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Imagen Militar de Francisco Franco Bahamonde, por Emilio Pérez-Alamán

Emilio Pérez-Alamán

Teniente General (R)

En abril de 1998 me incorporaba a mi nuevo destino de Jefe de Estado Mayor de la recién constituida Fuerza de Maniobra del Ejército de Tierra, cuyo Cuartel General se ubicaba en la sede de la Capitanía General de Valencia, antiguo convento de Santo Domingo. Una vez cruzada su puerta principal, en el primero de sus claustros se encontraba la estatua ecuestre del Caudillo que desde 1964 había presidido y dado nombre a la hoy plaza del Ayuntamiento de la Capital del Turia.

La retirada de dicha escultura de la plaza mayor valenciana fue acordada en 1983, por la mayoría de izquierdas del gobierno municipal presidido por el socialista Pérez Casado y fue desmontada ante la presencia de muchos valencianos por operarios encapuchados, cuyas prisas y nervios ocasionaron importantes destrozos en la obra. Tras esta truculenta forma de proceder el Teniente General Vallespín, a la sazón Capitán General de la Región, logró recuperar la efigie y situarla en Capitanía, en recuerdo y reconocimiento a la figura del militar que desde su temprana juventud dedicó su vida al servicio de España, solicitando y ocupando los puestos de mayor riesgo y fatiga que la Patria requería.

Pasado un año y algunos meses de mi incorporación, recibimos la visita de un nutrido grupo de periodistas que estaban realizando un curso organizado por el Ministerio de Defensa. En el recorrido por el antiguo convento, observé que una renombrada columnista de periódicos de tirada nacional hacía gestos y comentarios a varios de sus compañeros, expresando no solo temor, sino horror, al encontrarse ante la imagen del Dictador (según sus palabras), dando a entender que sentía la sensación de que iba a ser arrollada por aquel caballo espoleado por tan cruel jinete. Acercándome al grupo les expliqué que aquella figura llevaba 15 años dentro de aquel acuartelamiento militar como consecuencia de los hechos expuestos y que por el carácter de Monumento Histórico del convento, nuestro Cuartel General recibía muchas visitas guiadas, sobre todo de colegios, que eran conducidas y explicadas por un magnífico Capitán y además historiador, teniendo constancia de que los visitantes consideraban su experiencia como muy positiva.

Al observar que mi intervención resultaba escueta y creaba cierta inquietud en los presentes, les aclaré que cuando las visitas llegaban al claustro en que estábamos, además de alguna sorpresa, la mayoría mostraba desconocimiento de la persona allí representada, sobre todo en los más jóvenes. Por ello el Capitán guía les hacía un breve relato de las vicisitudes del General que presidía aquel claustro y que anteriormente, durante 20 años, había estado situado en la plaza del Ayuntamiento con el nombre de plaza del Caudillo así como los motivos de su cambio al claustro de la Capitanía donde ahora se encontraba sin ninguna significación política, sino porque los militares, tal como contempla el artículo 21 de las Reales Ordenanzas. “se sentirán herederos y depositarios de la Tradición Militar española. El homenaje a sus héroes que la formaron y a todos los que entregaron su vida por España es un deber de gratitud y motivo de estímulo para la continuación de su obra”. Por eso y por ninguna otra razón estaba allí como lo estaban otros muchos militares en el Cuartel General y en el cercano Museo Militar de la Región. Todos ellos con el doble cometido de ser recordados por sus hechos castrenses y para servir de estímulo para los que en el presente dedicábamos nuestros esfuerzos a cumplir con la máxima entrega las misiones que teníamos encomendadas.

Sin embargo aquella aclaración no debió ser muy convincente y poco tiempo después de aquel encuentro, comenzaron los avisos y presiones para retirar la estatua de Capitanía . Por nuestra parte se mantuvieron los argumentos arriba expresados y durante diez años más la escultura permaneció en el mismo claustro, hasta que en 2010, consecuencia de la Ley de la Memoria Histórica y una actitud excesivamente contemplativa por parte del Ejército, la estatua fue encerrada en un arcón de metal y almacenad en la Base de Bétera, tal y como la encontró y publicó la revista mensual de Valencia “PLAZA” varios años después.

Lamentablemente, consecuencia de la mencionada Ley se procedió de igual forma con otras tantas efigies de Franco situadas en el interior de distintos Acuartelamientos y Centros militares como la Academia General Militar de Zaragoza, de la que había sido su primer Director, de la Academia de Infantería en Toledo ...etc. Con la misma intención, se hicieron desaparecer en Bases y Acuartelamientos imágenes y nombres de ilustres y ejemplares militares que daban nombre a viales o edificios en el interior de dichos establecimientos sin ninguna connotación política y sí en cumplimiento de lo contemplado en el citado artículo 21 de las Reales Ordenanzas. Creo que con una argumentación bien razonada se podría haber evitado la interpretación drástica de la LMH, pero resultó menos complicado adaptarse a la disciplina proclamada por Franco en su arenga a los Cadetes con motivo del cierre de la Academia General Militar por el Gobierno de la II República en 1931: “La Disciplina reviste su verdadero valor cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción de Mando

En el caso del General Franco, independientemente del juicio político que puedan argumentar partidarios y detractores de su etapa como Jefe del Estado, la presencia de su imagen en el interior de un recinto militar no debe tener otra interpretación que reconocer lo que expresa explícitamente su Hoja de Servicios en relación a su entrega ejemplar como soldado desde la temprana juventud de 14 años en que decidió su voluntad de servir a su Patria en las filas de su Infantería al no poder hacerlo en la Armada por la clausura temporal de la Escuela Naval.

Toda Hoja de Servicios de un militar, contempla de forma clara, concreta y breve las vicisitudes del mismo por periodos de tiempo y deja constancia de los hechos en que ha intervenido y los resultados obtenidos por el interesado. Por supuesto no incluye los calificativos peyorativos que se pueden leer en biografías interesadas en resaltar todo tipo de defectos y vicios con el único fin de desprestigiar al protagonista ante los lectores.

Se da por hecho que sus años de Cadete tuvieron que ser duros dado que sería de los más jóvenes de su promoción y su complexión física tampoco sería la de los más fuertes. En consecuencia, dichas características dentro de una comunidad de chicos con esas edades de barba incipiente, tanto entonces como ahora, darían lugar a bromas con las que los “bienintencionados” biógrafos pretenden justificar la existencia de diferentes complejos en el cadete novato Franco y que por supuesto permanecerían para toda su vida.

Por el contrario, sus actuaciones posteriores, desde su salida de la Academia a los 17 años, solicitando desde su destino inicial en su Ferrol natal un puesto en las Unidades del Protectorado empeñadas en la primera de las largas campañas que allí se desarrollarían. Primero al Regimiento “Africa 68” donde toma contacto con la realidad del combate como segundo Teniente. Ascendido a Teniente solicitó destino en las recién creadas Unidades de Regulares, formadas con tropas indígenas y mandos españoles, siendo hoy las Fuerzas más condecoradas de nuestro Ejército. Al mando de sus Regulares mostró no solo valor sino energía y capacidad de liderazgo además de dedicación e inteligencia para instruir a sus soldados y preparar meticulosamente las acciones a desarrollar, previendo las posibles incidencias y coordinando las funciones de combate a la vez que dirigía con decisión y habilidad a sus hombres en el combate, lo que dio lugar a que le atribuyeran la “baraka” que le protegía de los peligros y con él a la Unidad.

Conocida es su rápida trayectoria con todos sus ascensos por méritos en campaña, lo que le convirtió en el Capitán más joven de España en 1916, año que, herido de gravedad en el combate de Biutz, le obliga a regresar a la Península, pero tres años después regresa de nuevo a Africa como Comandante, para organizar con el Teniente Coronel Millán Astray la recién creada Unidad de los Tercios de Extranjeros y ser posteriormente Jefe de la Primera Bandera de la Legión. A partir de dicha situación la trayectoria de Franco es muy conocida, tanto por sus actuaciones al frente de la Legión en los momentos más duros de la guerra en el protectorado como por su actuación el desembarco de Alhucemas en el que participó como Coronel al mando de la vanguardia. Acción por la que fue condecorado con la Legión de Honor francesa (condecoración que le ha mantenido el actual Gobierno de Francia pese a la petición de retirársela solicitada por la izquierda española). Finalizada la guerra en el Rif, en 1926 fue ascendido a General con 33 años, lo que le convertía en el más joven de Europa con dicho Empleo. Designado como Director de la recreada Academia General Militar en Zaragoza, logró en los tres años que se mantuvo activada, convertirla en un excelente Centro de formación de Oficiales, reconocido por todos los Ejércitos amigos.

Creo que esta breve reseña recoge méritos suficientes para incluir al General Franco entre los héroes que de forma abstracta contempla el artículo 21 de las Reales Ordenanzas y unir su memoria y Hoja de Servicios a la de tantos otros soldados para ejemplo y estímulo de los que hoy forman los Ejércitos de España y separar la Tradición puramente castrense de toda complicidad política partidista, de forma que las Fuerzas Armadas, independientemente de los legítimos sistemas y regímenes que los españoles decidan adoptar, eleven siempre los pensamientos hacia la Patria y a ella sacrificar todo.

Madrid 30 de Marzo de 2018



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