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En memoria de mi abuelo, Alférez Provisional
 
 
 
Mario Utrilla Trinidad
 
 
   Vino al mundo mi abuelo en 1911, en una humilde población rural de la provincia de Cáceres. Minusválido de nacimiento, tuvo que acostumbrarse desde bien pequeño a caminar con sus prótesis metálicas para seguir el ritmo y los juegos de los demás niños de su edad. Todos los años tenía que recorrer los casi trescientos kilómetros que le separaban de Madrid. Allí era atendido por los médicos, que le ajustaban los aparatos y revisaban la evolución física de sus débiles piernas. Aprovechaba las agotadoras jornadas de viaje para hacer los deberes de la escuela y aprender de todas aquellas intensas vivencias que acontecían frente a él, era un estudiante aplicado en tiempos revueltos. Fue creciendo, y consiguió liberarse de las ataduras que mermaban sus extremidades. Comenzó a estudiar la carrera de Medicina motivado por las muchas horas que había pasado entre galenos. Gracias a tener que acudir a una de sus revisiones medicas, salvó la vida al estallar la Guerra Civil. Logró regresar sano y salvo a casa para enterrar a su padre víctima de la contienda, y hacerse cargo de sus seis hermanos menores. 
 
   Fue nombrado Alférez Provisional y destinado al frente como médico. Allí, salvo la vida de muchos compatriotas de uno y otro bando. Y vio cómo la perdieron tantos jóvenes españoles. “¡Cómo se desangró España!”, me contaba. Nunca pegó un tiro, pues sus armas eran la quinina y la aguja e hilo de sutura. En la enfermería militar conoció a mi abuela. Acabada la guerra se casaron, finalizaron sus estudios de Medicina y Magisterio, respectivamente. Crearon una familia y se dedicaron al servicio de la sociedad. Fue Médico de guardia del Hospital Penitenciario durante más de diez años, concediéndole la Medalla Distinguida de Plata al Mérito Social Penitenciario en atención a los relevantes méritos contraídos. Se especializó en Dermatología e inauguró y dirigió un Centro de Salud público en un populoso barrio de Madrid, que continúa en funcionamiento hoy en día. Gracias a su ejemplo soy Odontólogo. Han pasado veinte años desde que falleció, y con orgullo le dedico hoy a mi abuelo Germán mi último libro médico publicado. 
 
   Unos desvergonzados, amparados en la impunidad del sectarismo totalitario democrático, han derribado cobardemente el monumento en recuerdo a los Alféreces Provisionales. Pretenden denostarles, pero no lo han logrado. Su labor al servicio de nuestra nación siempre permanecerá en la memoria. “¡Que nunca más vuelva a acontecer una Guerra Civil!”, decía mi abuelo, “es lo más bárbaro y trágico que le puede ocurrir a un país. ¡Perdonad siempre!”. Y así lo he hecho. En su memoria, perdonamos la afrenta los descendientes de los Alféreces Provisionales. Esta es la gran victoria de mi abuelo: su amor a España, su abnegado servicio a los españoles y su perdón eterno a quienes les ofenden. Esto nunca podrán derribarlo.
 
 
 
 


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