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El espíritu rupturista: el caso Añoveros

José Alfredo García Fernández del Viso, licenciado en Historia

A principios de 1974 el sistema anterior al actual proseguía su curso, basándose como desde su formación hizo en el bienestar de todos los españoles profundizando sin descanso en las medidas sociales más beneficiosas, a la vez que luchaba por conservar una paz duradera pero que comenzaba a tambalearse con asesinatos terroristas respaldados por los autodenominados como “luchadores de la democracia”.

Sin embargo desde dentro del propio sistema emergieron enemigos al mismo, ya que el militar ejemplar, el estadista magnánimo, el Jefe del Estado se encontraba al final de su ciclo vital.

El dos de enero de 1974 asume la Presidencia del Gobierno tras el brutal asesinato del almirante Carrero Blanco, Carlos Arias Navarro, jurando su cargo en presencia de Francisco Franco y del presidente del Consejo del Reino, Rodríguez Valcárcel. Entre sus ministros cabe mencionar a José Utrera Molina, fiel al pensamiento de José Antonio y por ende de Franco, así como a personajes como Pío Cabanillas o Fernández Sordo.

En un discurso ante el pleno de las Cortes, el 12 de febrero de 1974, Arias Navarro desgrana las líneas a seguir por su gobierno, haciendo sumo hincapié en la creación de asociaciones políticas, pero siempre inspiradas en los principios del Movimiento Nacional. Por aquel entonces este discurso que recibió el título de “el espíritu del 12 de Febrero”, fue tomado por parte de algunos miembros del gobierno como una plataforma para dinamitar con el paso del tiempo el sistema franquista.

Muchos de los llamados franquistas, en connivencia con las fuerzas opositoras creyeron ver en él la puerta hacia el final de un régimen, pensaron que la voladura de Carrero continuaría con otro tipo de voladura más controlada desde dentro.

Pero nada más lejos de la realidad, Carlos Arias, alcalde de Madrid en su tiempo, entre 1965 y 1973, era una persona fiel a su juramento, que no era otro que el de fidelidad hasta las últimas consecuencias al Jefe del Estado y al Movimiento Nacional.

Evidentemente el discurrir inexorable del tiempo hace cambiar las perspectivas del momento, y España no era ajena a ello. El ascenso de la sociedad española era imparable desde hacía décadas, la incorporación de la nación a organismos internacionales fue altamente positiva, y la modernización del país fue un hecho. Sin embargo, todas estas vicisitudes realmente provechosas, no fueron entendidas como se debiera, los males que tanto daño habían causado a nuestra patria y que fueron apartados en el olvido por Francisco Franco, volvieron a hacer acto de presencia impulsados por muchos, los cuales antaño habían levantado su voz en pos del resurgimiento nacional.

Algunos de los apoyos dónde el movimiento nacional se había sustentado comenzaban a agrietarse, fruto de confusiones ante el avance de los tiempos. Muchos de aquellos que tiempo atrás clamaban por una gran nación, consciente o inconscientemente comenzaban a traicionarla, iniciaban el principio del fin, en definitiva, las deserciones y los desagradecimientos hacían su irrupción sin pensar en sus consecuencias, aderezado todo ello con profundos desconocimientos hacia dónde intentaban acercar al sistema.

Uno de los apoyos fundamental del sistema franquista desde la Cruzada fue el de la Iglesia Católica. La religión católica intentó ser exterminada de la faz hispana a través de medios de todo tipo, proliferando los criminales. No debemos olvidar el ejemplo que “los mártires” nos han legado, ellos entregaron su vida por la fe en Cristo y por una gran patria, España. Las torturas, violaciones a religiosas, quemas de iglesias y asesinatos de católicos, fueron una constante durante la democracia republicana, jactándose muchos de sus líderes por ello. Sin embargo Franco consciente de tales atrocidades, sabedor de que Occidente existe gracias a la gran obra de la cristiandad, no sólo puso coto a las barbaridades citadas, sino que sitúo a la Iglesia en España en un lugar preponderante con atribuciones vastísimas, tanto de índole cultural, educativo, político o social. Pero ello no fue óbice para que esos enemigos infiltrados en el sistema franquista, también lo hicieran dentro de la Iglesia Española.

Jesucristo le dijo a Pedro: “Tú eres Pedro, sobre ti edificaré mi Iglesia, y los males de este mundo no prevalecerán sobre ella”. Dichas palabras proféticas, en España estuvieron a punto de no cumplirse, ya que los males se infiltraron en ella con una virulencia más que notable. Muchos clérigos abominaron de sus mártires, comenzaron a abrazar extrañas posturas basadas en el marxismo y el separatismo más feroz, llegando a defender públicamente a los asesinos por encima de las víctimas. Era la consigna extendida desde las altas jerarquías eclesiásticas del momento, monseñor Montini, conocido como Pablo VI ayudó, no sé si consciente o inconscientemente a proseguir con la voladura del sistema franquista, si bien es cierto tras la muerte de Franco llegó a decir; cuánto me he equivocado con este hombre.

Prueba de todo ello, es que en 1962 monseñor Montini, a la sazón cardenal de Milán pide clemencia a Franco ante dos terroristas barceloneses que habían colocado varios artefactos explosivos causando gran cantidad de heridos. Vuelve a repetirse más adelante, concretamente en septiembre de 1975 ante la ejecución de dos activistas etarras dónde solicita clemencia para los mismos, olvidándose de las viudas y huérfanos que causaron.

En 1972 Vicente Enrique y Tarancón sucede a monseñor Morcillo como arzobispo de Madrid y como presidente de la Conferencia Episcopal Española.

El cambio es substancial, tal es así que al año siguiente, es decir, 1973 la Conferencia Episcopal publica un documento titulado, La Iglesia y la comunidad política, dónde se pide una retirada de los contactos entre Iglesia – Estado. En él mismo se crítica la política llevada por Francisco Franco en su respectivos gobiernos, olvidando la salvación del catolicismo producida por Franco, obviando los principios católicos firmes sobre los que se sustentaba el sistema franquista y dando la espalda al hombre salvador de las esencias de Occidente.

Los casos de rebeldía protagonizados por sacerdotes y religiosos hacia las esencias patrias eran constantes en estos años, ya que no debemos olvidar la unión surgida entre lo divino y el ser mismo de España. Todo ello nos lleva al 24 de febrero de 1974, la diócesis de Bilbao regida por Monseñor Añoveros Ataún siguiendo las consignas anteriormente citadas, publica una pastoral racista y separatista dónde apoya las tesis de la incipiente banda de asesinos, ETA. En ella habla del “problema de las minorías étnicas” y “el derecho de los pueblos a conservar su identidad”. Llega a escribir lo siguiente: “en las actuales circunstancias, el pueblo vasco tropieza con serios obstáculos para poder disfrutar de sus derechos. El uso de la lengua vasca, tanto en la enseñanza, en sus distintos niveles, como en los medios de comunicación, está sometido a notorias restricciones. Las diversas manifestaciones culturales se hallan sometidas también a un discriminado control”.

Monseñor Antonio Añoveros Ataún, no era ni tan siquiera vasco, ya que nació en Pamplona el 13 de junio de 1909, previa a su llegada a la diócesis vasca fue Obispo de Tabuada entre 1952-1964, y de Cádiz entre 1964-1971, para continuar desde ese último año en Bilbao hasta su muerte acaecida en 1987.

El sistema franquista siempre apoyando a la Iglesia por ser la piedra angular de la cristiandad, es zarandeado desde sus propias entrañas de un modo inusual. Mientras caen asesinados militares y españoles de bien, muchos miembros de la Iglesia se colocan del lado de los verdugos, llegando en aquellos momentos a cobijar en sus templos a pistoleros y a asesinos comunistas-separatistas so pretexto de entenderlos como “luchadores de la libertad”. Ante tales hechos el gobierno presidido por Arias Navarro tuvo que actuar de un modo ejemplar ya que tales palabras fueron entendidas como un ataque a la unidad nacional de España y como una clara incitación a la confrontación ciudadana.

Por ello se intentó que el obispo de Bilbao, monseñor Añoveros y su vicario general, monseñor Ubieta, abandonaran su diócesis durante un tiempo, para que de esta forma las huestes separatistas no se vieran respaldadas desde dentro de la misma Iglesia. Ante ello el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Tarancón, intervino por mediación del Papa Pablo VI para apoyar a los obispos díscolos vascos, en un claro espaldarazo hacia los enemigos de la civilización cristiana.

Los católicos intachables regían la Jefatura del Estado español, sin embargo para las altas instancias de la Iglesia de entonces, ellos eran los enemigos, y los que volaban vehículos oficiales a azoteas de edificios con personas reventadas dentro, eran los amigos. Tras una estancia en Torremolinos y Barcelona, los citados obispos vascos tras varias reuniones entre Tarancón y los ministros Cabanillas y Cortina, regresan a su diócesis, prosiguiendo misa tras misa con sus proclamas ofensivas e independentistas. Francisco Franco en esos momentos comenzaba a estar enferm,o fruto de su edad, lo rodearon personas de cara a la galería fieles al pensamiento nacional, pero sin lugar a dudas eran realmente fieles a los enemigos de la civilización cristiana. Los consejos de los mismos hacia la figura del Jefe del Estado, no eran tales, sino más bien trataban de desmontar el entramado franquista para colocarnos en la órbita de otro sistema, “la dictadura demo liberal” imperante.

Faltaban aún 20 meses para el fallecimiento del Caudillo, pero esos enemigos de los que él propio Franco nos alertó en su testamento, ya estaban atestando las entrañas del sistema y sus apoyos. Como digo, eran conscientes del pronto final del Jefe del Estado, por lo que las lealtades y fidelidades se transformaron en otro tipo de compromisos, los cuales el actual sistema supo premiar y ¡de qué manera!

 

 

 

 

 



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