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El día de san Nelson
 
Kiko Méndez-Monasterio
 
 
 
Ningún análisis político o histórico podía oscurecer la fiesta largamente esperada.
 
   Desconozco las razones de que a la canonización deMandela no hayan acudido muchos sudafricanos. El estadio donde se celebraba no ha llegado a los tres cuartos del aforo, y en los otros campos que se habían habilitado no han acudido más de doscientas personas. Casi movía más gente el Numancia en aquellos años de su gloria copera. Curiosa alguna crónica del periodismo nuestro, que dice que el pueblo se ha volcado con los actos “como demuestran los cinco días de luto oficial”. Es igual que decir que los españoles somos muy generosos porque le damos la mitad de nuestra renta al fisco. Probablemente el periodista cae en el error por puro fervor mandeliano, porque aquí sólo nos llega el mito, la aureola, el icono, su número de preso.
 
   Desconocemos bastante la labor política que Mandela y su partido desarrollaron más allá del fin del apartheid, y la verdad es que si preguntas a expertos más de uno tuerce el gesto, porque al parecer Sudáfrica no se ha convertido en la tierra de la libertad. Yo, ni idea. Pero lo que era evidente es que ningún análisis político o histórico podía oscurecer la fiesta largamente esperada, la proclamación del día de San Nelson. Por eso de los oligarcas no ha faltado ni uno. Y de su mano poderosa, convertido Soweto en una pasarela, acudió en pleno la beautiful people planetaria, ese bolchevismo de privilegiados que junta a príncipes, aventureras, rockeros y guapas oficiales, las que ya sólo tienen que dedicarse a las actividades oenegeras, que en eso consiste la primera división de las escort.
 
   La verdadera biografía de Mandela ya no interesa a nadie. Hace tiempo que fue sustituido por la marca, que se la disputan sus nietos a dentelladas, porque la silueta del político sudafricano pronto va a ser más explotada que la foto de la boina de Che Guevara. Todo acaba en comercio, como advertía don Colacho Gómez Dávila. Lo cierto es que Mandela ya es un producto universal, y desde mañana se pueden vender camisetas con su estampa lo mismo en la sede de cualquier Partido Comunista que en el Vaticano o en la Gran Manzana. De hecho es probable que ayer asistiéramos a la primera gran ceremonia religiosa del mundialismo, una liturgia sincrética capaz de reunir a Obama –el de Guantánamo y los espías– con Castro –el de los fusilamientos y los presos políticos–, todos hablando de paz y amor, como si los hippies se hubieran vuelto ricos, poderosos y viejos. También dice don Colacho que cuando el católico se defiende mejor del vicio que de la herejía, ya es poco cristianismo el que queda en su cabeza.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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