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Entrevista a la Condesa de Romanones, en El Mundo
 
Cristóbal G. Montilla
 
   Hay personas que no saben vivir si no atraviesan el mundo como si la existencia fuera una aventura, un deporte de riesgo. Camino del siglo, Aline Griffith, la condesa viuda de Romanones, no ha sucumbido. Se niega a acomodarse. Su elegancia, el glamour y el carnet de aristócrata no están reñidos con su pasaporte vocacional de superviviente. Lo demuestra desde que se abre la suite que ocupaba en un hotel de Málaga, aunque, todo sea dicho, tarda en percibir las llamadas a la puerta por sus problemas de audición. «Háblenme muy alto en la entrevista y tomen algo divertido, un whisky o algo parecido». Suelta dos consignas de generosa anfitriona y luego habla de otro achaque. Del enfisema. «Tengo muy buena salud y muchos años, pero en mi época se fumaba mucho. Entonces no sabíamos que era malo». Pese a todo, aún hace deporte, conduce y hasta ha viajado sola en tren desde Madrid. Se le ve saludable y sobrada de memoria. Está en todo. Lo mismo arremete contra el artífice de Wikileaks que relata con fechas incluidas las hazañas de Bernardo de Gálvez, héroe en la Guerra de la Independencia de su Estados Unidos natal. La semana pasada, regresó al sur para participar en un homenaje al ilustre militar de Macharaviaya.
 
   Pregunta.-¿Qué recuerdos le trae esta tierra, en la que ha tenido casa?
 
   Respuesta.-En 1944 tuve una operación secreta muy importante en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Tenía que venir a Málaga para entregar unas cintas que me habían envuelto alrededor del cuerpo. Vine en aquel tren que era coche cama en un viaje que duró toda la noche. Era todo tan diferente. Vine a verme con un agente nuestro que venía del norte de África. Yo iba a encontrarme con él en una iglesia. Estaba alojada en el Hotel Miramar, que era el principal de la ciudad. Cuando teníamos una misión así teníamos tres fechas y horas para la entrega, por si fallaban las dos primeras horas. Hasta entonces EEUU no había tenido espionaje. Tenía que tener cuidado porque para viajar a España había que hacerlo con un permiso especial, por lo que podría encontrarme con problemas con la policía. Pero como era joven, el jefe de la OSS (organización de los servicios secretos americanos antes de la CIA) me dijo 'podrás inventar algo'.
 
   P.-Había que echarle valor, ¿completó la misión?
 
   R.-La policía llegó a mi compartimento y me pidió el permiso que no tenía. Me llevaron a comisaría. Lo importante eran esas cintas donde estaban las señas de los agentes que iban a cuidar a este agente para que llegara a Francia. Es una historia larga. Abrieron las maletas pero no me iban a desnudar. Eran tan simpáticos... Pero me metieron dos días y dos noches en una celda. El jefe de la policía estaba en una corrida de toros en Ronda. Cuando llegó dijo ¿cómo vamos a tener a una americana tan guapa en la cárcel? Me dejaron salir y me regalaron muchos claveles rojos. Finalmente, conseguí llegar a la iglesia y allí estaba el hombre de la bufanda blanca en la bancada número nueve. Y le solté las cintas.
 
   P.-¿Vivió alguna otra operación peligrosa en tierras malagueñas?
 
   R.-Las veces que he estado aquí siempre ha habido acción. En los 60 estuve por aquí tras la pista del espía Carlos (Chacal), que era uno de los más peligrosos agentes del enemigo. A por él vino el hombre que me había reclutado para la OSS en EEUU. Carlos ahora está en una cárcel de París. Entonces, tenía que reunirse con una persona en el puerto de Málaga. Salimos peligrosamente de aquello. Porque estuve bajo un escritorio mientras él andaba registrando cajones en una oficina y yo sabía que andaba armado. Pero no pasó nada.
 
   P.- En esta visita a Málaga el encargo ha sido recordar, como americana, a Bernardo de Gálvez, ¿no?
 
   R.-Sí, aunque yo me siento muy española. Tengo trece nietos y siete biznietos españoles y tendré más. Me enamoré de esta tierra el día que llegué. Cuando lo hice sólo había un avión más en Barajas, un avión alemán. En 1943 los guardias civiles me parecieron tan guapos... Con unos uniformes que llegaban hasta el tobillo. Eran fantásticos. Con esas capas y esos tricornios. Ahora todo eso ha desaparecido de su indumentaria. Eran tan amables, tan sirvientes, con esas pestañas largas que tienen los españoles. Yo me decía, ¿qué voy a hacer en un país donde el enemigo es tan guapo y tan simpático? Apenas había coches, había muchos de caballos, con caballos muy flacos. Era toda una aventura. Yo venía de Nueva York. Era como ir a la luna.
 
   P.-¿Espía, escritora o periodista?
 
   R.-En los años 80 yo daba muchas conferencias. Cuando terminé en la OSS, la CIA me imploró que siguiera con ellos y lo hice hasta el 87. Fui una las más veterana en activo. Mucha gente no sabía que yo espiaba. Ni siquiera mis hijos. Algunos de mis allegados llegaron a saberlo cuando publiqué mi primer libro cerca del año 90. Ahí lo reconocí. La gente se cree que es mentira y me sorprende. Pero escribo sobre cosas que he vivido, no puedo hacerlo de otra manera. Lo hago con facilidad porque lo sentí. Yo estudié Periodismo pero me ofrecieron mucho dinero por ser modelo y lo dejé. Pero una de las cosas más importantes que se pueden hacer en la vida es ser periodista. Estamos hartos de los políticos, unos nos decepcionan, otros engañan o están corrompidos y presumen de su importancia. Me hubiera gustado que uno de mis hijos fuera periodista, es una carrera muy admirable e importante. El periodista tiene mucha influencia, deberían pagaros más.
 
   P.-¿Una espía se retira alguna vez?
 
   R.-Pasa igual que con otras profesiones. Yo no me he retirado nunca. No lo puedo evitar. Salgo a la calle y percibo cosas que otros no tienen en cuenta. Eres consciente de eso. He tenido una experiencia reciente que lo explica bien. Vivo en una casa grande en Madrid y entré en ella, un día que el servicio libraba, y me encontré con dos tipos completamente vestidos de negro. Les dije: «¿Qué puedo hacer por vosotros?». He perseguido y me han perseguido. Me di cuenta que eran jóvenes y, será porque tengo hijos y nietos, les ayudé. Fui a mi despacho a por la clave de la caja fuerte. Había condecoraciones pero no joyas. Se llevaron 190 euros. Era lo que tenía. Las joyas las tengo en el banco. Y las buenas las vendí hace tiempo.
 
   P.- ¿Se ha sentido espiada?
 
   R.-Muchas veces y especialmente en las guerras. También durante la Guerra Fría. Fui la única de mi grupo que decidió ir a trabajar a París. Entonces, había muchos agentes alemanes en España. Yo maté a uno de ellos. Siempre tenía una pistola pequeñita en mi bolso o escondida en mi sostén. Estaba muy preparada.
 
   P.-¿Qué se siente al matar trabajando?
 
   R.- Nada. Ahora mismo podría sacar una rápidamente si intentáis hacerme algo. No sientes el horror de haber matado. Sólo sentí que le disparé. Me pasó algo parecido en Nicaragua en los 80, en El Salvador y Colombia. Ya existía el partido de las FARC. Estaban matando a nuestros agentes.
 
   P.- ¿Echa de menos lo que vivió en la época dorada de Marbella?
 
   R.- Me encantó. Compramos un terreno a instancias de Ignacio Coca. Él tenía una casa allí e hizo un campo de golf. Construimos en la misma playa. Era tan maravilloso el lugar que ahora no lo podéis comprender. Lo han llenado de pisos altos, de gente y extranjeros que no conoces. Destrozaron este paraíso. Lo acabamos vendiendo. Teníamos una finca en Extremadura. Me he pegado más al campo. Me gusta mucho.
 
   P.- ¿Qué personajes le impresionaron más de aquella Marbella?
 
   R.-Siempre que vino Ava Gardner vino a mi casa. Tenía la debilidad de beber demasiado. Le decíamos, «puedes venir pero no vas a beber, haces locura y te estás destrozando». Ella jugaba todos los días al tenis con mi hijo Miguel, el menor de diez años, cuando mi marido iba a pagar el uso de la pista, recibía una cuenta enorme, y decía ¿cómo va a beber mi hijo todo esto? Ava era la responsable de aquellas consumiciones. Pero era muy generosa y buena, le compraba raquetas a mi hijo... Audrey Hepburn, Mel Ferrer, Peter Viertel y Deborah Kerr también fueron íntimos amigos nuestros. Banús quiso darme un sueldo para atraer americanos. Pero no me hacía falta. Conocía a tanta gente del cine porque las dos o tres veces que íbamos al año a Hollywood era a casa de Jack Warner, de Warner Bros. También cené con Tyron Power la noche previa al día que murió rodando en Madrid, que por cierto su tercera mujer embarazada estuvo insultándolo toda la noche. Nos llevó a casa y por la mañana me llamó Dominguín con la noticia. Aquella noche nos había comentado que su padre también fue actor de teatro y murió con la edad que él tenía en ese momento.
 
   P.- ¿Le incomodó ser condesa?
 
   R.- Los que tenemos suerte somos los que sabemos trabajar. Para ganar dinero también. Sigo haciéndolo. Estoy con otro libro. Cuando mi marido y yo íbamos a América, ser condesa era divertido. No había títulos allí. En una conferencia, le dije a 3.500 personas que no era una condesa que era una americana de clase media igual que ellos, que únicamente tuve la suerte de casarme con un español que era conde. Me aplaudieron. Era una combinación rara. Ser una americana entonces en España era como ser un elefante andando por medio de Málaga.
 
   P.- ¿Cree que hay muchos condes y marqueses de medio pelo?
 
   R.- Soy Grande de España pero a mí me daba igual. Era como otro más. Mi marido fue por primera vez a una peluquería en mi pueblo, que está al lado de Nueva York. Nunca lo había hecho porque siempre venía el barbero a casa. Le decepcionó al peluquero italiano, que le preguntó dónde estaba su corona de conde... Sobre los que son de mentira diría que hay miles de títulos, tengo una caja en casa llena de estas referencias. Si miras en el árbol genealógico quizás encuentres alguno. Es bonito tener un país donde hay un Rey y títulos. A mí me es extraño porque soy de un país joven, sin historia. Lo que no entiendo de este país tan bonito, histórico, glamuroso y romántico, es el anti-franquismo. Si Franco deja a los alemanes entrar, hubieran capturado Gibraltar y los aliados hubiéramos perdido la Segunda Guerra Mundial.
 
P.- ¿Es usted monárquica?R.- A Juan Carlos I le conozco mucho porque siempre hemos cazado juntos. Me gusta mucho cazar perdices. He cazado hasta con el socialista Miterrand en Francia, invitada por él. Era un cazador estupendo. Es una cosa bonita la monarquía como los toros y el flamenco, son cosas diferentes que atraen a la gente. Lo hace más glamuroso. Los americanos enloquecían en las corridas. Es un país lleno de atracciones exóticas que no tienen otros países. Y una de ellas es tener un Rey.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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