Sobre Francisco Franco y su tiempo...
 
 
 
Episodios en la vida de Franco (2)
No quería la guerra 
 
Eduardo Palomar Baró
 
 
 
   Durante algún tiempo, en plena guerra civil y aun después de ella, no se inclinaban mucho los comentaristas a subrayar el excepcional interés del documento mencionado, porque parecía como si con la publicidad de la comunicación de Franco al ministro se quisiera dar a entender que su adhesión al Alzamiento estuvo hasta última hora sometida a cautelas y a reservas, mientras muchos otros jefes militares se habían comprometido ya plenamente, y no aceptaban alternativas pacíficas, por considerarlas imposibles. Así eran las cosas, efectivamente, y así han de interpretarse en honor y alabanza del general Franco, para que se entienda que si, una vez declarada la guerra, nadie le aventajó en la resolución de llevarla hasta las últimas consecuencias, tampoco hubo nadie que le ganara en prudencia y en paciencia; antes de que el Ejército de África confiara a las Armas la suerte del país. La carta es bastante extensa y no es posible reproducir aquí el texto completo. Elegiremos algunos de los párrafos principales. 
 
   «Es tan grave –decía– el estado de inquietud que en el espíritu de la oficialidad   vienen creando las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no comunicara mis impresiones sobre el momento militar y los peligros que encarna para la disciplina del Ejército, tan falto de satisfacción interior y en un estado de inquietud moral y material que se percibe, aunque sin expresa exteriorización en las corporaciones de oficiales y suboficiales.»
 
   Alude luego a disposiciones «que reintegran al Ejército a jefes y oficiales sentenciados en Cataluña». Subraya las noticias de «los incidentes de Alcalá de Henares, con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extremistas». Cita la dislocación de las guarniciones y la «destitución de jefes de pasado brillante y de elevado concepto en el Ejército, para ser reemplazados por quienes en la opinión del noventa por ciento de sus colegas están calificados como muy pobres en virtudes».
   
   No son más leales a las instituciones –escribe– los que se aproximan a ellas para adularlas y para recibir merced a costa de sus servicios colaboradores; los mismos se destacaron años pasados con la Dictadura y la Monarquía.»
 
   Viene después un párrafo que suscita reflexiones muy interesantes. Es éste:
 
   «Faltan a la verdad los que presentan al Ejército como desafecto a la República. Mienten los que inventan complots a la medida de sus pasiones. Prestan un desgraciado servicio a la Patria los que adulteran o inquietan la dignidad y el patriotismo de la oficialidad, presentándola con síntomas de conspiración y desafecto. La falta de dignidad y de justicia de los Poderes Públicos en la Administración del Ejército, en 1917, hizo posibles las Juntas Militares de Defensa. Hoy podría decirse, virtualmente, que las Juntas Militares están formadas.»
   
   Afirmaba a renglón seguido que «hay síntomas de futuras luchas civiles» y «considera fácil evitarlas con providencias de equidad y de justicia». Adviértase, a la luz de lo que luego aconteció, la trascendencia de esta afirmación, dada la personalidad de Franco. Denuncia el riesgo que encierra la conciencia colectiva del Ejército; revela que aun viviendo a muchas millas de la Península, le llegan por diversos medios noticias ciertas de la situación de espíritu de las guarniciones. La carta termina de este modo:           
 
   «Considero un deber poner en su conocimiento lo que creo de tan gran importancia para la disciplina militar, y que Vuestra Excelencia puede personalmente comprobar informándose por aquellos generales y jefes de Cuerpo que, exentos de pasiones políticas, vivan en contacto y se preocupen de los problemas militares y de los sentimientos de sus subordinados. Muy atentamente le saluda su afectísimo subordinado: FRANCISCO FRANCO.»
 
   Si el ministro Casares Quiroga, en vez de dar la callada por respuesta y de archivar la carta sin enterarse de su importancia, hubiese llamado al despacho a su comunicante para dialogar con él, para discutir, si era preciso, con ánimo sereno y positivo acerca de las soluciones posibles, ¿habría estallado la guerra civil? Y, en todo caso, ¿qué actitud final se supone que hubiera adoptado el comandante militar de las Islas Canarias?
   
   En cierta ocasión alguien le hizo esta pregunta al propio general Franco, el cual respondió: 
 
   –Claro es que tomada mi carta completamente en serio, el estallido de la guerra civil pudo no haber sido tan irremediable como lo fue. Por lo menos era posible el aplazamiento hasta que los comunistas se alzasen contra el Estado republicano.  
 
 


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