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La Batalla de Lepanto: Europa detuvo al Islam
José Javier Esparza
 
Fue el 7 de octubre de 1571. Estamos, pues, de aniversario. Hablamos de la batalla de Lepanto. Los escolares la conocen –si hay tal- porque allí Cervantes quedó inútil de una mano. También es recordada como una de las grandes glorias de la Armada española. Pero Lepanto fue, sobre todo, un acontecimiento decisivo para la cristiandad y para Europa, que detuvo la amenaza del Imperio Otomano. Era preciso estar allí. España lo estuvo. Fue, como dijo Cervantes, la más alta ocasión que vieron los siglos.
 
 
Hay que ponerse en situación para entender la enorme trascendencia de aquella batalla. Estamos en 1571. En España reina Felipe II, y España reina en el mundo. Pero en oriente la potencia turca es un enemigo formidable. Los turcos, el Imperio Otomano, son los herederos históricos del califato islámico, el mismo Islam que dominó a España durante siglos. Ahora los Otomanos han llevado su dominio hasta las mismas puertas de Viena. Desde que cayó Bizancio, más de un siglo atrás, los turcos se han ido adueñando de los Balcanes, controlan el Mediterráneo oriental y, además, comienzan a amenazar al propio poderío español. Numerosas flotillas de piratas –los piratas berberiscos- hostigan las rutas marítimas junto a las costas españolas e italianas. Venecianos y genoveses están en apuros. El Papa Pío V teme una invasión de piratas berberiscos en el sur de Italia. Y el sur de Italia, en ese momento, es suelo español. 
 
¿Quiénes son los piratas berberiscos? Son “corsarios moros”, como decían los españoles de entonces: desde sus bases en Argelia y Túnez atacaban nuestras ciudades costeras; de ahí viene aquello de “hay moros en la costa”. Bastará decir el nombre de uno de sus jefes: Barbarroja. Los turcos, conscientes de la oportunidad que se les presentaba, habían tomado como aliados a estos piratas berberiscos, que se convirtieron en los corsarios del Gran Turco, del Sultán. En nuestro país comenzó a extenderse un temor insistente: que los turcos, apoyados en los piratas berberiscos y contando con la ayuda de los moriscos que aún quedaban en España, intentaran una invasión. Porque el Sultán, al mismo tiempo, llegaba a acuerdos concretos con el rey de Francia y atacaba con fortuna Argel y otras plazas mediterráneas. Esta era la situación en la víspera de Lepanto: peligraba no sólo el poder de España, sino el conjunto de la cristiandad. 
 
Una Liga para defender la Cruz 
 
Como las cosas estaban recias, Felipe II y el Papa intentan organizar una gran flota para coger el toro por los cuernos y dar la batalla al Turco. Es preciso construir una alianza. La flota española es fuerte, pero no lo suficiente –recordemos que al mismo tiempo estamos presentes en América y en Asia. Hace falta que venecianos y genoveses ayuden; pero los venecianos acarician la idea de llegar a un pacto por separado con los turcos, un pacto que les permita mantener sus rutas comerciales a cambio de concesiones o tributos. Sólo la conquista turca de Chipre, en 1570, y el posterior saqueo de Venecia, convence a los italianos de que no hay componenda posible. Pío V redobla sus esfuerzos. Felipe II le sigue. Los reinos del norte de Europa (ingleses, alemanes) se desentienden del llamamiento papal, pero los italianos terminan secundando la idea. Hacia el verano de 1571 los cristianos componen su flota: darán la batalla en las mismas bases del Turco. Lo encuentran en las costas griegas, en el golfo de Lepanto. 
 
Felipe II puso al frente a su hermanastro Juan de Austria. Juan tenía sólo 26 años, pero venía de sofocar la revuelta morisca y gozaba de un prestigio enorme. Junto a él estaban los mejores nombres de la Armada española: los catalanes Requeséns y Cardona y los castellanos Gil de Andrade y Álvaro de Bazán. Con ellos, el genovés al servicio de España Gian Andrea Doria, sobrino del gran almirante Andrea Doria. Las galeras del Papa las dirigía un viejo señor de la guerra, Marco Antonio Colonna; las de Venecia, otro veterano, Sebastián Veniero, sustituido después por Barbarigo. Y enfrente, el gran almirante turco, Alí Bajá, con un famosísimo pirata argelino, Uchali o Luchalí, y el gobernador de Alejandría, Mohamed Siroco; junto a ellos, un personaje de fábula, el renegado Pertev Pachá, cristiano convertido al Islam a quien los jefes de la Liga se la tenían jurada. La Liga cristiana presentaba 231 barcos entre galeones y galeras, 50.000 marineros y galeotes y 30.000 soldados, de ellos 20.000 españoles. Nunca se había visto una potencia semejante en el mar. Pero la armada turca era mayor todavía: unas 300 naves, con un número de hombres superior a 40.000 soldados, sin contar galeotes y remeros. 
 
La mayor batalla naval librada hasta entonces 
 
La batalla fue el 7 de octubre. Aquí la Historia y la leyenda parecen lo mismo. Alí Bajá, desde el puente de su “Sultana”, recibió a los cristianos con un cañonazo, invitándoles a comenzar la batalla. Juan de Austria, cortés, respondió con otro cañonazo e izó su estandarte: la cruz de Cristo flanqueada por los escudos de los aliados. Las naves cristianas habían avanzado hasta allí formando una gran cruz. Los turcos abrieron sus barcos en una gigantesca media luna. Juan de Austria fijó en el palo mayor de su nao una gran talla del Crucificado, donada por la ciudad de Barcelona. La estrategia de la Liga consistía en encerrar a los turcos en el golfo y atacar en masa. Pero los turcos vieron el peligro y trataron de envolver al centro del ataque cristiano, que mandaba Juan de Austria, mientras los piratas de Luchalí trataban de envolver uno de los flancos cristianos para darle la vuelta a la operación: encerrar a los cristianos en el golfo. No pudieron. 
 
La inteligencia siempre es importante en todas las cosas de la vida, y la flota española, buscando cómo hacer más daño en las filas turcas, tuvo una idea muy brillante. Hasta entonces, la mecánica habitual del combate en el mar consistía en embestir al enemigo con el espolón de proa y abordarlo después. Pero las galeras turcas eran más y estaban mejor armadas, de modo que la flota cristiana se encontraba en inferioridad tanto en potencia de fuego como en número de unidades de abordaje. Así que a uno de los nuestros, García de Toledo, se le ocurrió que recortando los espolones podría instalarse más artillería en la proa y aumentar el fuego directo contra el enemigo justo antes del abordaje, barriendo la cubierta y reduciendo la resistencia del rival. La idea funcionó de maravilla. El mismo García de Toledo fue quien sugirió dar la batalla lo más cerca posible de la costa griega, junto a las bases turcas, para reducir la capacidad de maniobra del enemigo; muchos marineros musulmanes, al verse en peligro y tan cerca de su costa, optaron por saltar al agua e intentar llegar a nado hasta la orilla. 
 
Hay que imaginar el aspecto que podían ofrecer todos aquellos barcos escupiendo fuego; no sólo el fuego de los cañones, sino también el de los arcabuces, porque don Juan de Austria había mandado repartir a su cuantiosa infantería, el Tercio de Mar, por todas y cada una de las galeras cristianas, de manera que no había barco que no tuviera una buena porción de infantes españoles disparando sobre el contrario. Ocurre que nadie se fiaba demasiado de los marineros venecianos. De hecho, lo primero que hizo el almirante turco, Alí Bajá, fue atacar a las naves venecianas, para dispersarlas. Pero allí estaban la infantería española y la italiana, que respondieron con fuego en abundancia. Los venecianos, todo hay que decirlo, desmintieron su fama y pelearon con mucho arrojo; su jefe, Barbarigo, murió en su puesto. Tras el choque vinieron los abordajes. La batalla duró en total cinco horas. En pleno combate, Don Juan de Austria, para paliar la inferioridad numérica, mandó soltar a los galeotes –los remeros que movían las galeras, generalmente penados- y les ofreció la libertad si se sumaban al asalto. Ni que decir tiene que todos lo hicieron. De hecho, fue uno de estos remeros quien cortó con un hacha la cabeza del almirante turco, Alí Bajá. La Historia no ha retenido el nombre de este remero español. Lo que sí ha retenido es el nombre de un gran personaje que combatía en la galera “Marquesa”: Miguel de Cervantes, que luego, en Don Quijote, recordará esta batalla como “la más alta ocasión que vieron los siglos”. 
 
El balance de Lepanto 
 
Hay pocas dudas sobre el balance de la batalla. Los turcos perdieron 250 barcos, 130 de ellos apresados por la Liga; los cristianos sólo perdieron 17. Los turcos perdieron cerca de 24.000 hombres; los cristianos, la mitad. Además, 8.000 turcos fueron apresados y su almirante y sus capitanes murieron en el combate. Todos menos el avieso pirata berberisco, Luchalí, que consiguió escabullirse antes de que acabara la batalla. 
 
Don Juan envió al rey el estandarte de Alí Bajá. Y a los hijos del jefe turco, apresados en la batalla, se los envió al Papa. Fue una gran victoria. Fue también la última gran batalla naval que vio el Mediterráneo. Siglos más tarde, Chesterton, el inglés, dedicó a aquella gesta un poema que terminaba así: 
 
“Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre la tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)” 
 
Después se ha hablado mucho del verdadero peso que Lepanto tuvo en la Historia, disminuyendo su importancia. A Felipe II se le ha reprochado que no supo explotar la victoria: pudo haberla aprovechado para barrer de piratas la costa del norte de África y tomar Argel, pero no lo hizo. La propia Liga cristiana también pudo haber desembarcado en las costas griegas, ahora menos guarnecidas, y obligar a los otomanos a evacuar los Balcanes, relajando la presión sobre las fronteras austriacas; pero la Liga se disolvió muy poco después de la batalla. Los venecianos no tardaron en llegar a pactos con los turcos. Felipe II, por su parte, tenía otros problemas en Flandes y en las rutas americanas. El Gran Turco no tardó en recomponer su flota: el Mediterráneo oriental seguiría siendo suyo. 
 
Y bien, todo esto es verdad, pero si lo de Lepanto sirvió de poco para lo que pasó después, sin embargo fue importantísimo respecto a la situación anterior. Primero: a los turcos se les asestaba un golpe que nadie esperaba. Segundo: las ambiciones del sultán en el Mediterráneo occidental se desvanecían. Tercero: España manifestaba de manera muy clara su hegemonía en Europa, especialmente frente a Francia e Inglaterra. Y cuarto, y quizá lo más decisivo: la Cristiandad lograba detener el avance del Islam en un momento de gran peligro. Después de Lepanto, ya nadie dudó de que Occidente, a pesar de sus guerras internas y sus profundas enemistades, podía defenderse contra el Imperio Otomano.
 
 ¿Y qué fue del Cristo barcelonés de la nave de Don Juan? Es una historia fantástica. Cuando terminó la batalla, los españoles vieron algo prodigioso: la talla se había ladeado; la tradición dice que una bala mora iba justo contra el Crucificado y éste se ladeó para esquivar la bomba. Así ladeado lo devolvió Don Juan a la Ciudad Condal; desde entonces está en la catedral de Barcelona, y por eso escribió Mosén Cinto Verdaguer aquel poema que empieza con el “Naves de España que adelante vais”, que sigue con “Catalunya, Catalunya, prou t’en pots ben alabar”, y que termina con “i per ço tens, Barcelona, lo Sant Crist de Lepant”.
 
 


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