobre la postura a adoptar; y por otro lado estaba la oficialidad, encabezada por el capitán Santiago Cortés González, que eran partidarios de sublevarse y unirse al Alzamiento producido en toda España un mes antes. Esta situación se rompió con brusquedad el día 14 de septiembre; en esa fecha, el comandante Nofuentes (que se había quedado como jefe natural de la Comandancia ante la ausencia del teniente coronel Iglesias, que había sido llamado a Madrid y no regresó), pactó con las autoridades del Frente Popular la evacuación del Campamento que, incluso, llegó a iniciarse. Pero el capitán Cortés, por motivos que omito ahora porque ello supondría extenderme demasiado, suspendió la evacuación ya en marcha, detuvo al comandante, y rompió con las autoridades frentepopulistas, declarándose de esta forma en clara rebeldía y adhiriéndose, ya de forma definitiva, al Alzamiento Nacional.

         Se inició entonces un largo y penoso asedio de casi nueve meses de duración, en el que los guardias civiles que quedaron en el Santuario (poco más de doscientos), a los que hay que sumar unos cuantos paisanos aptos para empuñar las armas, fueron atacados una y otra vez, por tierra y por aire, por unas fuerzas militares siempre superiores, tanto en personal como en material de guerra. Únase a esto el lastre moral que, para los sitiados, suponía el tener allí, entre los muros del templo mariano, o desperdigados por las casas de las cofradías, a sus propias mujeres, hijos o padres, hasta superar el millar de personas.

         Como he dicho antes, fueron nueve largos meses de penalidades, de hambre, de miseria y de muerte. Finalmente, el día 1 de mayo de 1937, como consecuencia de un ataque final bien preparado por el Ejército del Frente Popular (y al que ya poca resistencia podían oponer los pobres guardias civiles), el Santuario cayó en manos del enemigo; pero aquello fue una victoria militar de un ejército superior, sobre otro mermado y ya casi sin fuerzas, porque lo que hay que dejar muy claro es que allí nunca hubo rendición; ya lo había dejado escrito el heroico capitán Cortés en la puerta del improvisado cementerio en el que fue dando cristiana sepultura a los gloriosos caídos; decía así: “LA GUARDIA CIVIL MUERE, PERO NO SE RINDE”.

         Santiago Cortés, que había sido gravemente herido en el combate final, murió al día siguiente, 2 de mayo, en el hospital de sangre instalado por los rojos en las Viñas de Peñallana, entrando así, por derecho propio, en la galería de héroes de nuestra muy dilatada historia patria. Concluido el Asedio, las mujeres y los niños fueron trasladados a la localidad manchega del Viso del Marqués, mientras que los hombres que habían combatido (guardias civiles en su gran mayoría), fueron llevados presos al penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia.

¿Y después?

         Después de la guerra vino el reconocimiento a los héroes del Santuario de la Virgen de la Cabeza, quizás no con tanta fuerza como se hizo con otros episodios de la Guerra Civil (como por ejemplo con el Alcázar de Toledo), pero reconocimiento al fin y al cabo. No estoy del todo de acuerdo con quienes ahora afirman que la Epopeya del Santuario fue silenciada. Al capitán de la Guardia Civil Santiago Cortés González se le concedió la Laureada de San Fernando, condecoración que también fue otorgada, con carácter colectivo, a quienes con él padecieron el Asedio; se le puso el nombre del capitán a numerosas calles, hospitales o colegios. En 1945 se trasladaron con toda solemnidad los restos mortales de Cortés (y los del capitán Haya, que había abastecido a los sitiados desde el aire), hasta la cripta que hay bajo el Santuario, justo al lado de los sótanos que sirvieron de último refugio a numerosos guardias civiles y sus familias. En 1965 se inauguró en el Cerro un precioso monumento (obra del escultor Antonio González Orea), dedicado precisamente a los “Héroes del Santuario” (aunque ahora, los amantes de lo políticamente correcto, lo hayan rebautizado como “Virgen de la Paz”). Se constituyó, aunque con mucho retraso, justo es decirlo, la Cofradía de Defensores y Supervivientes del Santuario. Bastantes guardias civiles de los que sobrevivieron al Asedio, lo hicieron en unas condiciones de salud tan lamentables, debido a las penalidades sufridas, que no pudieron rehacer después su vida militar, muriendo algunos de ellos al poco tiempo. Pero también es cierto que otros muchos siguieron prestando después sus servicios en el Cuerpo, ascendiendo todos ellos en el escalafón en mayor o menor grado. Como también es verdad que muchos descendientes de aquellos bravos guardias civiles, ingresaron después en la Benemérita, conociendo yo el caso de algunos que incluso llegaron al generalato.

         Pero lo peor vino después, con el advenimiento de la democracia. Es justo entonces cuando un manto de olvido cubrió todo lo relacionado con la Gesta de la Guardia Civil en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, empezando por la propia Guardia Civil, la cual, a partir sobre todo de 1982, se desentendió por completo del tema. Tampoco los descendientes de los defensores han hecho gran cosa por mantener viva la llama del recuerdo de esa página de heroísmo que escribieron sus padres o abuelos. La Cofradía antes citada está prácticamente sin vida y, hasta donde llegan mis escasos conocimientos, creo que con algunos de sus miembros más veteranos enfrentados entre sí. En mis muchos años de investigación sobre el Asedio, al contactar con supervivientes o familiares directos, me he llevado desagradables sorpresas, pues me he encontrado con gente que tenía una idea muy distorsionada de lo que allí sucedió, e, incluso, con personas que no querían saber nada del asunto.

         El año pasado, al cumplirse el 75 aniversario de la liberación del Alcázar de Toledo, la Hermandad de Santa María del Alcázar (que aglutina a los descendientes de los defensores), organizó un interesante ciclo de conferencias sobre diferentes aspectos del Asedio al Alcázar toledano.

         Yo estoy seguro de que nadie se va a encargar de organizar un acto, aunque sea sencillo, para recordar que ahora, el día 1 de mayo, se cumplirán 75 años de la caída de una posición militar, defendida por un puñado de guardias civiles y paisanos valientes, al mando de un capitán valiente, que prefirieron sucumbir con honor, antes que rendirse.

         Por ello, quiero que mis humildes líneas sirvan de recuerdo emocionado a ellos, a los que se quedaron allí, para siempre, bajo la tierra sagrada del Cerro, y lo hago con un sencillo poema que hay escrito con letras de bronce, a la entrada de la cripta donde reposan los restos de Cortés y sus oficiales. Es este:

El Cerro y las ruinas, montaña silenciosa,

el Santuario modula su verso de sosiego,

con cesares yacentes la sierra se desposa

y aviva en las cenizas recuerdos de aquel fuego.

 

 



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