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HAN TOMADO EL ALCÁZAR...
...NOS QUEDA SANTA MARÍA 
 
 
   Blas Piñar Gutiérrez
General de Brigada de Infantería (Res.) 
 
 Ha sido una larga pesadilla. Quisiera olvidarla, como pasa con la mayoría de los sueños, pero las imágenes y los diálogos –incluso los personajes- han sido tan reales y verosímiles que su recuerdo, desconcertante y doloroso, ha resultado imposible de borrar.     
 
Soñé primero que el Museo del Ejército de Madrid lo cerraban por orden de un Presidente del Gobierno considerado por los medios como de “derecha dura”. El pretexto: el museo del Prado necesitaba, ineludiblemente, el edificio que albergaba uno de los mejores museos militares del mundo. ¿Qué hacer con sus extraordinarios fondos? El Museo no podía desaparecer, pues era mucha su valía moral y material, y, por eso, mentes “preclaras” decidieron trasladarlo fuera de Madrid, a Toledo, precisamente a su Alcázar, donde ya existía, con gran éxito de visitantes, una Sección Delegada de dicho Museo. No hace falta insistir en que su mayor atractivo residía, hasta entonces, sin desmerecer las salas dedicadas a la Legión y Regulares, en la rememoración de su heroica defensa en el verano de 1936, en el recorrido por el patio, los sótanos, la enfermería, el despacho de Moscardó, la cripta donde están enterrados los defensores. Todo ello complementado con la exhibición de innumerables objetos, armas, instrumentos, fotografías, testimonios múltiples de los hechos y de los protagonistas de la epopeya.       
 
Pero el cambio del Museo a la ciudad del Tajo no resultaba en absoluto sencillo, pues no sólo se hurtaba a la capital de España de un importante patrimonio cultural, sino que además el histórico edificio del Alcázar carecía de capacidad y espacios adecuados para albergar los ingentes fondos del Museo del Ejército. Por si fuera poco, adelantándose a este proceso y a modo de secuestro, la tercera planta del edificio había sido destinada a Biblioteca Pública, totalmente ajena a la milicia.
 
Habría, en consecuencia, que ampliar y adecuar El Alcázar por dentro. Para lo primero, las mismas mentes “preclaras”, imaginaron un edificio de siete plantas hacia abajo del Alcázar. No importaba el tiempo sin Museo, ni el gasto de la construcción y la reforma, ni el coste y riesgo del traslado de las piezas más sensibles, o la aventura de llevar a Toledo, ciudad plagada de Historia y visitada normalmente desde Madrid en excursiones diarias, un Museo de entidad suficiente para absorber media jornada.     
 
Y llegó, después de siete años, el ceremonioso día de la inauguración. ¡Oh sorpresa! La pesadilla se traduce en desencanto, inicialmente, y en profundo disgusto después. Entre la niebla del Tajo el Alcázar aparece, externamente, con un añadido pegote, que nada tiene que ver ni con el edificio histórico ni con la ciudad de Toledo. Por dentro, lo que iba a ser el edificio de siete plantas debajo de la explanada principal, sostenida ahora por columnas metálicas, es un enorme vacío respetuoso con la piedras romanas, visigodas y árabes (aparecidas en la excavación) que constituyeron en su día la fortaleza que, en cada época, precedió al palacio de Carlos V. Aún sin conocer Toledo parecía obvio que inevitablemente el hallazgo se iba a producir.     
 
Pero esto no iba a ser lo peor. Al penetrar -en mi desapacible sueño- dentro del recinto alcazareño pude observar con estupor la total transformación de los sótanos, hasta hacer desaparecer sin concesiones el mínimo vestigio de lo que fue la heroica defensa de hace 76 años. El suelo ha sido rebajado, sin justificación alguna, casi un metro y recubierto de mármol. La iluminación artificial resulta -con sospechosa complicidad- la adecuada para que nadie pueda hacerse una idea de lo que allí sucedió. Ni un solo cartel, ni una sola referencia que evoque a lo que aquellos muros contemplaron, o a los militares, guardias civiles y paisanos que en aquel lugar vivieron, lucharon, murieron y vencieron.     
 
En todo un Museo del Ejército no se habla de un episodio de valor militar indiscutible, reconocido universalmente, ni de las Laureadas que fueron concedidas a los defensores. Incluso las innumerables placas de reconocimiento de autoridades nacionales y extranjeras, que adornaban sus paredes, han sido arteramente retiradas aprovechando las obras. No resulta razonable conservar -con enorme coste- frías piedras que poco nos dicen del pasado, por existir otras muchas similares, y destruir, al mismo tiempo y con nuevos gastos, testimonios únicos y recientes de heroísmo contemporáneo porque molestan a algunos. Con la excusa del traslado y la remodelación han querido borrar una de las más gloriosas páginas de nuestra Historia.     
 
La explanada de la fachada principal, con sus vistas y su impresionante puerta al recinto, no puede ser visitada. Han hecho bien -cavilo aviesamente- pues así la figura de Villamartín, aislada en su monumento, queda ajena a tamaño atropello.     
Al llegar a la cripta, entre confusas formas decorativas que recuerdan a Ikea, compruebo que está cerrada. Pido que la abran, pues considero que no hay zona más noble -en cualquier lugar y más en un museo militar- que aquella donde están enterrados los héroes y los personajes ilustres. Alegan, para negarse, normas y reglamentos internos del burócrata de turno. Alego que en dicha cripta están enterrados mis dos abuelos, ambos defensores, y que cualquier cementerio del mundo tiene un amplio horario de visitas sin limitaciones. Pero increíble, estamos ante una excepción universal: los familiares de los enterrados en el Alcázar necesitan acreditación y autorización previa del director para entrar en la cripta, visita que sólo pueden realizar los miércoles, que es cuando el museo está cerrado. Han convertido la cripta de los Laureados por la Defensa del Alcázar en una auténtica mazmorra, para sepultar -definitivamente- a los héroes y su memoria.     
 

Con motivo del 75 aniversario de la liberación del Alcázar, fui repitiendo una conferencia sobre el tema en distintas ciudades de España. En La Coruña iba a tener lugar en el Museo Militar de la capital gallega, para lo cual se habían obtenido las autorizaciones de los mandos correspondientes. Pero una protesta izquierdista produjo el “aplazamiento”, sin explicaciones de ningún tipo, de dicha conferencia, que finalmente tuve que dar -con notable éxito- en una entidad civil, que se ofreció generosamente tras el escandalo por lo sucedido. ¡Que cosas pasan por nuestro cerebro cuando dormimos!     
 
El remate de la pesadilla fue la marcha atrás del mando militar en la celebración de un ciclo de conferencias sobre el Alcázar de Toledo, en el salón de actos del propio Alcázar, que parecía el lugar más adecuado por ser allí donde se produjeron los hechos y por depender el Museo del Instituto de Historia y Cultura Militar. Los ponentes eran prestigiosos historiadores y militares que iban a analizar los distintos aspectos de la defensa. Lo más bochornoso fue la excusa: a última hora se veían obligados a cobrar 2000 euros por conferencia. El ciclo finalmente tuvo lugar en un local cedido gratuitamente por el Ayuntamiento socialista de Toledo.     
 
Cuando angustiado desperté, pensé que lo soñado era un auténtico disparate, que un Ejército no puede consentir -ni en sueños- ciertas cosas si es fiel a sus valores y principios, y que, entre lo más sagrado, está el recuerdo de quienes han dado su vida por España… Pero luego recordé como habían retirado la estatua de Franco en la Academia General Militar o la de Millán Astray en La Coruña, como habían sido enterrados y olvidados los militares asesinados por ETA, como se había abucheado masivamente el Himno Nacional español, como miles de españoles en Cataluña (educados en el separatismo) pedían la independencia de España, como se repite la quema pública de nuestra Bandera, como la colonia de Gibraltar se extiende y es aceptada, como activistas marroquíes ocupan -simbólicamente- Perejil o Vélez de la Gomera…     
 
Al final he llegado a la descorazonadora conclusión que, sin sueño o con él, setenta y seis años después, desde dentro, se ha renunciado a la Victoria, se ha entregado El Alcázar y España se está rindiendo sin siquiera presentar batalla. Pero, para los que todavía nos sentimos españoles, la tentación del desaliento es superable porque           -entre otras muchas cosas y en este caso concreto- aún nos queda la imagen de María (como en Covadonga), la procesión por Toledo, las misas en la Catedral y en el Alcázar. Nuestra presencia en dichos actos es una manifestación rotunda de nuestra fe en España y, al llevar sobre nuestros hombros a la Inmaculada, asumimos el esfuerzo y sacrificio que nos exige tan alto ideal. Allí nos vemos.


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