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La concordia hace invencibles, por Javier Nagore
 
 
 
Javier Nagore Yárnoz 
 
 
 
   Prefiero dejar así, con esta traducción incorrecta el refrán portugués “a conragem fa vencedores; a concordia fa invenceis”. Apotegma que tiene un paralelo en la frase de Lacordaire: “L’union est l’ombre trompeuse de l’unité”              
 
   En 1936 y aún antes, lo más urgente de todas las urgencias políticas y sociales era la formación de una organización unitaria de “los nacionales”; así llamados entonces por todos, como todos llamaron “rojos” a los que se opusieron a los “nacionales”, es decir a los españoles; a cuantos defendimos la Patria, a España, nos llamaron con toda verdad “nacionales”, y a los que defendieron una república prontamente convertida en anarquismo y en internacionalismo socialista-comunista, trufado de separatismo catalán y euzcadiano, se les denominó con un solo apelativo: “rojo-separatistas”. Tal era el escenario de aquel tiempo de guerra.              
 
   Desde su comienzo, ambos, “nacionales” y “rojos” buscaron la unión de los partidos políticos que, respectivamente, los integraban. Del lado rojo es conocida la trayectoria hasta que se consiguió –malamente debido al anarquismo y a los separatismos- tal unión. Fue un gobierno ya comunista quien unificó las milicias e, prácticamente, borró el partidismo político disonante. Pero de esta “concordia” no trataré aquí. Pese a ello perdieron la guerra.              
 
   En la zona nacional, la concordia, como propósito unificador se refirió a, según García Venero (“Historia de la unificación – Falange y Requeté en 1937-“), tanto a los españoles de la zona nacional como a los residentes en la llamada por ellos República Popular. Así pues, en todas las poblaciones ganadas por el ejército de Franco, los habitantes hubieron de atenerse al nuevo propósito –pronto convertido en hecho- de una unificación que abarcó todas las áreas: la militar, la política y la social.              
 
   Mucho se ha escrito sobre las contradicciones internas entre la Falange Española (FE) y la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC); mejor dicho, entre los entonces sus dirigentes, y también entre los respectivos partidarios; así como que Franco, con Serrano Suñer, pensaron entonces para resolver estos problemas, a los que el socialismo añadía el de un contenido social revolucionario, en una solución radical que debiera permitir a la España nacional absorber ideológicamente a sus contrarios. Franco, Caudillo y Generalísimo, tomó la decisión: 12 de abril de 1937 la notificó a los representantes del tradicionalismo navarro: Rodezno, Berasaín y Ilubarri (Fal Conde estaba en el exilio) los que informaron a la Asamblea Carlista de Pamplona y a la Junta de Guerra; una y otra acataron el propósito unificador.              
   
   Respecto a la Falange, los avatares fueron muy distintos y sus dirigentes conocieron, en distintas fases y fechas, y con resultados a veces sangrientos (como la muerte del Consejero Nacional de FE, Alonso Goya, en un encuentro entre dos facciones de militantes), conocieron, digo, y más tarde acataron también, la Unificación cuyo Decreto (19 de abril de 1937), redactado por Serrano Suñer, fue aprobado por los Generales Mola y Queipo de Llano, antes de ser publicado. Asímismo, el 24 de abril y el 8 de mayo, respectivamente, se sumaron a la unificación la CEDA (carta de Gil Robles) y los monárquicos alfonsinos (carta de José María Pemán); ambas representaciones lo hicieron, “con alegría y orgullo”.              
 
   Con toda naturalidad –lo recuerdo desde mi experiencia personal como combatiente requeté en la 1ª División de Navarra-, la Unificación se aceptó también en los frentes. Si en ellos había diferencias ideológicas, todas se salvaban con el “Por Dios y por España” que nos movía a todos los combatientes nacionales, así tradicionalistas como falangistas. Eran diferencias análogas a las que, entre soldados de todos los ejércitos, se daban, y se dan, entre los diversos cuerpos y unidades. Así, hubo tortas, peleas y puñetazos; encontronazos entre requetés, falangistas y soldados; pero nunca llegó la sangre al río; tampoco con la Unificación en “FET y de las JONS”, que sí causó algún regocijo por su quilométrica denominación, en el frente no se acusó para nada, ni siquiera para los uniformes que continuaron tan multiformes como antes. Por lo demás, la confraternización se dio entonces y durante toda la guerra; y se da después de ella, al menos en lo que yo conozco, y tengo 95 años.              
 
   Fue aquella una “unificación de la conciencia nacional”, como dijo Gil Robles; y su nombre no es sospechoso dada su trayectoria posterior. Escribió así:  
 
Para que la unificación de la conciencia nacional sea pronto un hecho, es preciso que Acción Popular (AP) (el partido político que lideró) muera. Bendita muerte que ha de contribuir a que crezca vigoroso un germen de nueva vida. En el nombre sagrado de España he pedido al Jefe del Estado la unión de todos sus hijos. Acudid a su llamamiento y secundad sus designios sin sentir la amargura del pasado, ni dar cabida en vuestros pechos a la ambición del porvenir” (Carta a Luciano de la Calzada, Jefe de las Juventudes de AP, el 24-IV-1937).              
 
   Y en otra carta, del 22 del mismo mes y año le decía:  
 
…con la máxima emoción al hacer España, en manos de V.E., el sacrificio de algo tan querido como AP, pido a Dios guíe sus pasos para conducirnos a todos (el subrayado es mío) a la Victoria cierta y a la salvación de la Patria idolatrada”.              
 
   Por los demás, tanto el tradicionalismo como el falangismo, llevaban en sus banderas principios análogos. Ya Víctor Pradera, a quien Franco prologó sus “Obras Completas” lo expuso así en un célebre trabajo en la revista “Acción Española” que tituló “¿Una bandera que se alza?”, replicando al Discurso del Teatro de la Comedia (29 de octubre de 1933) de José Antonio Primo de Rivera, reproducido en aquella revista con igual título, pero sin interrogaciones.  
 
   Leídos hoy, no se sabe si admirar más la ardiente pasión y poesía, la pasión española de José Antonio o la lógica y clarividencia casi profética de Pradera. Sus autores testimoniaron, con su sangre, la lealtad a los principios que profesaron y defendieron. Y esos principios, como demostró Pradera, eran –salvo diferencias de matiz que no los desvirtuaban- los mismos; la bandera que se alzaba (FE), y, la que estaba ya entonces en alto, la de la Tradición (CTC); es decir, en síntesis: el patrimonio de bienes espirituales –la herencia- entregada por nuestros mayores para que, perfeccionada y aumentada, la hagamos llegar a nuestros descendientes, porque como escribió Álvaro D’Ors: “la Tradición íntegra tarea de perfección”.  
 
   El pragmatismo militar de Franco –militar en su espíritu, que no político- aceptó la analogía de Pradera que fundió en los principios de la Tradición del populismo social falangista, tendente hacia un estatismo centralista contrario al formalismo tradicional. Sin embargo, el respeto de Franco por la foralidad de Navarra, le sirvió para “españolizar” al falangismo con el realismo táctico de quien fue siempre militar.  
 
   “El profundo respeto de Franco por la foralidad navarra –escribió Álvaro D’Ors- defendida por el Carlismo, es algo de la que los mismos interesados nunca llegaron a tener una noción acertada. Naturalmente, esa defensa no afectó a las regiones forales vencidas, y quizá fue ese uno de los errores políticos de aquel incomparable jefe militar”. Pero esta es otra cuestión en la que no voy a entrar.  
 
   El Decreto de Unificación fue la piedra angular para la victoria nacional, para la concordia que nos hizo vencedores y, posteriormente, para los años de paz.  
 
   “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo, 7, 20). Esta frase evangélica es el signo seguro de la bondad o maldad de los actos humanos. Aquella Cruzada produjo frutos muy abundantes para España; de la Victoria por la Causa de la Fe y de la Patria, “conseguida no para imponer intereses políticos, sino para salvar los de la Iglesia y la unidad y bienestar de España”, Stanley G. Payne en el prólogo al libro “Navarra fue la primera” (Ed. SaHats, 2006), conseguida, digo, por la concordia de los vencedores nació un régimen y un Estado “nuevo”, como dijo Pradera, que duró de facto desde entonces hasta la muerte de Franco en 1975, y de iure hasta la Ley de Reforma Política de 1977. Cuarenta años en los que los españoles, en un orden victorioso, acrecentaron las virtudes morales y sociales. Creímos realmente en la existencia de valores superiores a los cuales se supeditaron intereses de otros órdenes; supimos apelar a la Religión y a la Patria y, aunque no faltaron errores y vacilaciones, se aplicó el Derecho Público Cristiano. Un periodo de paz superior al del reinado de Isabel y Fernando, en que la Unidad Católica se reafirmó junto con la Unidad de la Cristiandad: la de dentro (el número de sacerdotes, religiosos y laicos de Fe practicada creció sobreabundantemente), y la de fuera (los misioneros españoles se entendieron por todo el mundo). Respecto al desarrollo económico, la victoria del orden y la concordia produjo un desarrollo excepcional; ciertamente con periodos de estancamiento, debidos más a los países extranjeros que a los españoles mismos; pero, como se dice en la Ribera Navarra “p’a siempre Dios”. Se creó además una clase media como jamás tuvo España.  
   
   Ahorro al lector todas las posibles comparaciones de estos frutos de entonces, con su caída de hoy y con la división y la falta de concordia entre los españoles y entre las regiones de nuestra Patria. ¿Será posible volver a ella?  
 
   Aquel espíritu de Cruzada espera, dejando detrás las generaciones que lo llevaron, su renovación en las que nos sigan en una post-modernidad que parece ignorar que no hay futuro sin pasado, olvidando que la fidelidad a los principios constitutivos del ser de los pueblos y nacionales se basa en la defensa de su alma, informadora de su ser. Esperemos que las jóvenes generaciones comprendan, respecto a nuestra España, que hay que amarla, sufriendo, su perdido pasado, y amar con valor y coraje su presente y futuro, su unidad y su grandeza; que comprendan, en fin, que unidos en esos principios para la Patria hagan suya la plegaría poética:  
 
“¡Danos fuerza, Señor, a nuestros brazos
Y preserva del daño la caída
A todas esas cosas tan queridas
Que vemos perecer tan tontamente!”  
 
   Y que:  
 
“Si ellos gritan enfrente con un grito cualquiera
Tú y yo sabemos no sólo dónde vamos
Sino aquello que detrás de nosotros nos espera” (1)    
 
 
(1) Gutiérrez Martín, A.J., “Algo más”, Ed. Escelicer, 1936.
 
 
 
 
También, de Javier Nagore puede leer: La Liberación de Bilbao en el recuerdo de un cabo de requetés


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