Memoria Histórica para todos
 
 
 
El Museo del Ejército: Tercera Parte
 
 
 
 
 
 
3ª PARTE:
EL MUSEO DEL EJÉRCITO EN TOLEDO
 
 
   Francisco Fernández Longoria Pinazo, uno de los arquitectos encargados de la obra,daba en junio de 2011, en ArquiMagazine, esta INCOMPRENSIBLE explicación de lo realizado:
 
“UN NUEVO CONCEPTO DE LA ARQUITECTURA DEL PATRIMONIO”
 
   «Se ha aplicado aquí la doctrina emergente sobre la arquitectura del Patrimonio, según los principios de contextualidad y comportamentismo. Se pasa de los objetos al contexto. Se transmuta el monumento de objeto de la cultura a sujeto de acción social. En este referente, físico y simbólico se superponen, funde lo nuevo y heredado como se hizo a lo largo de los siglos. Se induce un proceso de experimentación del espacio en la visita. Se facilita que el hombre contemporáneo explore el lugar y sus restos, perciba de modo inmediato volúmenes y espacios, asigne valor y memorice sus recuerdos, simbolizando en profundidad el significado del lugar y su capacidad portadora de acción.
 
   Como en toda obra sobre el patrimonio se ha realizado un trabajo triple. La transformación física y espacial del Alcázar rehabilitado y de su ampliación por una construcción potente en el subsuelo. La funcionalidad del concepto de Museo como comunicación entre personas y cosas, en itinerarios de penetración y ascenso sucesivo desde la ciudad. El disfrute de la belleza de una gran caja hueca, ordenadora, con la intencionalidad estética del arte de la tierra y sus objetos encontrados.
 
   Se exponen las transformaciones pasadas y su activación actual, como habitación urbana. Se conforma un diseño de collage, de experimentación de un territorio impregnado de trazas y restos en un espacio de coetaneidad y superposición como avance de una arquitectura que simboliza la roca madre y el paisaje, como natura, y la construcción por siglos de fábricas, estructuras y espacios, como cultura. En este marco vital el intento de progreso en el arte del espacio incorpora la presencia y conducta de los visitantes y su reacción en el recorrido entre cisternas, aljibes, silos y restos y espacios activos del Museo, como expresión más actual.
 
   Diversidad, sorpresa, alternancia de cambios de geometría, dimensión, y tránsito oblicuo por tramos y giros, como diagonales del recinto hueco, culminan con el acceso a la ortogonalidad del Alcázar. Todo queda valorado por luz tamizada de lucernarios y el diedro de planos de mármol traslucido que incorpora la magia de la penumbra y apoya la dicha de conocer.
 
   El conjunto queda conformado en dos composiciones contrapuestas. La Primera Fase, de nueva construcción se materializa en un gran espacio de acogida, hueco bajo la Plaza de Armas. A la gran portada sólida del Alcázar de Covarrubias se contraponen grietas horizontales y verticales que, frente al grito moderno de sacar los museos a la calle, hacen penetrar ciudad, rocas, calles y paisaje dentro del Museo. La luz y las personas atraviesan restos y murallas, percibiendo su técnica constructiva.
 
    El itinerario de giros y ascenso por las diagonales del cubo hueco, en escaleras y rampas a las plataformas y puentes sobre el gran vestíbulo, recorre este espacio procesional entre la malla cuadrada y descontextualizada de las cuarenta columnas en vanos de 8.0 x 8.0 m que soportan el techo de esta sala hipóstila, suelo restituido del Patio de Armas. Se puntúa el paisaje de la roca madre, la arqueología y las fachadas interiores de los nuevos espacios de Exposiciones Temporales y Oficinas del Museo.Incrustados en la roca al nivel de la fachada, el Salón de Actos y Talleres funcionan a horas de Museo cerrado. Debajo, en la gran excavación, invisibles excepto por sus galerías abiertas y con acceso controlado, se han situado talleres, almacenes, servicios e instalaciones que cumplen todos los requisitos tecnológicos y de seguridad de un museo avanzado. Toda la ampliación se construye en estructura sólida de hormigón armado sobre pilotajes singulares y muros de contención de los empujes de las tierras y la propia roca. La edificación está modulada en malla tridimensional de 0,80 m., la antigua vara, a la que se acoplan plantas, alzados y secciones. Al fondo, en el puente superior se perfora la parata norte del Alcázar para penetrar en su estructura simétrica y ortogonal».
 
   La fecha prevista inicialmente para la reapertura era 2007. Finalmente, tras años de retrasos, tras años en los que tanto el Museo como el Alcázar estuvieron cerrados,el lunes 19 de julio de 2010 se inauguraba el nuevo Museo del Ejército de Tierra.
   
El acto estuvo presidido por el Príncipe de Asturias, acompañado por las ministras de Cultura y Defensa,Ángeles González-Sinde y Carmen Chacón,del gobierno de Rodríguez Zapatero. Al día siguiente el nuevo Museo abría al público. El traslado no ha supuesto sólo un cambio geográficosino una reestructuración completatanto del Alcázar como del Museo.
 
   El Alcázar ha desaparecido como tal. El Museo ha visto completamente alterado su planteamiento expositivo, siguiendo, dicen, conceptos museográficos modernos.
 
   La superficie de las nuevas instalaciones duplica la de las antiguas. Sin embargo, el contenido expuesto se ha reducido. Se exponen, en 20 salas permanentes, unas 5.000 pieza sdel total de unas 35.000 con que cuenta el Museo.
 
   En cambio, en la antigua ubicación la mayor parte de las piezas estaban expuestas. Ciertamente, las antiguas instalaciones estaban a rebosar,necesitaban más espacio y una reorganización.Pero lo que se ha hecho ha sido desmantelar el Museo. Los gestores explican que se ha seguido un discurso museográfico que ha seleccionado los objetos más representativos. Pero había colecciones extraordinarias que pierden parte de su valor al no exponerse íntegras, sino sólo una selección de sus contenidos.
 
   De las colecciones completas sólo se exponen muestras,con lo que no se puede calibrar su relevancia. La colección artillera es la más importante del mundo, pero un alto porcentaje de la misma está en los almacenes.
 
   También en los almacenes se encuentra gran parte de las banderas y los uniformes y los cuadros. Todas esas colecciones, forjadas a lo largo de 200 años, únicas en el mundo y reconocidas así por prestigiosos museólogos, como los directores de los Museos Militares de París y Londres, en unos casos se conservan “escondidas” en los almacenes y, en otros, están siendo dispersadas, repartidas entre otras instituciones (de modo que quizás difícilmente se pueda volver a reunirla totalidad de los fondos). Así, lo que era patrimonio nacional desde el siglo XIX está sufriendo un daño irreparable.
 
   Al parecer, los museólogos han asumido que a la mayoría de la gente le aburren los museos, que va a verlos como por obligación en el contexto de las visitas turísticas. Consiguientemente, en los museos se exhiben cada vez menos piezas y más acompañadas de “entretenimientos” ,para que la visita pueda hacerse de una vez y sin excesivo hartazgo.
   
   Los datos oficiales son los siguientes:
 
Fondos expuestos antes del traslado:
 
   En la sede de Madrid: 17.700
   En la sección delegada de Toledo: 5.976
   Total de fondos exhibidos: 23. 676
   Fondos expuestos después del traslado: 4.629
   Diferencia: 19.047
 
   Tantos son los fondos no expuestos que la Asociación de Amigos del Museo del Ejército de Madrid ha propuesto constituir con ellos otro museo en Madrid ,igual que antes había en el alcázar una sección delegada del museo madrileño.
 
   La ministra Chacón declaró en su momento que el Museo sería una referencia por el rigor histórico de sus contenidos. La Real Academia de la Historiase apresuró a contestar en un comunicado que se ha limitado a realizar fichas informativas de las obras sobre Historia Militar que iban a ser expuestas, pero que no ha intervenido en los criterios de selección.
   
   El antiguo museo estaba considerado por los especialistas como el mejor museo del mundo dedicado a la historia militar, especialmente en lo que se refiere a la artillería. El museo era referencia fundamental en el ámbito de los museos militares de todo el mundo. Expertos internacionales en la materia han censurado el cambio. Más de uno afirma que “se ha acabado con el museo de historia militar más importante del mundo tanto por la cantidad como por la calidad de sus fondos”.
 
   El nuevo museo ha recibido muchas críticas por parte de los estudiosos de la Historia Militar. Críticas que se refieren tanto al fondo como a la forma, tanto al contenido como a la instalación, tanto a lo que se muestra (y lo que no se muestra) cuanto a cómo se muestra. También los aficionados se sienten descontentos.
 
   Pérez Reverte escribía al respecto: «Uno de los más espectaculares museos de Historia de España ya no existe. Nos lo han robado. Pasándose por el arrogante forro todas las protestas y argumentos razonables».
   
   En el viejo museo había belleza, conocimiento. La Historia allí estaba viva y penetraba en el visitante directamente. Aquel museo, en su romántico abigarramiento, transmitía una intensa impresión de color, de dinamismo... de vida. El valioso mobiliario que servía de soporte a la exposición madrileña ha desaparecido, sustituido por otro tipo IKEA.
 
   El nuevo museo es sólo “un museo más”. La primera impresión del museo actual es justo la contraria de la que producía su antecesor: aséptica blancura, académica frialdad. El diseño es feo y carente de personalidad. Podría ser un museo de instrumental quirúrgico, un museo de historia de la numismática, un museo de juguetes y maquetas... Un museo cualquiera.
 
   Al entrar se atraviesan las ruinas recién descubiertas (importantes, pero tan imbricadas con las estructuras modernas que carecen de poder evocador). Luego, nada. Salas blancas, paneles, vitrinas... La forma de exponer el material es tal que lo que más impresiona son los largos pasillos y la blancura de los paneles, entre los cuales se adivina que hay algo expuesto. Se eliminan contenidos para dejar sitio a los paneles. Grandes habitáculos desaprovechados. Pocas piezas, desperdigadas y con poca información. Descorazonadores pasillos con aspecto de clínica o tanatorio, y muchos espacios vacíos y blancos. Los objetos se distribuyen de forma desangelada, entre planchas de pladur, en aburridas e insulsas vitrinas. Todo es funcional, aséptico, frío. La sucesión de expositores, repartidos por pasillos interminables y llenados sin un criterio claro, acaba cansando, no consigue mantener el interés.
 
   El latido de la vida está ausente. Eso sí, hay pantallitas interactivas para saber cómo es un castillo virtual, y cosas así. Muchas piezas no son sólo un objeto antiguo, sino que tienen su propia historia. Esa historia no se cuenta. Los muchos y relevantes hechos bélicos de la Historia de España pasan desapercibidos. El itinerario es laberíntico. Un batiburrillo de pasillos y pequeñas salas, en los que se acaba por no saber qué es lo que se está viendo. Los visitantes deambulan algo perdidos, preguntándose si no se estarán saltando lo más interesante. El sistema expositivo y los recorridos son confusos, es difícil seguir un criterio. Hay, eso sí, muchos empleados, azafatas, vigilantes... Los visitantes les consultan constantemente, porque cuesta orientarse. En realidad, pese a lo muchísimo que debe haber costado, todo tiene un cierto aspecto de pobreza, de provisionalidad, de exposición temporal.
 
   Feos expositores que no constituyen un marco adecuado ni se corresponden con un edificio como el alcázar. Es como recorrer una gigantesca e insulsa oficina bancaria, en algunos de cuyos rincones se hubieran colocado maniquíes vestidos de uniforme.
 
   Se trata de un museo descafeinado, organizado con arreglo a eso que llaman "nuevos criterios museísticos". Un discurso museológico adaptado a los nuevo tiempos. La decisión – seguramente politizada – de los técnicos museográficos fue la de ser escuetos y minimalistas a la hora de explicar las hazañas bélicas. Mucha misión humanitaria y poca guerra. El museo de lo políticamente correcto. Un Museo del Ejército dedicado a intentar minimizar la presencia de la guerra es un absurdo histórico.
 
   Se pretende hacer un recorrido didáctico. Pero ¿qué se pretende enseñar? La información es escasa. En vez de ser un museo riguroso y “serio”, parece tener cierta deriva, en contenido y enfoque, hacia un público juvenil.
 
   En la “Tienda” no hay gran cosa que comprar, cuesta encontrar algo interesante ;nuevamente, lo que se ofrece parece ir destinado en buena parte a un público infantil. Nada en este museo transmite vida ni nobleza. Lo simbólico, lo heroico, lo vital, ha desaparecido.
 
   No hay por qué dar el mismo trato a todos los museos. Un museo del ejército ha de hacer referencia a lo heroico, a los sacrificios y las hazañas, a las grandes figuras del combate. En cambio, en éste más bien se les oculta, como si no hubiera de qué enorgullecerse. De algún modo, un auténtico museo militar trasciende el aspecto meramente museístico, constituye un compendio de la Historia de la nación. Eso es especialmente cierto respecto a España, cuya Historia es tan larga y tan rica y en la que se incluyen numerosos y brillantes hechos de armas.
 
   El museo de Madrid respondía a un concepto romántico de museo. ¿Por qué todos los museos han de seguir el mismo plan? El General Álvarez Carballa, último de los directores del museo en su antigua ubicación, en 2012 manifestaba en la revista Militares, refiriéndose al nuevo museo: «Un museo militar tiene que ser capaz de crear un clima,un ambiente, una emoción,sin faltar al rigor científico o a la Historia.Me parece que no se ha conseguido».
 
   Para defender el traslado, se ha aportado, como argumento de peso, el aumento del número de visitas que recibe el museo desde el cambio de sede. Sin embargo, las visitas al museo madrileño sólo empezaron a disminuir en 1999, cuando comenzaron a cerrar salas, se rompió la relación con colegios y asociaciones y se suprimieron exposiciones y actos culturales. Por otro lado, un museo del ejército no es un tipo de museo de afluencia masiva, pero el criterio meramente numérico no puede justificar su destrucción.
 
   Cuando el Museo del Ejército estaba en Madrid recibía menos visitas que ahora, pero eran visitas de interesados en la Historia Militar, no de turistas que lo que quieren es ver el Alcázar, para lo que no les queda más remedio que entrar en el nuevo Museo, aunque no les interesa. A aquéllos a los que gusta la Historia Militar no les gusta este nuevo museo. El Museo del Ejército se ha convertido en un lugar de paso para los turistas que van a visitar el Alcázar. Dicen que las visitas al Museo del Ejército han aumentado desde que se abrió en su nueva ubicación. Pero no es cierto.
 
   Son muchas las visitas, sí ,pero ya antes eran muchas las visitas al Alcázar. Muchos de los que se computan como visitantes del Museo son en realidad visitantes del Alcázar, a quienes lo que menos interesa es el Museo como tal. La mayoría de los visitantes no son visitantes del Museo sino del Alcázar. Su número sería el mismo aunque no existiera el Museo. Muchas de esas visitas forman parte de circuitos turísticos por la ciudad. Van, como antes, a visitar el Alcázar ,y entran en el Museo del Ejército porque eso es lo que hay ahora en el Alcázar. Muchos de los visitantes pasan por las dependencias del Museo apresurados y más bien aburridos. Preferirían ver las lóbregas salas antiguas a estas estancias con aspecto de aséptico quirófano, preferirían ver el antiguo museo del asedio en vez de la actual sucesión blanca de pasillos y vitrinas. Muchos de ellos lamentan que las antiguas dependencias hayan sido tan modificadas y ocupadas por las instalaciones del Museo. Los que ya habían visitado el Alcázar con anterioridad, se quejan con añoranza de que ya no exista nada de lo que recordaban y no les satisface el cambio; evocan los antiguos sótanos, que fue lo que más les impresionó en su momento. Muchos salen decepcionados, frustrados, irritados. Aburridos, también, porque lo que han visto no era lo que querían ver y esas vitrinas con cuchillos y pistolas no les han despertado el menor entusiasmo.
 
   Alguno recomienda a los que aún no han visto la reforma: “No vayas, quédate con el recuerdo”. Muchos dicen que, de haber sabido lo que se iba a hacer, habrían ido a visitar el Alcázar una vez más, para verlo por última vez antes de que lo destruyeran. Incluso los que no habían estado antes, también esperaban otra cosa y afirman que habrían preferido verlo como sus padres les habían contado que era. Muchos de los visitantes del Alcázar como edificio salen desilusionados, porque aún confiaban en que las antiguas instalacione sse hubieran conservado. Y muchos de los visitantes del Alcázar como Museo del Ejército salen desilusionados también. Para los que no conocían el viejo museo madrileño, éste es un museo más que puede gustar más o menos. Pero los que sí habían conocido las anteriores instalaciones, ante este blanquísimo y aséptico nuevo museo experimentan una mezcla de tristeza y rabia. La instalación actual no gusta a casi nadie.
 
   A los que ya conocían ambos museos (el del Ejército de Madrid y el del Asedio de Toledo) la visita al nuevo los deja frustrados. A los que no conocían los anteriores, la visita se limita a producirles aburrimiento. La mayoría de los visitantes salen cansados y desencantados.
 
   Los camareros de los restaurantes próximos te confirman que la impresión mayoritaria es de desagrado e insatisfacción. Los mismos empleados del Museo, a poco que hables con ellos, se lamentan de lo mucho que se ha cambiado el edificio y de que se haya eliminado el Museo del Asedio. El “antiguo” alcázar impresionaba, transmitía una mezcla de fascinación y miedo. El “nuevo” alcázar deja indiferente (aparte el enfado y la pena por el cambio). Por mucho que sus diseñadores insistan en el carácter “didáctico” del nuevo alcázar, se aprendía más en el antiguo. Los niños que veían aquellas salas en ruinas no las olvidaban; incluso sin saber de qué se trataba, comprendían que allí había ocurrido algo terrible.
 
   Suelos, paredes, techos y escaleras, la penumbra,  la humedad, el paritorio, la mesa de operaciones, los restos cochambrosos de lo que se vivió allí... Antes sentías la historia del lugar. Ahora simplemente es un lugar en el que se expone algo. Lo que ahora se ve, tal como está expuesto, se puede exponer en cualquier edificio. Un museo planteado como una sucesión de salas muertas puede ubicarse en cualquier sitio, pero cuando entrabas en el antiguo alcázar entrabas en la Historia, se podía sentir lo que allí se vivió, lo que vivieron allí antepasados nuestros. El Alcázar había conservado durante todo el siglo XX espacios y piezas relacionados con el asedio, en perfecto estado e in situ, lo que le daba un gran valor histórico. Ya no hay nada. El episodio del alcázar trasciende (o debería trascender) las cuestiones de bandos políticos.
 
  Los hechos de guerra tienen un valor en sí mismos, más allá de las consideraciones políticas. Muchos visitantes lo ven así y lamentan que se hayan eliminado los vestigios de lo ocurrido. Vestigios que formaban parte de la historia y ayudaban a comprenderlo que es un asedio y lo que es una guerra. Ahora esas “pruebas de la historia” han desaparecido. En el Museo se exponen, procedentes del Museo del Asedio, una olla y un molinillo de campaña, explicados en los letreros como “olla” y “molinillo de campaña”, junto a la Harley con la que los sitiados molían el trigo, que es explicada en su letrero como “moto”. Fuera de lugar, ya es sólo una moto vieja sin interés.
 
   Los sótanos donde vivieron los sitiados y donde se podía contemplar el quirófano y el paritorio, la capilla, el horno y los aljibes,han sido embaldosados y totalmente remodelados. En lo que era la enfermería, ya inexistente, está ahora la sala de banderas del actual Museo. Estas reformas son las que más decepcionan a los visitantes. El alcázar ha quedado invisible tras las planchas blancas. No hay ninguna placa junto a la reja de la cripta que indique que allí están enterrados Moscardó y muchos de los defensores del alcázar. La cripta no puede visitarse.
 
   La intención inicial había sido eliminar también el despacho de Moscardó, el despacho del director de la Academia de Infantería que ocupó Moscardó durante el asedio. Finalmente, más por presión popular que por otra cosa, se ha conservado. Al principio se expuso vacío, sólo cuatro paredes desconchadas y con agujeros de metralla. Pero, al cabo, parte del mobiliario se ha repuesto. Se han eliminado algunos elementos de la decoración y la placa que recogía la conversación entre padre e hijo;también se ha suprimido el audio que la reproducía en varios idiomas.
 
   Sí se muestra la página del “Diario de operaciones del asedio” en que se alude a este diálogo. Cuando se inauguró el nuevo Museo, Federico Fuentes Gómez de Salazar, de 92 años, quizás el último superviviente de los defensores del Alcázar, general de Brigada retirado, que fue director del Museo del Alcázar, relataba en su casa de Toledo a la prensa que, aunque el historiador Paul Preston había cuestionado la veracidad de la conversación entre el Coronel Moscardó y su hijo, él la presenció y, con él, un grupo de gente, y que el telefonista escuchó a ambas partes.
 
   En las paredes del despacho, cuelgan algunas fotografías del asedio y los retratos de los directores de la Academia de Infantería, desde 1875 a 1936. El despacho se conserva, pero tan descontextualizado que resulta difícil de entender para quien no conozca la historia. Aunque el despacho puede visitarse, no figura en la guía ni hay indicación alguna que lo señale, y no es fácil encontrarlo: hay que preguntar por él. El acceso se encuentra en una esquina del pasillo dedicado a la Guerra de la Independencia, en el torreón suroeste del Alcázar. No era ésta su puerta principal, que se halla en la galería que da al Patio de Armas, pero aquí nada indica a dónde da esa puerta. Y resulta que este despacho se ha convertido en uno de los mayores atractivos del nuevo Museo, en la pieza más visitada, hasta el punto de formarse colas para verlo. Hay frustración por no poder escuchar la vieja megafonía.
 
   En suma: Se han desmantelado dos museos: el del Ejército y el del Alcázar. (Al mismo tiempo, en Barcelona han destruido el museo militar de Montjuich, con el proyecto de convertirlo en “Museo de la Paz”) Además, el del Ejército no era sólo un museo militar, sino un Museo de Historia de España. Se dice que en Inglaterra se han alegrado de lo ocurrido con el museo español, pues ahora es el suyo el mejor museo militar del mundo. Cuentan que algún representante del Museo del Ejército británico ha afirmado que sólo España y Gran Bretaña disponían de museos que contuvieran un compendio de su Historia y que, tras la reestructuración del museo español, el británico ha pasado a ser el primero del mundo. Con las magníficas salas del Buen Retiro, sobre las que, según los historiadores anglosajones ,se podía recuperar parte del Palacio, hoy no se sabe qué hacer. El edificio de momento se utiliza para exposiciones ocasionales.
 
   Tras la apertura del nuevo museo del alcázar, en 2012 se procedió a cambiar los nombres de las calles adyacentes: Tras las ineludibles polémicas, la calle Alféreces Provisionales se ha convertido en calle de la Paz y la calle General Moscardó es ahora Cuesta de los Capuchinos.
 
 
   No es mal emplazamiento, para un museo del ejército, la ciudad de Toledo. No es mal emplazamiento, el edificio del alcázar. Para Toledo, es bueno disponer de un museo de alcance nacional. El problema no está ni en la ciudad ni en el lugar, sino en cómo se han hecho las cosas, destruyendo el alcázar, que desaparece tras pantallas blancas, destruyendo el museo del asedio, que formaba parte de la historia, destruyendo la esencia del museo del ejército, destruyendo su espíritu. Con el alcázar como marco, se podía haber hecho un museo espectacular. Reflejo del larguísimo pasado común (guerras civiles incluidas). Pero lo que se ha hecho ha matado toda vida. Los fantasmas del viejo alcázar, desde luego, han desaparecido. Los espíritus del viejo museo del ejército también han muerto. El nuevo es muy blanco y está muy aseado, pero carece de espíritu. No transmite nada. Seguramente, si se quisiera, el museo podría reestructurarse, se podría intentar dotarlo nuevamente de espíritu.
 
 
 
 
 
 
 
 


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