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El Cónclave y la crisis
 
Mons. Fernando Arêas Rifan
Obispo de la Administración Apostólica Personal de San Juan María Vianney 
 
 
   Las crisis de la Iglesia no son algo nuevo. La «barca de Pedro» ya ha vencido otras tormentas.
 
   La Iglesia en la tierra se llama Iglesia militante, porque está continuamente en guerra contra los enemigos internos y externos, es decir, «en crisis». ¡Pero de eso hace ya dos mil años! La paz sólo será completa en la Iglesia triunfante en el cielo, cuando la «Barca» llegue al puerto de la salvación eterna.
 
   «Para sacar a la Iglesia de la relajación y la confusión en que se encuentra universalmente en todos sus niveles, no bastan la ciencia y la prudencia humanas, sino que hace falta el brazo de Dios todopoderoso. Entre los obispos, son pocos los que tienen verdadero celo por las almas. Las comunidades religiosas están relajadas en casi todos los casos, o incluso sin el casi, porque en ellas, en medio de esta confusión, falta la observancia y se pierde la obediencia. En el clero diocesano, las cosas aún están peor y, por lo tanto, se hace necesaria una reforma general de todos los eclesiásticos, con el fin de reparar la gran corrupción de las costumbres que existe entre el clero diocesano».
 
   «Así pues, debemos orar a Jesucristo, de modo que nos dé para dirigir la Iglesia a alguien que, más que de cultura y de prudencia humanas, esté dotado de espíritu y celo por el honor de Dios, y sea totalmente ajeno a partidos y respetos humanos. Si, para nuestra desgracia, tuviésemos un Papa que apenas tuviese los ojos puestos en la gloria de Dios, poco le ayudaría el Señor y las cosas, tal como están en las circunstancias actuales, irían de mal en peor».
 
   «Las oraciones pueden obtener un remedio para muchos males, consiguiendo de Dios que Él mismo extienda la mano y los arregle ... Me gustaría ver reformados tantos desórdenes presentes... En primer lugar, me gustaría que el próximo Papa escogiese, entre aquellos que se le propongan, a los más doctos y celosos por el bien de la Iglesia ... Que se escogiesen cuidadosamente los obispos (de los cuales depende principalmente el culto divino y la salvación de las almas), solicitando información sobre su vida digna y la doctrina necesaria para gobernar las diócesis. Y que, también en relación con los obispos que ya están en sus diócesis, se pidiese discretamente información a sus arzobispos metropolitanos y otras personas, sobre aquellos que apenas se preocupan por el bien de sus ovejas ... Por encima de todo, me gustaría que el Papa devolviese universalmente a todos los religiosos a la observancia de su primitiva regla o constitución, por lo menos en las cosas principales ... No hay nada que podamos hacer al respecto, sino rezar al Señor para que nos dé un Pastor lleno de su espíritu, que sepa llevar a cabo estas cosas que he mencionado brevemente, de la forma más conveniente para la gloria de Jesucristo».
 
   Estas consideraciones fueron hechas el 24 de octubre de 1774 y son de una carta de San Alfonso María de Ligorio al cardenal Castelli, que había solicitado sus comentarios sobre la elección del nuevo Papa y los principales abusos que debían ser extirpados de la Iglesia, teniendo el Cardenal la intención de llevar la carta al Cónclave. Las crisis de la Iglesia no son algo nuevo. La «barca de Pedro» ya ha vencido otras tormentas.
 
   «Pidamos con insistencia al Señor que nos dé un pastor según su Corazón, para que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor y a la verdadera alegría» (Ratzinger, 2005).
 
 


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