Editorial
 
 
 
Editorial de Mayo de 2013
 
 
 
   En el contexto histórico en que nos encontramos, nada coyuntural, efímero ni pasajero, no debido a razones exógenas, conflicto internacional o aislamiento provocado por errores propios o intereses en colisión con otras potencias, vuelve a la conciencia del pueblo aún no anestesiado, ni confundido, el anhelo de la Patria común e indivisible, la necesidad de la justicia distributiva y la garantía de los derechos básicos. La búsqueda de la razón histórica de nuestra grandeza y desventura; la libertad responsable asentada en la verdad; la conciencia en la fe y su correlación en los actos de nuestra vida, resultan imprescindibles para salir de la “suprema crisis” que nos aqueja.  
 
   “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, por la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía…” señalaba Quevedo, en la segunda mitad del Siglo XVII, la decadencia de la que había sido la primera potencia mundial, desangrada en la triple acepción: física, política y económica, debido a los conflictos permanentes con Europa y a la política disoluta de “los Válidos” que nos costó Portugal y la invasión de Cataluña por Francia, adquieren hoy mayor relieve, si cabe, dada la situación en que se encuentra nuestra Nación, acechada y cercada por otra triple división: la territorial – con 17 mini-estados que llamamos Autonomías- ; la secesionista, con al menos dos de los mini-estados en franca posición de independizarse, ante la indiferencia gubernamental; y la que afecta a la forma de estado, ya cuestionada abiertamente por los errores propios del Monarca y el oportunismo lógico de sus enemigos ancestrales y, hasta ahora, tactistas interesados.   
 
   Los versos desgarradores como el bisturí del cirujano al abrir un paciente, golpean nuestra conciencia de generación perdida en la comodidad y la molicie, solo preocupada de “lo conveniente material”, ayuna de valores y relativista en los conceptos que acepta cualquier superchería con tal de no enfrentarse al orden establecido, a lo políticamente correcto, a la incomodidad de verse calificado de retrogrado, franquista, antisistema o fascista; a no perder la efímera subsistencia de ciudadano, sujeto de pomposos e inaplicables derechos. Soberano esquilmado a impuestos, sólo el sufragio le redime cada cuatro años. Confiando su salvación al voto de un Partido, en cuyo programa figura lo que él quiere oír, comprueba, desde hace treinta y seis años, que nunca se cumple, que resulta indiferente votar a una u otra opción, pues indefectiblemente esos dirigentes que le gobiernan son ajenos a sus preocupaciones reales, a la búsqueda de la medidas necesarias para salir del engaño colectivo. El ¡no hay salida!, dentro del actual Sistema, va interiorizándose con mayor determinación y fuerza en la voluntad común del pueblo. Es preciso que esa fuerza nihilista se transforme en un canto de esperanza, en un deseo de luchar contra lo que nos denigra, en un manantial sereno donde ir recogiendo el idealismo, sabiduría y fortaleza de un pasado glorioso, hasta recoger el caudal que nos permita edificar un mañana distinto y superador de la actual molicie.  
 
   Entre tanto y como siempre, asistimos a la lucha estéril de una derecha que no lo es, contra una izquierda que no lo parece, pero sigue anclada en el viejo dogmatismo decimonónico. Ya comienzan los cantos de cigarra con propuestas imposibles, dada la idiosincrasia del propio Sistema, de la conveniencia de un “Pacto Nacional”, de un “Pacto de Estado”, de un “Gobierno de Concentración” y hasta de un “Gobierno de Salvación”.   Tan loable propósito implicaría, en primer lugar, tener en común las partes implicadas una serie de ideas/base sobre la Nación, la configuración del Estado, la elección y control del Gobierno, la administración de la justicia, la función del Parlamento, la interlocución social de los sindicatos, la labor y funcionamiento de los Partidos Políticos, el respeto imperativo a la Ley y su general y obligado cumplimiento y acatamiento, y el modelo económico a impulsar. Sin ese común denominador todo intento será vano. Quien crea que la Nación “es un concepto discutido y discutible” o que el Estado en su simbología y funcionamiento puede admitir otros estados y otras lenguas, no sabe lo que es y, por consiguiente, lo que dice o lo que quiere, resultando inútil todo acuerdo. La suma de despropósitos nunca da, como consecuencia, un acierto. En segundo lugar, el promotor del pacto, por mucho interés que tenga y muy acertado que sea el diagnostico, no puede ser el pueblo, ni los medios de comunicación, ni los agentes sociales (empresarios y sindicatos), ni las corporaciones locales, ni la Banca, ni las corporaciones industriales, ni las potencias extranjeras, ni el FMI, ni los mercados, ni Ángela Merkel. Tiene que venir de alguien con autoridad moral, fuerza política y representatividad social, con capacidad reglamentaria e institucional de convocatoria y de ser escuchado y puesto en practica. Alguien cuya propuesta pueda convertirse en norma de compromiso general y obligado cumplimiento. Si bien existe esa figura del Jefe de Estado, parece poco probable que reúna las características señaladas, dadas las innumerables goteras dejadas abrir en el camino proceloso de la transición hasta nuestros días. En tercer lugar, que semejante supuesto sea contemplado por la Constitución vigente o pueda ser de aplicación lo señalado en alguna norma que la complemente. Tampoco vemos esa previsión normativa aplicable a la “Emergencia Nacional” que las fuerzas combinadas del separatismo, la crisis económica, y la ineptitud gubernamental están provocando en España.  
 
   Conformémonos, de momento, con meditar animosos y firmes sobre los versos del poeta, "…Entré en mi casa: vi que amancillada de anciana habitación era despojos; Y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte".  
 
 
 


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