Editorial
 
 
 
Editorial de Julio de 2013
 
 
 
 
   El signo de los tiempos ha marcado, en el calendario de algunas naciones europeas, el mes de Julio, como determinante de su configuración como Estado-Nación.
 
   Estado, estructura administrativa que reclama para sí, con éxito, el monopolio de la violencia legítima, asumiendo las funciones de defensa, gobernación, justicia, seguridad y otras como relaciones exteriores. Nación, vinculo afectivo de un pueblo configurado por su cultura, historia, convivencia territorial y deseo de enfrentar, en común, los retos que depare el futuro.
 
   Así el 14 de Julio se conmemora la toma de La Bastilla por los revolucionarios franceses en 1789, celebrada como fiesta nacional en Francia. El 4 de Julio de 1783, se firmaba el Tratado de París, por el que Gran Bretaña reconocía la independencia de los Estados Unidos, fiesta nacional de EEUU.
 
   La fecha que mejor identifica la larga y profunda huella  histórica de España es el 18 de Julio de 1936, fecha en la que el pueblo español en simbiosis perfecta con su historia y comunión de principios con su ejército, se rebela contra la tiranía que pretendía imponer el comunismo en España. Fue una guerra de independencia, donde estaba en juego no solamente la soberanía de la Nación, sino la esencia de lo que España había representado en la defensa de la civilización occidental y cristiana.
 
   De ahí la simbología de la fecha y el deseo permanente de los enemigos de esa civilización y de España de manipular y denigrar fecha, símbolos y personas que hicieron posible tan colosal gesta y legaron el progreso, la unidad y la justicia que disponíamos en 1975, dilapidada por los mismos errores e ideas disgregadoras causantes de nuestra postración como Nación y pobreza como pueblo.
 
   Cuando las mentes pervertidas por el odio, el resentimiento y la envidia igualitaria toman el control de los medios de comunicación, la enseñanza, las instituciones políticas y sindicales e inciden en la economía productiva, esa sociedad se auto condena a la molicie, la pobreza y finalmente al totalitarismo. La libertad que no se basa en el respeto al derecho ajeno y a la opinión contraria; que no se acomoda en la ley justa, orientada al bien común, sino en la arbitrariedad de lo contingente, termina guillotinada en cada hogar, calle, plaza, foro o parlamento donde deba manifestarse.
 
   Asistimos, los síntomas son evidentes, al final de un Sistema basado en la mentira, la manipulación, la mediocridad y el “vale todo”, con tal de que sea bendecido por la reinstaurada partitocracia. El resultado no puede ser mas evidente: Corrupción institucionalizada, pobreza inasumible y desesperación creciente. Y la solución no va a venir de fuera, nunca lo fue y tampoco lo será en estos momentos, por mucho que hayamos  relegado nuestra soberanía a una entelequia europea de intereses creados. Europa no va a evitar la consumación del separatismo, ni la perdida de competitividad, ni la calidad de nuestra enseñanza, ni la atonía de la justicia, ni podrá incidir para que suprimamos el “reino de taifas” que representan las autonomías.
 
   Hemos ido, según un diseño perverso iniciado en 1978, hacia la desintegración de España. Se han neutralizado todos los contrafuegos que podrían evitar tal deriva, comenzando por los señalados en la propia Constitución. No podemos imaginar que los distintos gobiernos de la Nación no fueron conscientes de los peligros y, sin embargo, nada hicieron para impedirlo.
 
   Como sabemos lo que nos pasa, cuales son sus causas y los posibles remedios, somos sistemáticamente vituperados, ignorados o perseguidos con idéntica obstinación y saña con que los inquisidores del siglo XX persiguieron en toda Europa y lo hacen en Cuba a los disidentes que proclaman la libertad y dignidad de la condición humana, en cuanto hijos de Dios y portadores de valores eternos. A diferencia de las reprobaciones y abucheos que reciben los miembros de la Casa Real y los políticos, generalmente de  derechas, nosotros, nuestra forma de entender la política, de organizar la sociedad, de estructurar el estado, de concebir los principios sobre los cuales debe vertebrarse España para ser respetada en el conjunto de las naciones y obtener el progreso económico del pueblo, no tenemos ninguna culpa de la situación en la que nos encontramos. Es más, nos hemos opuesto de manera honesta, civilizada y firme a cuanto viene ocurriendo en España desde hace 35 años, señalando lo que iba a ocurrir de persistir en los errores diseñados en la transición, a la muerte de Franco.
 
   Nuestra culpa parece ser histórica o, mas bien, histérica. Un suerte de paranoia colectiva transmitida generacionalmente entre los derrotados en la guerra civil y en la paz, pues el progreso alcanzado por el anterior Régimen y la filosofía política empleada, deja en evidencia sus postulados. Para sus propósitos y con la finalidad de deslegitimar también la herencia recibida, los derrotados de siempre, pues sus ideas utópicas, donde triunfan, han provocado el mayor sufrimiento y pobreza conocido en el mundo, necesitan falsificar la historia, mitificar lo irrelevante, convertir en victimas a los verdugos, trasladar a la actividad política cuestiones ya resueltas hace muchos años como solución mágica de futuro. Y si la superchería histórica no se puede conseguir por la funesta manía de pensar y de investigación de los hechos de algunos historiadores, pues se dicta una Ley que obligue a un relato único de la historia, según la conveniencia de quien gobierna, impuesta de manera absoluta.
 
   ¡Bienvenidos al absolutismo democrático!
 
   Con la vileza de retirar de las plazas y calles de España los nombres de quienes defendieron en su tiempo la identidad e independencia de su Patria, en muchos casos, con su propia vida, de remover en los Ayuntamientos, Diputaciones y parlamento los títulos con que aquel pueblo español, padres y abuelos de los actuales, honró a quien les había acaudillado, con éxito, en aquella época de tribulaciones, no se obtiene otro beneficio que el de favorecer a los resentidos, a los ineptos, a los incapaces de otra cosa que no sea la de alancear muertos, que gozaran siempre de buena salud histórica por sus méritos y no por la coyuntura iconoclasta de los incapaces corruptores que lo promueven.
 
   Celebramos que nuestro Caudillo Francisco Franco no figure en semejantes ágoras, donde el despotismo y la corrupción campan a sus anchas, legitimados por el falso plebiscito popular que veremos lo que aguanta sus desvaríos. Ya en un día lejano de 1936 le contestó a Indalecio Prieto: “Sí, ustedes lo tienen todo…menos la razón” y, “no tenga usted duda, donde yo esté, no habrá comunismo”.
 
   De ahí que prefiramos que, donde él esté, no exista nada de lo que él y su generación combatió con tanto esfuerzo y sacrificio. Que donde él esté, aunque sea sólo referencia histórica, no exista la denuncia diaria de corrupción política e institucional; no pueda darse el reino de taifas de las Autonomías; no sea admisible la representación política de los partidos de empleados; no sea permisible la desfiguración del régimen parlamentario al servicio de sus intereses y no del bien común; no se fomente la quiebra del principio de separación de poderes; no se consolide la politizada Administración de Justicia.
 
   En definitiva Franco y nuestros padres y abuelos han sido expulsados de nuestro ánimo colectivo, de la convivencia ordenada y pacifica que nos procuraron, de la verdad histórica objetivable y, así nos va. Es imposible que una sociedad avance sin virtud, sin el conocimiento de los fundamentos de su pasado, que han hecho posible el presente y viable el futuro, como enseñanza de lo que puede o, no debe, hacerse. En la Fundación seguimos creyendo como el Ingenioso Hidalgo de la Mancha  “ladran, luego cabalgamos, amigo Sancho…”.
 
 
 
 
 


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