Editorial
 
 
 
Editorial de Junio de 2015


 Franco legionario

Luis E. Togores

Historiador

 


   El general Fernando Esquivias, que fue ayudante de Franco durante más de doce años, siempre recordaba que después de las espartanas comidas en El Pardo, o en el pazo de Meirás, el Caudillo tomaba café con doña Carmen y con sus ayudantes. Nada más terminar su mujer se retiraba y entonces Franco, con sus ayudantes, apoyado en un aparador en El Pardo o sentados en la mesita de café en Meirás, les contaba siempre historias de la guerra de Marruecos.   

   En los breves años que pasó en la Academia de Toledo y, sobre todo, durante los muchos años que estuvo en Marruecos se fraguó la personalidad del futuro Caudillo, su forma de ser y de ver la vida. Una forma de ser y de estar que le duró toda su existencia y que no le hacían en muchas cosas sustancialmente diferente a sus compañeros de armas que pasaron por el mismo crisol: Muñoz Grandes, Yagüe, Varela, Rojo, Miaja, Asensio, Dávila, etc.

La guerra de Marruecos fue la etapa en la que sus cualidades de austeridad, autoexigencia, capacidad de sacrificio y trabajo, sentido del deber y del servicio y honrada ambición surgen para marcar toda su vida. Recuerda su médico el doctor  Pozuelo que, tras su primera crisis grave de salud, le preguntaron cómo encontraba el ya muy anciano general Franco, a lo que respondió que muy bien, que ¡estaba en legionario! paseando por los pasillos de El Pardo marcando casi el paso mientras tatareaba El Novio de la Muerte.

En Toledo los jovencísimos cadetes de infantería aprendían no sólo a dar la vida por la patria, también a darla de la forma que un soldado debe entregarla en el campo de batalla. Un oficial, en el caso de los tenientes y capitanes, iba destinado a Marruecos siendo casi niños. En el Rif terminaban de aprender a controlar el miedo, a mantener la cabeza fría en pleno combate, a comportarse como sus mandos esperaban de ellos y sus hombres les demandaban y así poder mandar a sus soldados en lo más duro de la batalla, a  comportarse también como oficiales en todas las facetas de su vida.

   En el Protectorado la oficialidad española aprendió que la vida de un soldado, y más si era de un oficial de La Legión, estaba desde el primer día en que vestía el uniforme entregada en su totalidad, sin contraprestaciones, al servicio de la patria. Una entrega que en aquellos años exigía, en la mayoría de los casos, el mayor de los sacrificios, la vida. Un sacrificio que muchas veces tuvieron que hacer los africanistas en el campo de batalla y que no sólo les afectaba a ellos sino a toda su familia, dado que junto a la posibilidad estadística muy alta de ser herido o muerto, estaban los muchos meses e incluso años de servicio en Marruecos alejados de la familia y amigos, en una peculiar forma monástica de vida campamental.
   
   Los oficiales de La Legión, africanistas puros, tenían que ser capaces de matar y morir, siendo conscientes de que ambas posibilidades eran reales. Tenían que ser capaces, con su ejemplo, de dotar a sus hombres de una motivación, de una moral de combate tan fuerte que en el momento más duro de la batalla, cuando las filas empiezan a clarear, cuando los amigos y compañeros caen muertos y heridos a su alrededor, cuando el olor a pólvora no deja respirar, cuando la sangre brota de las heridas, el soldado, el legionario, tenía que ser capaz de sacar fuerzas de la nada y seguir avanzando, cargando a la bayoneta, gracias al Credo Legionario, al espíritu, la voluntad de vencer y al ejemplo de su jefes y oficiales.
 
   A pesar de ser fundador de La Legión junto a Millán Astray, su tercer jefe y un soldado de reconocido valor y de demostrada y reconocida capacidad, Franco siempre conservó algunas características peculiares propias de su personalidad, de su forma de ser y de ver la vida que le hacían diferente de sus compañeros de armas. Hombre prudente y de pocas palabras, su paso por Marruecos nos ha dejado un largo anecdotario legionario que sorprende y que nos ayuda a comprender sus resortes intelectuales y de conciencia que hicieron al Régimen Franquistas ser como fue.
 
   El Franquismo fue un sistema político cimentado en el cumplimiento de la ley, de sus propias leyes; basado en los valores tradicionales de la cultura cristiana occidental, católico pero no beato; surgido en el periodo entreguerras se construyó sobre el sentido del servicio a España, desde el primero y hasta el último de los funcionarios, lo que hoy resulta sorprendente si lo comparamos con el actual ambiente de corrupción generalizada que impera en nuestra sociedad; y con un claro carácter autoritario nacido de la incuestionable victoria de Franco y de sus partidarios en la Guerra Civil y de la absoluta condición militar de Franco.
 
   En 1924 Franco se convirtió en portavoz de los africanistas como jefe del Tercio, cofundador del mismo y poseedor de una la carreras militares más espectaculares de su tiempo. En aquellos años Franco entendía el servicio a España como darlo todo en el campo de batalla y expresar su opinión sobre los problemas del servicio y de la patria a sus jefes y compañeros de armas con completa honestidad.
 
   En una entrevista con el alto comisario general Aizpuru le manifestó sin tapujos el sentimiento de la oficialidad en relación a los planes de retirada, luego llamada de Xauen, del Dictador y que podían generar un levantamiento de consecuencias impredecibles en el Ejército de África.
 
   En aquellos días, el general Monterio, jefe de la Comandancia de Ceuta, solicitó con motivo de la Pascua Militar (6 enero de 1924), a todos los oficiales presentes, que diesen su palabra de honor de obedecer las órdenes de sus superiores, fuesen cuales fuesen éstas. Franco se negó, pues pensaba que ante ciertas situaciones existía la desobediencia legítima dentro de las Reales Ordenanzas. Los oficiales presentes se solidarizaron con la posición del entonces teniente coronel Franco. Esta actuación terminó por convertirle en un jefe militar de inmenso prestigio y también en un líder de opinión entre la oficialidad del Protectorado. Un liderazgo que resultaría determinante para la Historia de España.
 
   Franco se estaba convirtiendo, junto con Millán Astray, en el portavoz y adalid de las formas de sentir y de pensar de los soldados coloniales, los africanistas. Su probado valor en combate, su carácter prudente y reservado, unido a sus escritos y ser uno de los fundadores del Tercio de Extranjeros y de la Revista de Tropas Coloniales terminaron por consolidarle en esta posición.
 
   Durante un almuerzo del futuro caudillo con Alfonso XIII, para agradecerle el haber sido su padrino de bodas y haber sido nombrado gentilhombre, le trasmitió al Rey el  recelo de sus compañeros de armas sobre el futuro próximo de los intereses de España y de su Ejército en el Protectorado marroquí: Le manifestó que la Corona contaba con la obediencia del Ejército que se extendía al Gobierno de Primo de Rivera exclusivamente por patriotismo; el temor de la guarnición de África al pensamiento juntero y abandonista del Dictador; le informó del convencimiento de los jefes y oficiales del Protectorado de que el triunfo de la tesis abandonistas era la peor política y que ocasionaría enormes bajas entre los soldados españoles de Marruecos. Sin pelos en la lengua.
 
   A comienzos de 1924 Primo de Rivera ya tenía decidido el repliegue y el abandono de Gomara, Yebala y de la ciudad santa de Xauen, todo lo conquistado en la zona occidental del Protectorado desde 1920 y que había constado una cantidad enorme de esfuerzos  y sangre.
 
   Lo ocurrido durante la Pascua Militar llevó a que Primo de Rivera a viajar a Marruecos para conocer en directo el estado de sus tropas. Primo nombró a Sanjurjo para hacerse cargo de la comandancia de Melilla lo que pensaba gustaría al Ejército de África (abril de 1924). En esas mismas fechas Abd el-Krim lanzó un duro ataque por  el sector Sidi Messaud, que fue rechazado por Franco y sus legionarios.
 
   Durante el viaje del Dictador por Marruecos, estando Franco en el acuartelamiento de Uad Lau, el 20 de julio, pasa revista Primo de Rivera a tres banderas del Tercio y a varios tabores de Regulares. Sanjurjo encarga a Franco que hable en nombre de los presentes durante la comida que se celebró y que se sentase junto al general Primo de Rivera.
 
   Luis Suárez en su monumental biografía Franco crónica de un tiempo niega que en aquella comida sólo se ofreciesen platos confeccionados con huevos y al preguntar el invitado si no había otra cosa, que Franco le contestase que allí lo que sobraban eran huevos. La anécdota se popularizó gracias al genial Rafael García Serrano en su obra Diario para un macuto que a su vez la tomó de la novela de Arturo Barea, La forja de un rebelde. Historia que también es contada por Luis Bolín en su libro Los años vitales, pero que fue desmentida por el propio Franco a Ricardo de la Cierva. Lo que ocurrió fue lo siguiente:

“Entonces se levantó don Miguel y, tomando pie de la mencionada inscripción (espíritu de fiera y ciega acometividad de La Legión, pintado en una pared del barracón que servía de comedor), dijo que debía ser cambiado por otra que aludiese a la férrea disciplina. En un extremo de la mesa uno los comensales dijo “muy bien” y Varela, que estaba enfrente, replicó en voz  alta, “mal, muy mal”, mientras le zarandeaba. Impuesto el silencio, Primo de Rivera concluyó su discurso. No hubo ni un solo aplauso. Colérico, el general se volvió a Franco y le dijo: “para esto no debiera Vd. haberme invitado”. A lo que el teniente coronel replicó: “yo no le he invitado a Vd., me lo ha ordenado el comandante general y si no es agradable para Vd. menos lo es para mí”.  Con una impetuosidad muy característica, el general cambió sobre la marcha un elogio sobre la oficialidad diciendo que era mala. “Mi general –replicó Franco- yo la he recibido buena. Si la oficialidad ahora es mala, la he hecho mala yo”.” (Suárez, L: El general de monarquía, la república y la guerra civil, p. 142).

   Franco presentó su dimisión que no le fue aceptada. En una posterior entrevista entre ambos en Melilla quedaron aclarados todos los problemas entre el Jefe de Gobierno y el jefe del Tercio Extranjeros. Franco siempre dijo que Primo de Rivera era un caballero. El Teniente Coronel le garantizó el compromiso del Tercio de cumplir como buenos y llevar el peso en la retirada de Xauen, una operación militar compleja y que iba a tener un enorme coste en sangre, a pesar de estar en contra de la misma. La disciplina es obedecer las órdenes aunque no se esté conforme con ellas.
   
   La retirada de Xauen, junto al desembarco de Alhucemas, donde Franco llevó buena parte del peso de la operación con sus legionarios, fueron las operaciones que lograron que la guerra de Marruecos terminase de una vez para siempre.
 
   El Franco legionario encarna en estos años las mejores virtudes de nuestros soldados, de esos soldados que ponían una pica en Flandes, morían en el Blocao de la Muerte o asaltaban la Puerta de la Trinidad  de Badajoz al grito de ¡Viva España! ¡Viva La Legión! Franco encarna a los soldados que no sólo están dispuestos a morir en combate, también a los que estaban dispuestos a decir lo que pensaban –a pesar de las consecuencias- pues sabían que el verdadero cumplimiento del deber no sólo consiste en dar la vida por la patria, sino también el deber de decir de forma honrada y directa a los jefes todo aquello que sea mejor para el servicio, aunque esto pueda no gustar a quiénes les escuchan y puedan tomar represalias sobre su promoción profesional.
 
   Primo de Rivera, un buen jefe, valoró las palabras de Franco como lo que eran, un acto patriotismo crítico. Franco transmitía de forma honrada, legionaria, el parecer del cuerpo de oficiales africanistas sobre la estrategia del Directorio en Marruecos.
 
   Un soldado no sólo tiene que ser capaz de afrontar la muerte con absoluta frialdad, con la tranquilidad que hace el contacto directo y continuó con la misma y de llevar a sus legionarios al combate, sino también de afrontar los riesgos que conlleva dar una opinión honrada a sus superiores. Existe el valor físico y el valor cívico, ambos son necesarios para un soldado y sobre todo para un líder. La ejemplaridad es la base de todo liderazgo. Franco tenía una forma de entender la vida y de mandar que se transluce en sus 39 años de gobierno, en una forma de servicio que muy bien se puede comprender en la vieja y casi olvidada frase de ¡vale quien sirve!
 
 
 
 


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