Editorial
 
 
 
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Editorial de Abril de 2012

          Cuando el 1 de Abril de 1939 a las diez y media de la noche el famoso locutor y actor Fernando Fernández de Córdoba lee el último y único parte de guerra firmado por el Generalísimo y “Caudillo de España” Francisco Franco Bahamonde, tras una minuciosa y literaria redacción personal, en que hubo de levantarse de la cama, los españoles aun recuerdan, vibran, se conmueven, sobresaltan y gozan enseñoreados con las rotundas y mágicas palabras que sellaban los ciento veintisiete años de la frustrante y decadente historia de la política nacional, con una sangrienta e inevitable guerra civil: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1 de Abril de 1939, año de la Victoria”.

         En sentido más profundo la guerra no había acabado, como advirtiera el invicto conductor en sus intervenciones posteriores como la del 19 de Mayo de ese mismo año, en Madrid conmemorando el desfile de la Victoria, donde afirma “…yo no puedo ocultaros en este día los peligros que todavía acechan a nuestra patria. Terminó el frente de la guerra pero sigue la lucha en otro campo. La Victoria se malograría si no continuásemos con la tensión y la inquietud de los días heroicos, si dejásemos en libertad de acción a los eternos disidentes, a los rencorosos, a los egoístas, a los defensores de una economía liberal que facilitaba la explotación de los débiles por los mejor dotados. No nos hagamos ilusiones: el espíritu judaico que permitía la alianza del gran capital con el marxismo, que sabe tanto de pactos con la revolución antiespañola, no se extirpa en un día, y aletea en el fondo de muchas conciencias. (…). Hacemos una España para todos: vengan a nuestro campo los que arrepentidos de corazón quieran colaborar a su grandeza; pero si ayer pecaron, no esperen les demos el espaldarazo mientras no se hayan redimido con sus obras. Para esta gran etapa de la reconstrucción de España necesitamos que nadie piense volver a la normalidad anterior; nuestra normalidad no son los casinos ni los pequeños grupos, ni los afanes parciales. Nuestra normalidad es el trabajo abnegado y duro de cada día para hacer una Patria nueva y grande de verdad. (...) Pero para coronar nuestra gran obra necesitamos que a la Victoria militar acompañe la política; no basta ordenar la unidad sagrada, hace falta trabajarla, llevar la doctrina y las nuevas consignas a todos los lugares, que vosotros seáis los colaboradores de la nueva empresa, de la que son fuerzas de choque la juventud heroica que en los frentes de batalla y en las cárceles sombrías recogieron de labios de tantos héroes su último ¡ARRIBA ESPAÑA! Esta es la misión de nuestro Movimiento."

          Entonces, como ahora, las élites sociales percibían que la cultura de la Modernidad había entrado en una crisis irremisible en su doble acepción: La Estatista y la individualista. La del panteísmo del Estado y la del individuo solo compelido por su conciencia, relativizando todo compromiso superior o valor inmanente. La del Totalitarismo y la del Soberanismo Partitocratico. Crisis del concepto de un progreso ajeno a la decisión y compromiso humanos. Crisis de una conciencia individual entendida como radicalmente autónoma respecto a toda referencia que no fuera la conciencia misma. Los héroes españoles de forma universal y desigual combate contra el proceso revolucionario liquidador de la patria, la fe y la justicia se habían ganado la oportunidad soñada de reenlazar con la historia pérdida siglos atrás, con Las Navas de Tolosa, Lepanto, Breda, Nördlingen, Bailen, e imponer la necesaria reconstrucción de una nación, en otro tiempo, Imperial y Civilizadora.

          La primera preocupación del nuevo régimen consistió en resolver las profundas simas existentes en la construcción de la nación desde el punto de vista político, cultural, económico y social, provocado por siglo y medio de luchas intestinas, viejo sistema parlamentario y caciquil, analfabetismo generalizado, pobreza y desarraigo social, campesinado con jornales de hambre, tierras baldías e improductivas, desertización y desforestación de amplias zonas de España, carencia de industria nacional y del sector servicios, injusta distribución de la riqueza, muy baja renta per cápita y obscena desigualdad social. De ahí que, una vez consolidada la victoria en la Guerra Civil, se intentó cimentar para siempre la Nueva España, genuina, por ser la  España Eterna, basada en su unidad de historia, de convivencia y de futuro, en el hombre como eje del sistema, en la justicia social como vector esencial, y en la política como noble vocación humana tendente a servir al bien común y los supremos intereses del pueblo y la nación española.

          Los fundamentos del nuevo régimen, tendentes a consolidar lo conseguido y asegurar la transmisión de lo logrado a las futuras generaciones en paz, progreso, armonía, libertad real y justicia, resultan inequívocos: El primero la UNIDAD DE LA NACIÓN en los siguientes ámbitos precisos, unidad religiosa, fundamento de nuestro ser como Patria desde el Concilio III de Toledo; unidad de historia, como enseñanza de vida mediante la educación y cultura de enseñar que las épocas de nuestro mayor esplendor y gloria coinciden con la unidad de ese pueblo bien gobernado en un ideal común, y su decadencia con las luchas partidistas de clase, territorial o política, todo ello sin menoscabo de las distintas interpretaciones históricas que se puedan tener sobre unos mismos hechos, coincidente con el docto magisterio de Ramón Menéndez Pidal, Marcelino Menéndez Pelayo, Claudio Sánchez Albornoz o Américo Castro, entre otros ; unidad territorial, basada en la historia común cimentada en la Reconquista y finalizada con los Reyes Católicos en un Estado único y fuerte, frente a la inventada historia que se propaga a finales del siglo XIX y XX; unidad de convivencia, consecuencia del análisis del siglo XIX y primera parte del XX, resultaba obligado y lógico la no consideración de los partidos políticos con legitimidad propia para representar las aspiraciones del pueblo. Los partidos habían partido, escindido, dividido, condicionado y arruinado a la nación y al pueblo español, sin mayor aportación que el clientelismo del quítate tu que me pongo yo. También se prescinde de los sindicatos de clase que no habían sido otra cosa que meras correas de transmisión de los partidos políticos afines, inoculadores de odio, y reivindicadores de paraísos de esclavitud, mientras el pueblo menesteroso era privado del doble alimento material y espiritual.

            Francisco Franco, estadista prudente y profundo y analítico conocedor de la historia de España, fue tejiendo un Estado social y de derecho que asombró al mundo, hizo que convergiéramos en lo económico con Europa y procuró las mayores cotas de bienestar y progreso social jamás conocidas. El Estado Nuevo equidisto del fracasado Estado demoliberal y del absolutismo, autolimitó los poderes del Jefe del Estado e institucionalizó el régimen mediante unas Leyes Fundamentales que compendiaban una Constitución abrumadoramente aceptada, abierta  y en permanente evolución. La primera Ley con rango Constitucional, el Fuero del Trabajo de 9 de Marzo de 1938, en plena Guerra Civil, fue la legislación laboral más socialmente avanzada del siglo XX, algunos de cuyos derechos se están derogando en la actualidad. El 17 de Julio de 1942, se produce la primera autolimitación de poderes del Generalísimo, al promulgarse la Ley de Cortes y otorgarle, a estas, el poder legislativo, con estructura representativa orgánica –la familia, el municipio, el sindicato, y demás cuerpos sociales intermedios-. El 17 de Julio de 1945 Las Cortes elaboran y se aprueba. El Fuero de los Españoles, declaración de derechos cuyo análisis y estudio resulta recomendable y que amparaba al hombre en su doble dimensión de ciudadano y de portador de valores eternos, protegiendo su integridad desde la concepción, y dotándole de los cauces naturales de representación política. El 22 de Octubre de 1945  se aprueba la llamada Ley de Referéndum para normas de trascendencia o incertidumbre en la opinión, que deberían ser sometidas al refrendo del pueblo español para su aprobación y vigencia. El 26 de Julio de 1947 se promulga La Ley de Sucesión de capital importancia en el devenir del régimen, pues España quedó configurada como Reino y, en consecuencia, coronado por un rey o regente, cuando se cumplieran las previsiones sucesorias. El 17 de Mayo de 1958 se promulga la Ley de Principios de Movimiento que sentó las bases del régimen político, en un momento en que está sólidamente instaurado, expresando las ideas Joseantonianas del nacionalismo universal español, como unidad de destino, de rechazo al pluralismo político y a la representación parlamentaria, en consonancia con el pensamiento en boga que sostenía la imposibilidad de dejar a la masa manipulable e inculta la orientación del Gobierno de la Nación, cuestión solo al alcance de los mejores, señalados por sus méritos humanos y profesionales en una selección natural y meritocratica sin adscripción ideológica. Y el 10 de Enero de 1967 culmina la autolimitación de poder, el “deliberado autoeclipse” según palabras de Gonzalo Fernández de la Mora, con la promulgación de La Ley Orgánica del Estado por la que se formalizaba un ejecutivo dualista, constituyéndose la Presidencia del Gobierno, con distinción personal y orgánica de la Jefatura del Estado. La ley es promulgada para culminar la institucionalización del Estado iniciada con las leyes anteriormente promulgadas. Se recoge que la soberanía nacional es indivisible y que no es susceptible de cesión; muestra los objetivos del Estado, que son: la defensa de la unidad, integridad, independencia y seguridad de la nación. Todo esto se realiza conforme a las disposiciones del Movimiento Nacional basándose en su inspiración y manteniéndose fieles a él; se recogen las funciones del Jefe del Estado y del Presidente del Gobierno. Con las funciones que otorgaba al Jefe del Estado el Art. 6 de la Ley de Sucesión, Franco, propone a las Cortes como sucesor a título de Rey a don Juan Carlos de Borbón y Borbón, que fue aprobado en pleno con 41 votos negativos, y sometido a Referéndum de la Nación mayoritariamente refrendado.

             Para consolidar lo logrado y proyectar el régimen mas allá de su fundador, Francisco Franco siempre buscó la estabilidad histórica y la renovación perfectiva del régimen, empleando su tenaz cautela y perseverancia en instaurar una Monarquía Tradicional en los descendientes y herederos de Alfonso XIII. Dado que la Monarquía liberal se había suicidado en 1931, y que la II Republica había sido demolida por el sectarismo de los republicanos y la revolución bolchevique, no había que restaurar nada pues nada existía como referente válido. Se hacía preciso ir a la Instauración de la Monarquía, pero no la ya fracasada, sino la tradicional y por tanto, católica. social y representativa, con unidad de mando y de poder, la aprobada por las Cortes el 22 de Julio de 1969.

             Franco, desde su magistratura excepcional y comisoria tuvo, ad initio, la posibilidad de aceptar distintas opciones, todas ellas válidas y que reflejaban las distintas sensibilidades de la pluralidad de los que contribuyeron a ganar la guerra civil. Unos fueron partidarios de que los logros de la guerra civil se perpetuaran en el titular de la Corona D. Juan de Borbón y Battenberg, Juan III; otros de la constitución de un Estado Fascista en los primeros años cuarenta; algunos sostenían que quizá una Republica como la Italiana después de la Segunda Guerra Mundial; o una Regencia; o, si no había otra salida que la Monarquía, cualquier Rey que no fuera D. Juan, perpetuo oportunista, Carlos VIII, Javier o Hugo Carlos de Borbón Parma, Alfonso de Borbón Dampierre etc. Frente a todos prevaleció la voluntad de Franco y sus previsiones sucesorias, en tiempo y forma, a lo largo de su mandato. Esa victoria de todos los españoles largamente consolidada, cuyo testigo fueron recogiendo las distintas generaciones de españoles que en paz, libertad y progreso fueron sintiéndose protagonistas y no antagonistas de su propia historia, de los logros, dificultades y zozobras por las que pasaba nuestra patria común e indivisible.

            En esa historia seguimos, en esa victoria nos reconocemos, en la transición política nos equivocamos, los resultados estamos padeciendo y los responsables tendrán al tribunal de la historia y al pueblo español como notarios de la felonía y jueces sin veredicto. Nos queda mantener con Carlyle,”puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate”.

 



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