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El Valle de los Caídos: Cuando la verdad resulta sonrojante

Fernando Paz

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   Hace unos días, el juzgado de San Lorenzo de El Escorial –en una decisión cuando menos irresponsable- autorizó la apertura de los osarios de la Basílica del Valle de los Caídos, contraviniendo los acuerdos adoptados por Patrimonio Nacional y frente a la evidencia de que las personas cuyos restos se reclaman no figuran en ninguno de los listados de traslado a estos enterramientos, ni tan siquiera en el mapa de fosas elaborado por el Ministerio de Justicia.

   Además, la búsqueda en los columbarios para su identificación supondría la manipulación de otros restos humanos, lo que violaría los derechos de los familiares de estos, incurriendo en un delito de profanación tipificado en el artículo 526 del Código Penal. Los informes forenses, como ha recordado la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos, han dejado clara la imposibilidad de identificación por su “complejidad extrema, dado el elevado número de individuos, la ausencia de controles definitivos en los columbarios”, lo que supondría un “estudio antropológico muy complejo por el elevado número de individuos y mezcla de restos óseos”.

   A la vista de los argumentos, la pugna debería darse por cerrada. Y, sin embargo, no es así porque, en definitiva ¿quién ha dicho que lo que aquí importe sea la razón?

   Parece evidente que la reclamación no es más que el enésimo ataque por parte de las asociaciones de la Memoria Histórica, en una obscena utilización de las víctimas que sólo busca reabrir la polémica. Una interesada polémica alentada, a su vez, por ciertos desahogados –si en su día davides frente a goliaths, hoy perezosos bufones- acaso porque la vida les sería insoportable sin la permanente adulación de los hierofantes.

Un buen puñado de mentiras

   Digámoslo con rotunda claridad: todo el relato oficial referente al Valle de los Caídos es una enorme mentira en sí mismo. Dicho relato oficial, por resumirlo, viene a decir que el Valle de los Caídos fue construido por unos veinte mil presos políticos mantenidos en un régimen de esclavitud, para levantar el mausoleo en el que habría de ser enterrado Franco; la faraónica obra –que habría costado una gran cantidad de muertos- exigió una ingente cantidad de dinero al Estado en una época en la que el país era pobre, para conmemorar, en definitiva, la victoria de media España sobre la otra media.

   Bien, pues todas las afirmaciones que contiene dicho relato son falsas. En primer lugar, una necesaria precisión numérica, porque el Valle de los Caídos no fue construido por esas dos decenas de miles de presos políticos, sino que, entre los 3.000 que participaron en su construcción, el porcentaje de presos rara vez pasó del 50%, alcanzando un total de 2.000 a lo largo del tiempo. Diez veces menos que la cifra que quiere la propaganda. Los presos políticos, además, colaboraron en las obras sólo entre 1943 y 1950 (hay que tener en cuenta que estas comenzaron en 1940 y concluyeron en 1959), y durante los ocho primeros años no se produjo una sola muerte. El dr. Angel Lausín, médico de las obras, contabilizó un total de 15 accidentes mortales entre 1943 y 1962, tanto de presos como de trabajadores libres, lo que representa una cifra ciertamente baja para obras de este tipo durante tanto tiempo.

   En cuanto al régimen de esclavitud, baste con decir que quienes trabajaron en el Valle de los Caídos lo hicieron de forma completamente voluntaria, lo que no resulta extraño: se llegaba a redimir hasta seis días de condena por cada uno de trabajo, y las actividades culturales, la lectura de libros o y hasta la observación de una conducta piadosa, servían para acortar la condena.

Los presos cobraban un jornal que era muy semejante o idéntico al de los trabajadores libres, y la alimentación –de buena calidad por todos los conceptos, y más en la España de la época- era la misma; el gasto diario de esta partida por preso era de 7 pesetas, mientras que en los cuarteles no llegaba a 6. Su jornada también era la misma, y cobraban las horas extraordinarias y el destajo exactamente igual que los trabajadores. Para los turnos de noche incluso se pedía la conformidad de los reclusos. La labor más dura y peligrosa, además -la perforación de la cripta- fue realizada por trabajadores libres.

   Las autoridades facilitaron la escolarización de los hijos de los presos, y a los trabajadores -algunos de los cuales eran antiguos presos- se les recolocó cuando se terminaron las obras y se les facilitó la obtención de viviendas en Madrid.

   Los domingos por la tarde no se hacía recuento de presos para no molestar a las familias que estaban de visita, lo que algunos aprovecharon para fugarse, pese a lo cual no se alteró la costumbre. En verano, la población aumentaba notablemente por los parientes que se establecían en las viviendas de los presos, que en ocasiones incluso bajaban a El Escorial sin vigilancia, según testimonio de penados comunistas. Muchos de ellos continuaron como trabajadores en el Valle de los Caídos una vez cumplida su condena.

   En cuanto a la financiación, el Valle de los Caídos no supuso el desembolso de una sola peseta de dinero público. El 75% de su coste se financió con el sobrante de las donaciones voluntarias al bando nacional durante la guerra civil y el 25% restante salió de dos sorteos extraordinarios de Lotería Nacional que tuvieron lugar a partir de 1957.

   Y por cierto, que Franco jamás pensó en ser enterrado allí. Disponía de un panteón en el cementerio de El Pardo, que había adecuado convenientemente porque su diseño primero le parecía excesivamente ostentoso. Por tanto, el Valle de los Caídos no fue concebido en absoluto como su mausoleo ni nada que se le parezca. Si hoy el Caudillo se encuentra allí enterrado fue por decisión de Juan Carlos I (a instancias de Arias Navarro) , un par de semanas antes de que tomase posesión como jefe de Estado.

   Precisamente porque no estaba previsto el entierro de Franco, hubo que hacer un hueco a toda prisa en la parte trasera del presbiterio. Y como, lógicamente, no se disponía de una lápida adecuada, se recuperó una que había sido desechada cuando se enterró a José Antonio en 1959, por lo que la lápida de Franco tiene inscrito el nombre del fundador de la Falange por el reverso.

   En mayo de 1958 se publicó en toda la prensa nacional una nota referida a la finalidad de la construcción del Valle de los Caídos: en ella se manifestaba la intención de acoger a todos los caídos “sin distinción del campo en el que combatieron, según exige el espíritu cristiano que inspiró aquella magna obra; con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica.” Es decir, que estuvieran bautizados, lo que equivale decir, en la España de entonces, a todos. Una reconciliación a la sombra generosa de la Cruz, desde luego.

   La comparación entre quienes, con una guerra civil aún fresca en la memoria, quisieron la reconciliación, y quienes alientan el odio inextinguible del resentimiento ochenta años más tarde no puede ser más sonrojante.

 
 
 


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