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En dignidad nacional, por Honorio Feito
 
 
 
Honorio Feito  
La Patria no es una marca, es una unidad de destino en lo universal, que armoniza el fin de la misma con la universalidad y el fín último sobrenatural y transcendente del hombre. Para los españoles sobre la misma lengua, sobre la variedad de las lenguas, está la unidad en nuestro último destino, donde todo nos cabe, desde el inicio en Covadonga, el crecer de Castilla y Aragón al Imperio, llevando nuestra vida común al destino más allá de las estrellas a los diversos continentes.    
 
 
 
   Algunos observadores tildan al gobierno del Partido Popular, que actualmente dirige (¿dirige?) los destinos de España, de continuista con la política llevada a cabo por el último gobierno socialista, “la losa” dicen algunos otros, de Rodríguez Zapatero. Continuista en varios frentes, lejos de haber llegado al poder dispuesto a poner las cosas en su sitio que es, por otra parte, lo que la gran mayoría de españoles les había pedido. De ahí la gran decepción para la mayoría de los españoles. En mi anterior artículo, subrayé el único gesto positivo, a mi entender, que tal vez ha tenido el señor Rajoy, como presidente del Gobierno, al no haberse dejado convencer para pedir el tan cacareado rescate, evitando así la entrega de la gestión de lo poco que aún nos queda, a manos de los especuladores extranjeros que, sin que nadie se engañe, no son más exquisitos que los nuestros.       
 
   Los ministros aluden a la marca España como quien lo hace a una marca de coches, de lavadoras o de bebidas. Es, probablemente, un medidor del sentimiento que nuestros políticos, y por ende, muchos de los españoles, tienen sobre el sentimiento patriótico.      
 
   A lo largo de la Transición, los diferentes gobiernos de turno, de los dos partidos que, principalmente han ejercido el poder, aunque por causas diferentes, se han dedicado a destruir toda la simbología patriótica, haciendo que los españoles rechazaran cualquier manifestación que llevara a ensalzarla. Desde la clase política hasta los aprovechados de turno –los pseudointelectuales de corte liberal que incluye a escritores, cineastas, artistas, los llamados más tarde a pertenecer al club de la ceja, por supuesto que periodistas y otros sabelotodo- han etiquetado, mofado, ridiculizado y tildados de retrógrados, fachas, y demás lindezas a cuantos han pretendido defender los símbolos de identificación de la Patria. El único contrapunto eran las manifestaciones del 20-N, con una exhibición de la Bandera Nacional expuesta con orgullo y elevada autoestima por ser y sentirse españoles, y desde entonces, tal vez es el Ejército y La Guardia Civil quien todavía mantienen en su día a día ese compromiso de fidelidad con la Patria y lo que representa: una sociedad, una historia, una Bandera, un Himno, unos objetivos comunes…       
 
   Todo lo que significa, y no es poco, el término Patria, más, incluso, que el de Nación, se ha quedado reducido a eso que llaman la marca España, un producto de manufacturación exento de sentimientos como referencia del desánimo nacional.      
 
   El término Patria no existe, no se utiliza, está en desuso por parte de quienes deberían exponerlo y compartirlo y a todo lo más que llegamos es a la marca España, con la que pretenden algunos convencer a los mercados porque a eso se reduce todo, al mercadeo y así nos va. Incluso la reciente imputación de la infanta doña Cristina ha pasado por el tamiz de la marca España, al que se han sumado los especuladores para valorar si ayuda u obstaculiza a la marca España, reduciendo nuestra honorabilidad como pueblo a una mera especulación mercantil. Si esto es capitalismo puro, por mí, se puede ir por la misma puerta que el comunismo sovietizado.    
 
 
 
 


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