Actualidad
 
 
 
Fragmento de una primavera
 
Luis García-Berlanga Martí  
(Artículo del Director de Cine,
premiado con el premio “Luis Fuster”
del Sindicato Español Universitario, SEU, de Valencia,
y que fue reproducido en el periódico HOJA DE CAMPAÑA,
de la División Azul, nº 61, de 21 de marzo de 1943, en su pág. 9)
 
 
 
   Los cinco llevamos en el fondo de la cartera, junto a las católicas estampas, madre y novia a la devoción a la Virgen, una rosa de los Alpes. Nos las dieron muchachas alemanas, también estudiantes, una tarde en que el dulce y húmedo paisaje de Baviera invitaba a enlazar los brazos. Ilse se llamaba la que conmigo paseó por los bosques inundando de melancolía el ensueño intraducible de nuestras miradas. Me acuerdo de sus manos tibias, de sus risas en la vieja cervecería ante mis esfuerzos lingüísticos y de sus ojos vidriosos en la despedida.
 
   De aquellas tardes, hoy apenas me queda un recuerdo suave, congregado al tacto de esta blanca rosa de la nieve sumergida en mi cartera. Ahora ya no son los verdísimos bosques con ciervos y pájaros asomando su tímida fuga, sino este monótono e implacable paisaje ruso. Llueve, llueve suavemente, como parece agradar a los espíritus apacibles. Los pies se hunden a cada paso en el barro, pegajoso y frío, mientras el agua resbala por nuestros capotes. Hay en todas las caras y en todas las cosas una extraña sensación de víspera. Todos sabemos que el frente está cerca, y hoy, no sé por qué, lo presentimos ya junto a nosotros. Las manos se estremecen de gozo al apretar el fusil, que pronto lanzará su grito de metal al enemigo.
 
   Alguien ha dado la voz de alto. Se detiene poco a poco la columna y al borde del camino van surgiendo hogueras alrededor de las cuales se improvisan animados grupos. Uno de ellos, los formamos nosotros —«Los bohemios» nos bautizaron en el campamento-, camisa azul con cisne blanco bajo el verde uniforme alemán. Junto al fuego quizá un poco simbólico en esta fecha, 12 de octubre, hemos encendido las pipas, y Carlos como de costumbre, ha iniciado una conversación intrascendente, saturada de chistes y alusiones.
   
   Pasa un enlace sobre una moto. Nos conoce; se detiene un poco y grita: —¡Muchachos nos quedamos aquí! ¡Estamos a tres kilómetros de la primera línea! Esta misma noche relevamos a los alemanes. Nos saluda brazo en alto y reanuda la marcha.
 
   Al principio nos hemos quedado todos enmudecidos. Daniel es el primero en salir, de un ensimismamiento. Se vuelve hacia nosotros y dice tan sólo estas palabras:
 
   —¡Ya era hora!
 
   Parece como si la noticia hubiese eliminado de nuestro recuerdo la noción de los 1.300 kilómetros recorridos hasta este momento. Han desaparecido de nuestros rostros todas las huellas de sueño, fatiga y penalidades. Nos hemos puesto de pie y como en todas las grandes ocasiones, hemos cantado. Y ha sido una desgracia no conocer ningún himno del S.E.U., porque aquí en este instante y ante este paisaje, sus estrofas entonadas por nosotros hubiesen tenido una emoción y apasionada.
 
Luis García Berlanga, abajo, el segundo desde la izquierda 
 
   Con una Lilí Marlén, rubia y exuberante, sueña este soldado alemán que silba la canción mientras amanece. Los dos estamos en el observatorio, sonriéndonos, ya no podemos hablar, y mirando con indiferencia lo que nos rodea, porque para nosotros el paisaje ha perdido ya el espíritu de tarjeta postal, de panorama en la excursión campestre hacia el que todos dirigimos el Kodak topificado de nuestras miradas. La única verdad que reconocemos es la de la blancura agobiante de la nieve que nos circunda y aplasta. Ángeles esquimales —los vimos— nos trajeron el invierno. Pasaron ante nosotros inefables y altísimos, y a continuación volando hacia el Sur, inundando con la nieve de sus alas, pueblos y e estepas. Pero sabemos que arcángeles azules, de agua, están preparados para anunciarnos la primavera, su primavera, y esto nos consuela y reconforta.
 
   Aquí, la primavera nos traerá consigo esta eclosión sentimental de pájaros y flores a que estamos acostumbrados en tierras meridionales. Aquí la primavera será —¡y ojalá sea pronto!— agua y nada más que agua, ya gradeceremos tanto el primer charco que veamos a la puerta de la chabola, como la simbólica rosa inicial de los jardines.
 
   De aquí esta indiferencia ante el paisaje. Sé que las torres ex doradas que se divisan hacia el Sur, son de Nowgorod —«la bella» la llamaron los rusos— aristocrática y veraniega hace cincuenta arios, deshecha y solitaria hoy, con las puertas y las casas abiertas, esperando no sé qué angustiosa comitiva. También sé que mirando hacia el Norte, me invadirá un burgués presentimiento de Leningrado, y que, enfrente de mí, pueblo de heterogéneos nombres, Sawod, Now-Nicolaiewscaja, Xenofonte... son destrozados poco a poco por la artillería ante nuestra impasible vigilancia; pero todo esto me importa poco. En concreto, solo veo, porque así me lo exige mi conciencia, el espacio que me han mandado observar, en este caso, las heladas riberas del Wolchow, con las barcas empotradas en el hielo, ansiosas de pescadores y de peces resbaladizos por sus cubiertas. Y aunque el crepúsculo debe ser hoy, con estos árboles escarchados, de una gran belleza, m retiro en cuanto termino la observación a nuestro refugio subterráneo, donde un par de leños encendidos, me harán más feliz que la poética contemplación de la naturaleza.
 
   Julio ha empapado de sangre está retrasada primavera. Todavía queda nieve para grabar iniciales en su blanca superficie, pero ya han surgido las rosas que han de dulcificar la sepultura. Cerramos los ojos a esta angustia que nos invade, porque ya no está entre nosotros el mejor compañero. Sobre un carro, un carro de ruedas destartaladas y ejes viejos que chirriaban, a contraluz, con la estepa iluminada eternamente, llevamos ayer su cadáver a Motorowo, y en un jardín, la cabeza hacia España, lo enterramos. Eran las doce, esa hora crucial en que todas las ciudades del mundo, luces encendidas proclaman la infinita existencia del amor. Con él se fueron las medallas religiosas, el cisne blanco en la camisa azul y aquella rosa de los Alpes, que una estudiante alemana le regalara. Nos dejó, sin embargo, una antología de la buena muerte y una postura arrogante ante lo irremediable. Caía la tierra sobre su cuerpo y descendía sobre nosotros el afán silencioso en la lucha. Así, sin gritos proseguimos, cada vez más acelerada, la marcha hacia los límites de nuestra conciencia. Se desangran si, los cadáveres de los falangistas, pero esa sangre entra en las venas de los que quedamos para rejuvenecer nuestro ímpetu.  
 
   Tengo su diario entre mis manos. Es de tapas azules, y sus páginas están llenas de una letra apretada y ágil. Todas sus confidencias están trasplantadas —y aquí con más pureza— a la blanca amistad del papel. Por todas partes alusiones a su eterna entrega a la Falange. Se dictaba a sí mismo la violencia y la fe en la revolucionaria tarea. Leo...
 
   « ¡Que día más terrible aquel en que ninguna mano extendida nos señale el mejor camino hacia la muerte. Si en la constelación falangista no se esperasen refuerzos, ¿Cómo íbamos a justificar nuestra presencia en este campamento terrestre?»
 
   «Se nos quiere llevar a la malicia ofreciéndonos como cebo y consuelo el fácil recuerdo de lo pasado. Y no; no se hacen las revoluciones fundando un museo de añoranzas sino buscando con el punto de mira al enemigo.»
 
   «Las consignas no deben perderse entre las páginas tibias de revistas que, nadie lee. Las consignas deben clavarse a gritos en paredes enemigas.»
 
Al terminar de leer me fijo en la última página, donde; a lápiz, pero con gruesos caracteres, había escrito:
 
¡ARRIBA ESPAÑA!»  
 
 
 
 
 
 


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