Negro sobre Blanco
 
 
 
Jacinto Miquelarena, desde El otro mundo
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   Jacinto Miquelarena Regueiro nació en Bilbao el 11 de enero de 1891 y en su ciudad natal se inició como periodista en El Pueblo Vasco y frecuentó las primeras tertulias literarias, teniendo como compañeros y amigos a Pedro Mourlane Michelena y a Rafael Sánchez Mazas. Hacia 1930, hizo algunos viajes y estudios en el extranjero, Francia e Inglaterra, donde completó su educación. Destacó desde muy joven en el periodismo deportivo y en las crónicas de humor. Fundó y dirigió en Bilbao el periódico deportivo Excelsior antes de pasar a la Redacción del diario ABC de Madrid en 1932, y dirigiendo la revista deportiva Campeón.
 
   Escribió varios libros de viajes: El gusto de Holanda; Pero ellos no tienen bananas; Veintitrés, un ensayo sobre deporte; Stadium; El lenguaje del amor; y numerosos cuentos de humor. También fue autor de la novela humorística Don Adolfo, el libertino. Asimismo relataría su experiencia de refugiado en la Embajada argentina en el Madrid rojo en su libro El otro mundo.
 
    Formó parte del cenáculo literario de Falange Española: era asiduo de la tertulia que en "La Ballena Alegre" en el  café Lyón de la calle Alcalá de Madrid, frente a Correos, tenía desde 1931 un grupo de escritores: 
 
   “Un día-recuerda Miquelarena- se acercó (...) un mozo de frente despejada y ojos azules. Llegó con toda su vehemencia, con una claridad de mediodía, con el amor a España, con el desprecio a todo lo que corrompía en el país, con asco para la derecha y con asco para la izquierda: se llamaba José Antonio Primo de Rivera (...) y con su llegada “había entrado la Falange en 'La Ballena Alegre'”.
 
   Miquelarena fue uno de los autores del Himno Cara al Sol, que es fruto de la colaboración de varios ingenios, con José Antonio a la cabeza. Miquelarena escribió dos líneas del Himno: Volverá a reír la primavera y que en España empieza a amanecer.           
 
   El lunes 20 de julio de 1936, Jacinto Miquelarena debía viajar a Berlín, donde iban a celebrarse los Juegos Olímpicos en los que estaba acreditado como periodista, pero  los acontecimientos de los días anteriores, 18 y 19, le impidieron salir de Madrid y desde entonces hasta enero de 1937 pasó su cautiverio en la zona roja. El saberse víctima buscada por los milicianos rojos le llevó a abandonar su domicilio y a pasar horas y horas deambulando por la calle:
 
   “(...) yo circulaba por las calles de Madrid. La calle era más segura que la casa (...)" 
(Página 21 de “Cómo fui ejecutado en Madrid”).
 
 
   Pasaba el tiempo viajando en los tranvías, recalando en casas de buenos amigos para, finalmente, conseguir que le admitieran como refugiado en la Embajada argentina, cuyo encargado de negocios, Edgardo Pérez Quesada, se mostró generoso para albergar a personas cuya vida corría peligro de muerte cierta. De las peripecias vividas día a día en el no siempre seguro refugio, da cuenta Miquelarena en sendos libros publicados en 1937 y 1938: Cómo fui ejecutado en Madrid; y El otro mundo; respectivamente, relato que se completa con el reportaje aparecido en la revista falangista Vértice: Aquel buque de guerra argentino, en el que un grupo de refugiados en la embajada argentina (Miquelarena entre ellos) embarca en el Tucumán, que les espera en el Puerto de Alicante y llega a los pocos días a Marsella, desde donde nuestro escritor prepararía la entrada en la España Nacional, a la que se incorpora en los primeros días de febrero de 1937.
 
   Instalado en Salamanca -con esporádicas salidas a otros lugares, como Bilbao tras la liberación de esta ciudad por el Ejército Nacional de Franco-, Miquelarena, además de sus colaboraciones periodísticas, trabajó en la recién fundada Radio Nacional de España, que dirigía Antonio Tovar y que él mismo dirigiría pasado un tiempo, donde tuvo a su cargo los espacios titulados Comentarios; Plato del día; y No lo decimos nosotros.
 
   Obtuvo el Premio Mariano de Cavia en 1938. Posteriormente fue corresponsal de ABC, de la Agencia  EFE y de Clarín, en la Segunda Guerra Mundial, en Buenos Aires, Londres y París. Sus crónicas reflejaban “una vena de humor inteligente, de pulcritud y de buen gusto”.
 
   Gran amigo de Enrique Jardiel Poncela y de Miguel Mihura, colaboró con éste en algunas comedias, así como en las revistas de humor, La Ametralladora y su sucesora La Codorniz. Escribió también una zarzuela, El joven piloto, con Luis de Urquijo Landecho, II Marqués de Bolarque, a la que pondría música el maestro Tellería, Juan Tellería Arrizabalaga. Su traducción del If de Rudyard Kipling se ha hecho famosa por su calidad literaria.
 
   Su amigo y camarada, el periodista Pedro Mourlane Michelena, hizo célebre la conocida frase:“¡Qué país, Miquelarena!”. 
Falleció en la estación parisina del metro de Michel-Ange-Molitor el 10 de agosto de 1962.      
 
 
 
 
 


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