Editorial
 
 
 
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Editorial de Junio de 2012

Menudo mes nos espera. Sólo el asidero histórico puede reconfortar el ánimo, serenar el espíritu y activar la voluntad colectiva, contraria al pesimismo, la resignación, la búsqueda de culpables. Lo es, sin duda, “El Sistema” creado sobre bases artificiales, de “ingeniería social”, en todos los órdenes, tanto en el político, como en el social y cultural, con gran daño para la convivencia, la libertad y la justicia. El tiempo, sólo era cuestión de eso, se ha encargado con toda su crudeza e insoslayable terquedad, de indicar que hemos variado el curso natural de la paz, la convivencia y el progreso conocido en nuestra patria y nos encaminamos al precipicio también conocido en otras etapas históricas.

También nosotros somos culpables, por acción u omisión, del desastre en el que nos encontramos y de la solución viable, rigurosa, con sentido histórico y realidad circundante, que aportemos, a una sociedad confundida, anestesiada, perpleja e incrédula. Siempre seremos responsables de aquello que no hemos sabido, querido, podido o intentado impedir. Menéndez Pelayo sostenía, con notable acierto premonitorio, que “donde no se conserva la herencia de lo pasado, no esperemos que brote un pensamiento original o una idea dominadora”. Toda la originalidad constituyente consistió en devolvernos, a lo peor, del viejo sistema caciquil y partitocrático, al seguidismo del “agip prop” internacional masónico, sin evaluar los intereses de nuestro pueblo y Nación, y a desvertebrar el territorio patrio con una ficción, autonómica versus nacionalista, antinatural, antihistórica y antieconómica, de difícil e imprescindible arreglo. La única idea dominadora existente en éste páramo cultural, es la Democracia sin concreción, como fetiche o icono, piedra angular de la existencia, felicidad y progreso, estado de bienestar perpetuo, fuera del cual se encuentra la barbarie.

            Precisamente el pasado 19 de mayo se cumplía el centenario del fallecimiento de uno de los españoles más eruditos y universales de nuestra historia, D. Marcelino Menéndez Pelayo, filósofo, historiador, bibliógrafo, filólogo, académico y político, definió el alma hispana con la precisión de un relojero suizo, profundidad de un teólogo alemán y valor de un militar español. En su “Historia de los heterodoxos españoles (1882)” de obligado estudio, señala “España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, esa es nuestra grandeza y nuestra unidad... No tenemos otra” ,“la fe hace portentos y salva a las naciones como a los individuos”.

            Resulta necesario resaltar las consecuencias de tan errático camino al confundir la tolerancia con los principios, la libertad con el “vale todo”, el bienestar con los derechos, y la responsabilidad como algo innecesario. Si se pita, y permite mayoritariamente, al himno de la Nación, no confundir con las muestras de desaprobación que de igual modo puedan recibir los cargos públicos, Jefe de Estado o Jefe de Gobierno,  es que la sociedad desconoce lo más profundo de su ser, de su alma colectiva, del valor de los símbolos, consecuencia directa de una enseñanza tribal, sesgada e indolente. Cuando se permite y auspicia, o no se defiende el idioma común en todo el territorio nacional, asistimos a la voladura de la razón, del derecho y de la convivencia. Cuando tenemos que defender lo evidente, es que desconocemos los fundamentos mismos de nuestra existencia, estando al borde de la desintegración. Una nación permanece fuerte mientras se preocupa de sus problemas reales, y comienza su decadencia cuando sólo se ocupa de los detalles accesorios.

            Sostenemos en nuestro ideario que nada hay dentro de la nación superior a la nación misma, que ésta no puede ser otra cosa que la suma de todos sus individuos proyectados en una voluntad constitutiva histórica común, y según estos individuos sientan, piensen y obren, así la Nación progresará o se desintegrará. El desafío al que se enfrenta la Nación y pueblo español, no puede resolverse en una sociedad fragmentada en un Estado-Autonómico insolidario, despilfarrador y desintegrador. La nación que no respeta su pasado no merece el respeto del pasado y no tiene derecho al futuro.

              Don Marcelino diagnosticaba certero, “El pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche. Nuestra misión consiste en no permitir que el pueblo pierda su orgullo, el concepto sagrado de pertenecer a una Nación Imperial y civilizadora, con enormes tragedias e inconmensurables gestas heroicas, todas ellas asumibles y reconocibles como propias. No queremos convertirnos en una Nación de ciudadanos esclavizados al servicio de un gobierno, en lugar de ser el gobierno quién nos sirva a todos.

            Finalizamos elevando a la poesía el bálsamo de la melancolía. “Claman el viento, el sol y el mar del viaje. 
Yo devoro mis propios corazones
y juego con los ojos del paisaje. Junio me dio la voz, la silenciosa 
música de callar un sentimiento. 
Junio se lleva ahora como el viento 
la esperanza más dulce y espaciosa. 

Yo saqué de mi voz la limpia rosa, 
única rosa eterna del momento. 
No la tomó el amor, la llevó el viento 
y el alma inútilmente fue gozosa. 

Al año de morir todos los días, 
los frutos de mi voz dijeron tanto 
y tan calladamente, que unos días 

vivieron a la sombra de aquel canto. 
(Aquí la voz se quiebra y el espanto 
de tanta soledad llena los días.)”.

            Y como José Martí nuestro huerto queda presto al cultivo de junio: “Cultivo una rosa blanca, en junio como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca. Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca”.

 

 

 

 

 

 

           

 

               

 



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