Editorial
 
 
 
Editorial de Febrero de 2016
Gonzalo Fernández de la Mora
 ABC, 21-11-1975
 
 
 
   Durante cuatro años he visto a Franco presidir los Consejos y Comisiones. Despaché con él medio centenar de veces, en ocasiones, muy largamente. Recorrí a su lado, en tren y en automóvil, muchos cientos de kilómetros, incluso jornadas enteras. Estas charlas, en cierto modo ociosas, fueron las más personales. He tenido, pues, la oportunidad de conocerle. Mi idea de Franco, ahora depurada por la distancia infinita de la muerte, se parece bastante poco a las dos imágenes habituales, la apologética del superhombre y la adversa del dictador. Las dos coinciden en deshumanizar al personaje y en darle un perfil autoritario; pero ni la una ni la otra responden a la realidad. La inmensa mayoría de los retratos de Franco son imaginarios, y se comprende que así sea porque era un hombre difícil de penetrar a causa de sus largos mutismos y de su palabra casi siempre interrogativa. Comprendo la embarazosa situación de quienes después de una o dos audiencias, han tomado la pluma para hacer la etopeya de Franco; han tenido que inventarla. Su carácter sólo se revelaba al cabo de un trato asiduo, audaz y leal. Entonces empezaban a aparecer los planos profundos.            
 
   Nada había en él de arrogancia mayestática. En el fondo, su humildad era impresionante. Y no me refiero a la teologal, sino a la intelectual, porque he conocido a muy pocos menos aferrados que Franco a una conclusión, y tan dispuestos como él a dejarse contradecir, aunque fuera en público. Recuerdo una reunión del Consejo, trascendente por su tema principal, en que Franco, después de insinuar una postura, se dejó refutar por la mayoría de sus ministros. Los observadores de ocasión tomaban por cesárea soberbia los silencios de Franco. Pero no; significaban respeto a su interlocutor y lealtad hacia sus informadores y consejeros. No era apoteosis, sino discreción llevada al límite. Hablaba lo justo y necesario; ni una sílaba superflua. Tan medida economía verbal revelaba, sin duda, prudencia; pero mucha más modestia que altivez.            
 
   Nada había en él de pretendida infalibilidad. Su capacidad de escuchar era su original dialéctica. Preguntaba incansablemente, buscaba las opiniones contrapuestas para sopesarlas, y no tomaba decisiones hasta que todo había sido dicho. No solía interrumpir, jamás retiraba la palabra ni clausuraba un debate hasta que se agotaban los argumentos. Y no conocía los temas prohibidos. Confieso haberle hablado siempre de todo cuanto juzgué oportuno, sin excluir lo menos grato, por alejado que estuviese de mis inmediatas competencias.            
 
   Nada había en él de autoritarismo. Tenía un respeto casi sagrado por las jurisdicciones de todos y de cada uno en sus respectivos niveles. Sus delegaciones de poder no las interrumpía con decisiones esporádicas, ni con intervenciones ocasionales. No desautorizaba nunca al titular de una función pública, salvo para relevarle. Y aún a esto se resistía, porque  deseaba agotar su crédito de confianza al colaborador. Evitaba los asuntos subalternos y muy especialmente los relativos a nombramientos de personas: jamás me sugirió a nadie para cargo alguno. Daba, en suma, una gran libertad de acción a sus ministros, no les interfería y, con ello, les estimulaba a un máximo sentido de la responsabilidad. Administraba sus propias decisiones con mesurada parsimonia; zanjaba los debates importantes en el seno del Gobierno, daba unidad a la acción del Estado y reajustaba con meditado sentido político el equilibrio del Gabinete. Manifestaba su voluntad sólo cuando era imprescindible. No pretendía, como los dictadores, asumir todas las instancias, sino únicamente la última y excepcional, la exclusivamente suya. Nada había en él de pasión de poder. Cuando, al ofrecerme la cartera de Obras Públicas, le expuse mis limitaciones, sólo me dio una orden: “Hágalo lo mejor posible”. Muy pocas más recibí a lo largo de los años; pero sí consejos innumerables, que eran el decantado poso de su larga experiencia de gobierno y de su prodigioso genio político. Pero todo esto lo brindaba a beneficio de inventario, no como un imperativo categórico. Esta era su fórmula favorita: “¿Y acaso no sería mejor…?” Y se le podía replicar impunemente: “Pues creo que no”. No trataba de abarcar ni de dominarlo todo. Más que ambición de mando, demostraba un estoico menosprecio del poder y un deseo de retener sólo lo absolutamente esencial e indeclinable de la función soberana.            
 
   No había en él ninguna proclividad hacia los efectismos, tan buscados por los tiranos y los demagogos. No le gustaba lo nuevo por lo nuevo, el cambio por el cambio, lo popular por lo popular. No le interesaba la apariencia, sino el fondo; no la imagen, sino la realidad. Sabía que las superficies son muchas veces engañosas y casi siempre frágiles. Apenas le  interesaba la retórica. De ahí la poca atención que prestaba a la propaganda, y menos todavía a la adversa. En un despacho le dije: “Este plan caería muy bien en la región”. Y me replicó: “Lo importante es estar seguro de que es eso lo que debe hacerse”. No llevaba la contabilidad de su política con la partida doble de las críticas y de los elogios, sino con la suma algebraica de los resultados reales. Gobernaba España como una gran empresa, no como un gran espectáculo.
 
   Nada había en él de intuicionismos súbitos. Repasaba los informes. Consultaba a los expertos y exigía el cumplimiento de todos los trámites procesales. “¿Ha dictaminado el Consejo de Estado?”, “¿cuál es el criterio de la ponencia”, “¿qué han dicho las corporaciones locales?”, “¿y después, qué?”. Estas eran sus habituales preguntas, saturadas de medida y razonable cautela, de repudio de la improvisación, y de cómputo del futuro.             
 
   Franco estaba respaldado por su pueblo; pero funcionalmente, se había aislado en la soledad. Nadie en especial monopolizaba el oído del césar. No había camarilla, ni privados; ni siquiera ocupó ese lugar Carrero. Varias veces he sido testigo de graves decisiones que no eran exactamente las del almirante. Cualquiera podía convencerle si aportaba un dato fehaciente o una razón definitiva. La soledad de Franco era garantía de ausencia de la parcialidad y del favor, aseguraba la igualdad de oportunidades técnicas y políticas, la estricta objetividad.            
 
   Por todo esto he dicho alguna vez que Franco, por su comportamiento y por su psicología, estaba en los antípodas del dictador. Modestia en lugar de arrogancia, oyente antes que magistral, enemigo de la retórica y prudentísimo a la hora de decidir. Como hombre de Estado no se le puede situar en la línea de Bonaparte, sino en la de Felipe II. Era la contrafigura del dictador. Su vera efigie no se parece nada al retrato que, para consumo ultrapirenaico, divulgan sus enemigos, que lo son también de España.            
 
   Y hay, sobre todo, el juicio de Franco por sus obras, que es la verdadera piedra de toque del gobernante. En el contexto de la Historia, Franco es el hombre de Estado más importante que ha tenido España desde el Rey Prudente. Recibió un país empobrecido e invertebrado y lo ha convertido en una gran potencia industrial y en una Monarquía robustamente institucionalizada. Recibió una nación de inmensa mayoría proletaria y la ha transformado en una sociedad de clases medias. Erradicó el analfabetismo y el hambre, nuestras dos pestes centenarias. Ganó una contienda civil que era de ser o no ser, y que estaba de antemano perdida; y, a fuerza de tesón, nos libró de la mayor hecatombe conocida, la Segunda Guerra Mundial. Ha hecho una España distinta y mejor, que nunca había estado económicamente tan cerca de los niveles más altos de Europa. Franco es el hito que en nuestra Historia contemporánea marca la más espectacular inflexión, la que separa la España anterior a él y la España de después.                                                                                                   
 


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