Sobre Francisco Franco y su tiempo...
 
 
 
La Guerra Civil Española según Churchill
 
 
Eduardo Palomar Baró 
 
 
   En su libro de Memorias sobre la Segunda Guerra Mundial, sir Winston S. Churchill  realiza un interesante estudio sobre el inicio de la guerra civil española, haciendo un categórico juicio sobre el comunismo, aportando unas pinceladas de algunas acciones bélicas,  así como exponiendo su preocupación y su actuación personal ante el terrible conflicto iniciado en España el 18 de julio de 1936.
 
   “A mediados de junio de 1936, la creciente degeneración del régimen parlamentario de España, y el vigor con que se preparaban sendas revoluciones comunistas y anarquistas, desencadenó un alzamiento militar que llevaba largo tiempo preparándose. Forma parte de la doctrina y de la táctica comunista, según lo estableció el propio Lenin, el que los comunistas contribuyan a todo movimiento hacia la izquierda y favorezcan la implantación de gobiernos débiles de tipo radical, constitucional o socialista.
 
   Los comunistas deben socavar los cimientos de esos gobiernos y arrancar el poder de sus vacilantes manos para establecer el mando absoluto y fundar el estado marxista. En España estaba manifestándose una perfecta reproducción del período de Kerensky en Rusia. Pero las fuerzas de España no habían sido quebrantadas por la guerra extranjera. El ejército mantenía una considerable medida de cohesión. A la vez que la conspiración comunista, se elaboraba en secreto una contra conjura militar que había cobrado ya profundas raíces. Muchas de las garantías corrientes en la sociedad civilizada habían sido liquidadas por la infiltración comunista en un decaído gobierno parlamentario. Se producían atentados por ambas partes, y la pestilencia revolucionaria llegó a punto tal, que los comunistas no titubeaban en asesinar a sus adversarios políticos en las calles o en sacarlos de sus lechos para darles muerte.
 
   En Madrid y sus contornos se habían producido ya buen número de tales asesinatos. Las cosas llegaron a su colmo con el asesinato de Calvo Sotelo, dirigente conservador, cuyas tendencias correspondían en cierto modo al tipo de las de sir Edward Carson en Inglaterra antes de la guerra de 1914. Este crimen dio al ejército la señal de actuar. Un mes antes, el general Franco había escrito al ministro de la Guerra advirtiéndole que si el gobierno español no mantenía las seguridades normales de la ley en la vida cotidiana, el ejército tendría que intervenir. España, en el pasado, había asistido a muchos pronunciamientos de jefes militares.
 
   El general Sanjurjo, que iba a tomar el mando del movimiento, pereció en un accidente de aviación, y Franco alzó el estandarte de la insurrección, siendo secundado por el ejército, incluso clases y soldados.
 
   La Iglesia se adhirió inmediatamente a Franco, así como casi todos los elementos de centro y derecha. Los sublevados se adueñaron de varias importantes provincias. Los marineros de los buques españoles de guerra mataron a sus oficiales y se pusieron al lado del bando que en breve había de convertirse en comunista. En la práctica, el gobierno civilizado se derrumbó en la zona republicana, y los comunistas no tardaron en dominarlo y en actuar de acuerdo con su táctica peculiar. Se entabló una encarnizada guerra civil.
 
   Los comunistas, dueños del poder, realizaron matanzas, en masa y a sangre fría, de sus adversarios políticos y de la gente acomodada. Los cadetes de infantería defendieron con la mayor de las tenacidades su academia militar del Alcázar de Toledo, y las tropas de Franco, abriéndose camino desde el sur, libertaron a los sitiados. El episodio de Toledo es digno de pasar a la historia. Yo fui neutral en aquella contienda. Desde luego, no defendía a los comunistas. ¿Cómo había de defenderlos cuando sabía que, de haber sido español, ellos nos habrían asesinado a mí y a mi familia y amigos? De todos modos, entendía que el gobierno inglés tenía tantas cosas de qué preocuparse, que le convenía no mezclarse en los asuntos de España.
   
   Francia propuso un plan de no intervención tendente a que las partes en pugna combatiesen sin ayuda extranjera. Los gobiernos inglés, alemán, italiano y ruso se adhirieron. De este modo el gobierno republicano español, que había caído ya en manos de los revolucionarios más extremistas, se encontró privado del derecho de comprar las armas que encargaba con el oro de que disponía. Se acordó, con compromiso formal de todas las grandes potencias, un compromiso de no intervenir. Inglaterra observó estrictamente lo acordado, mas Italia y Alemania por una parte y la Rusia soviética por otra, quebrantaron constantemente lo prometido, arrojando su peso en la lucha. El gobierno Blum había sucedido en Francia a Flandin.
 
   Los diputados comunistas que lo apoyaban insistían en que se enviase material de guerra a los adversarios de Franco. Cot, ministro francés del Aire, sin tener en cuenta la decadente condición en que se hallaba la aviación francesa, entregaba en secreto aviones y equipos a los ejércitos republicanos. El 7 de agosto de 1937 le escribí a Eden:
 
   «El asunto de España me preocupa. Me parece importantísimo lograr que Blum permanezca tan estrictamente neutral como nosotros, incluso si Alemania e Italia siguen respaldando a los rebeldes y si Rusia envía dinero al gobierno (republicano). Caso de que el gobierno francés tome posiciones contra los sublevados, los alemanes y germanófilos considerarán eso como una bendición de Dios»”.
 
 
 
 
 
 
 
 


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