Editorial
 
 
 
Editorial de Enero de 2015

Franco en el recuerdo

 

Se cumplen cuarenta años del fallecimiento del Generalísimo de los Ejércitos, Caudillo de España durante la casi mitad del siglo XX y Jefe del Estado que con mayor acierto impulsó la vertebración de España, el desarrollo económico y la justicia social, en un estado de derecho genuino donde la libertad individual de un orden responsable y solidario primaban sobre los intereses de partido, de clase o de grupo económico, y donde España hacía valer su independencia en el orden internacional, dentro del ámbito geográfico, estratégico, político y económico que le eran propios a la civilización occidental que defendió en esencia y presencia.

Con tal motivo, desde la Fundación que preserva su memoria y obra, las Editoriales de cada mes llevarán la firma del autor; todos prestigiosos intelectuales del mundo de la historia, la política, la milicia, el periodismo o las Humanidades.  Todos desde el compromiso con la verdad vivida, estudiada y reflexionada. Todos sin complejos, ni ataduras a lo conveniente. Todos alejados de un poder que ampara la manipulación sistemática de la historia mediante Ley, y el reconocimiento honroso de nuestros orígenes y razones que justifican los hechos del presente y el incierto futuro.

 

 
 
Ciertos puntos que conviene recordar

 

           

Luis Suárez Fernández

 

            A una distancia de cuarenta años, surgen en la memoria del historiador pequeñas chispas que permiten comprender lo que significó la época de Franco. Casi al fin de la guerra mundial, Churchill, en los Comunes, hizo el reconocimiento de lo ventajoso que fuera para Inglaterra la neutralidad española. Pablo VI, al poner la vista en los Puntos Fundamentales que le enseñaba al embajador Garrigues, no pudo evitar hacer signo de cruz y reconocer que la Iglesia debía mucho a Franco, aunque ahora tuviese España que cambiar para incluirse en Europa. Y en noviembre de 1975, al recibir noticia de su fallecimiento, el rabino mayor de Nueva York invitó a sus fieles a rezar por su alma, “porque tuvo piedad con los judíos”. Vale la pena que reflexionemos sobre estos tres puntos.

 

            Franco, que solo en el último momento, cuando ya no quedaba otra opción que instalarse en uno de los bandos y, naturalmente no podía escoger el del Frente Popular, aunque ganó una guerra civil que parecía perdida, demostrando sus grandes dotes de militar, nunca dejó de pensar que la guerra es en sí misma un mal y debe evitarse. De ahí que no hiciera alardes de jactancia en este punto y, en cambio, insistiera en la paz. Lo había hecho antes del 18 de julio escribiendo al ministro republicano solicitando una negociación que la evitase. Sintió siempre el dolor de las heridas que cualquier contienda trae consigo y, al producirse la guerra mundial, insistió en recomendar que se evitase o se suspendiese entrando en negociaciones. Tenía presentes las palabras de Wellington en Waterloo: “el más dañado, después del vencido, es siempre el vencedor”. De ahí el programa que en mayo de 1938 hiciera público al restablecer el Gobierno iniciando la reconstrucción. La paz trajo una reconstrucción.

 

            Hubo de vivir los años de la guerra mundial bajo la amenaza de una intervención; sabía ya por experiencia que la neutralidad no estaba siendo respetada. Y recurrió a dos medios, la unión íntima con Portugal (bloque Ibérico) enviando a su hermano Nicolás a Lisboa, y las evasivas y subterfugios que calificaba de “hablar en gallego”. Son palabras que encontramos en una de sus cuartillas manuscritas. Así logró lo que parecía un milagro, en Hendaya y en Bertchesgaden: que las tropas alemanas, que tenían ya una orden firmada del Führer, se detuvieran sin cruzar la frontera. En una conversación que tuve con Serrano Suñer sobre el tema, no pude por menos de decirle: si Ud. Don Ramón, no hubiera estado en Bertchesgaden, seguramente yo tampoco estaría aquí pues mi nombre figuraría entre los jóvenes muertos. Un agradecimiento que debe ser constante entre los hombres de mi generación.

 

            El confesionalismo católico – Franco pertenecía a la Adoración Nocturna desde muy joven – permitió a España recobrar sus valores morales; no se trataba únicamente de poder remediar daños de una muy dura persecución religiosa sino de hacer de los valores morales una referencia. Las guerras civiles dejan tras de sí un reguero de crueldad. Lejos de mi intención justificarla o negarla: Pero bastaron ocho años para que estas secuelas fuesen superadas. El general Rojo, probablemente el más competente del bando republicano, regresó del exilio. El ministro del Ejército propuso que se le abonara el retiro que le correspondía como Teniente Coronel, su grado en el comienzo de la guerra. Y Franco replicó: no, de general porque le hubiera correspondido ascender en aquel tiempo. Y así fue. La influencia de la Iglesia en este sentido fue grande. Por ejemplo, el Cardenal Rocalli, luego Papa Juan XXIII, quedó sorprendido cuando le llevaron a ver las obras de Cuelgamuros. En España no se levantaba solo un mausoleo para los vencedores sino para todos los Caídos de ambos bandos cuando sus familiares solicitasen colocarlos al amparo de la Cruz.

 

            Esa reconstrucción moral es esencial para la recuperación económica que se logró. Las cuotas de paro de aquel tiempo, hoy tienen que parecernos insignificantes al lado de la situación actual. No eran los mecanismo económicos – lejos de mi negar importancia a la estabilización y al desarrollo – sino las estructuras humanas que revestían las empresas imponiendo el puesto de trabajo permanente. Que nadie nos engañe: la transición comenzó en 1959 cuando se dieron los pasos necesarios para un restablecimiento de la Monarquía, que había sido decidido por medio de un plebiscito. Franco no quería incurrir en la ilegitimidad de la República que había nacido del acuerdo entre los partidos políticos. Una de sus facetas era precisamente el rechazo de los partidos; le parecían un mal. Las Cortes, para él, eran reflejo de las estructuras de la sociedad y no resultado de una suma de individualidades manejadas desde los despachos y asambleas de los partidos. Trato de explicar su pensamiento y no de formular juicios de valor.

 

            También dio el primer paso hacia la libertad religiosa que significaba el reconocimiento del derecho de los ciudadanos a seguir sus propias creencias. Aquí tuvo que superar grandes dificultades pues un sector importante de la opinión pública y de la propia Iglesia, se oponía. Pero al fin lo consiguió. Importa señalar que la ley de libertad religiosa se aprueba antes del Concilio y no después de él. Las disensiones postconciliares giraban en torno a otro punto, el modo de seleccionar a los obispos. En otra ocasión me ocuparé del tema.

 

            Lo más importante, sin duda, fue esa “piedad” hacia los “pobres judíos” como se dijo en un acto de los Propagandistas. Alfonso XIII y Primo de Rivera habían decidido promulgar un decreto que permitía a los descendientes de sefarditas proveerse de documentación española sin tener que cambiar su residencia ni hacer servicio militar. Cuando se inició la persecución nazi, este decreto fue empleado para proveer pasaporte y dar protección de sus bienes a quienes lo solicitaban. Al principio, esto pareció suficiente. Al mismo tiempo, los judíos que conseguían llegar a la frontera sin documentación, no eran devueltos sino tratados como los fugitivos de otras naciones y entregados a un comité especial judío que les alejaba de España poniéndolos a salvo o les entregaba a familias ya residentes en ella. Fue un procedimiento suficiente en Rumania. Pero cuando en 1943 se inició el holocausto, el Consejo de ministros, reunido en La Coruña, pasó a los diplomáticos órdenes más perentorias: debían entregar la documentación pasándose por alto los trámites “porque no había tiempo”. Fue así como Sanz Briz, Romero Radigales y otros diplomáticos, cumpliendo órdenes y no por propia iniciativa como ahora se dice, pudieron realizar empresas muy arriesgadas. El gobierno español contrató dos trenes para sacar a los sefarditas de campos de trabajo y traerlos a España. Recuerdo mi conversación con una señora que viajó en uno de esos trenes, y a la que conocí en Jerusalem. Introducida en un vagón de carga, pensó que la llevaban a un campo de exterminio. Pero cuando el tren finalizó el viaje, vio por la ventanilla a un guardia civil con tricornio, paseando por el andén. Y comprendió, de golpe, que la habían salvado.

 

            El Moshav posee una lista de los judíos que salvaron la vida gracias a esa intervención española; contiene más de 46.000 nombres. Es la “lista Schindler” más abundante del mundo. Los judíos podían instalarse en España con plenos derechos. Hubo algo más. En enero de 1969 se hizo pública la noticia de que Franco había firmado un decreto que anulaba el de los Reyes Católicos de 31 de marzo de 1492, entregándoselo a Samuel Toledano que entonces presidía la comunidad judía en España. Tampoco podemos olvidar el gesto del otro lado: los judíos de Marruecos habían ayudado a los nacionales en 1936 con medio millón de pesetas y tras tantas dado los de Rumania.

 

            Se trata de simples detalles. Pero nos ayudan a descubrir la verdad. Franco cambió mucho las cosas entre los españoles, haciéndose directamente responsable de la Transición que es un modelo político en la paz.

 

 

 

 



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