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La despiadada simpleza de Pedro Corral, o la guerra contada para necios
Pío Moa
 
 
   Un político del PP, Pedro Corral, se ha creído en el caso de instruir a sus colegas, desde el diario ABC, sobre lo que fue la guerra civil. Buena intención, aunque temo que él mismo no  demuestre tener mucha idea al respecto, como veremos. Cosa por lo demás común entre nuestros políticos.        Muchos nos hemos empeñado en investigar y desentrañar las motivaciones y mecanismos de aquella guerra de tanta trascendencia en España y fuera de España, pero según el señor  Corral no hacía falta tanto esfuerzo. La cosa fue de lo más sencillo:a unas pequeñas minorías (“canallas y sádicos sayones” les llama Pedro J Ramírez  en la misma onda) les dio un buen día por matarse entre ellas y de paso arrastrar malamente a millones de personas que solo pasaban por allí y no tenían el menor interés en luchar por nada. Así de facilito. O sea, el pensamiento y la razón, sustituidos por  la simpleza envuelta en moralina de barra de bar.     
 
   Para justificar su llamémosla tesis, Corral “descubre” que las fuerzas militares de ambos bandos fueron engrosadas mayoritariamente, desde las primeras semanas, por soldados reclutados a la fuerza. Las imágenes propagandísticas de millones de aguerridos milicianos y falangistas son solo eso, pura propaganda. En todas las guerras, civiles y no civiles, los soldados son mayoritariamente de recluta, lo que no quiere decir que vayan necesariamente “a la fuerza”. En cuanto a los millones de milicianos y falangistas, nadie lo ha dicho nunca, y Corral se lo inventa para pasar por desmitificador. Fue característico que desde el primer momento surgiera un número extraordinariamente alto de voluntarios en los dos lados. No fueron millones, pero sí decenas e incluso cientos de miles. Con ellos, básicamente, Franco pudo haber ganado la guerra en cinco meses (el profesional Ejército de África era muy voluntario) aunque empezara pronto a movilizar quintas. Y los rojos empezaron pronto a regularizar el ejército porque los voluntarios, con todo su entusiasmo, rara vez  tienen el orden y la disciplina que precisa un ejército en una guerra prolongada. La ignorancia de la lógica militar por el señor Corral le permite descubrir la sopa de ajo y, deslumbrado por su descubrimiento, tratar de enseñársela a los demás.      
 
   Por lo tanto, sigue, el factor clave de la inmensa mayoría de los protagonistas de la contienda fue   la lealtad geográfica. Esto significa, sencillamente, que la inmensa mayoría de los españoles no tuvo libertad para elegir bando. "Factor clave”, llama a esta verdad de  Perogrullo, pues claro que cada bando aplicó la ley en su zona. Pero la gran mayoría de los españoles ya había elegido bando en las elecciones brutalmente radicalizadas de febrero de 1936, aproximadamente mitad por mitad entre izquierdas y derechas. La perogrullada se embrolla algo más: La consecuencia de la lealtad geográfica es que soldados de izquierdas reclutados en el Ejército franquista tuvieron que combatir contra soldados de derechas enfilados en el Ejército Popular. Cierto, pero el grueso de los soldados se identificó con el bando en que luchaba, otros muchos procuraron pasarse al contrario y bastantes lo consiguieron. Otros más fueron fusilados por negarse a servir en el bando “geográfico”.  Por cierto, al terminar la campaña del norte, los nacionales integraron en sus filas a la mitad de los 200.000 prisioneros, que no dieron ningún problema.       
 
   Sin embargo, esto no es óbice para que muchos sigan pensando que un campesino pobre, sin ideas políticas, reclutado por Franco, será siempre un fascista, mientras que otro campesino pobre, sin ideas políticas, reclutado por Azaña, será siempre un antifascista. En fin, la osada ignorancia. Azaña pintó poquísimo en la guerra y nunca reclutó a nadie; fueron los partidos obreristas, sobre todo el comunista, quienes impulsaron la recluta masiva. Entre los campesinos pobres de Extremadura y Andalucía predominaban los anarquistas y socialistas, mientras que los de Galicia y Castilla solían ser de derechas. Si el señor Corral hubiera estudiado mínimamente la época, sabría que la politización de entonces fue extrema, con los odios correspondientes, y que no había mucha gente sin ideas políticas, aunque fueran muy primarias.      
 
   Las quintas reclutadas durante la contienda por ambos bandos deberían haber sumado un total de 5 millones de hombres. Sin embargo, el total de españoles incorporados a filas no pasaron de aproximadamente 2,5 millones: 1,3 millones en el Ejército Popular y 1,2 en el Ejército franquista. Los otros 2,5 millones de potenciales reclutas se las ingeniaron para no coger el fusil e ir al frente. Suele considerarse que el máximo de movilizados para no desarticular la economía, y salvo casos excepcionales, no debe superar al 10 -12%  de la población. Y de ellos solo una fracción “coge el fusil y va al frente”, pues un ejército tiene una enorme cantidad de servicios que normalmente quedan en retaguardia. Otra gran cantidad de adultos ha de permanecer  manteniendo las fábricas y los campos. Pues bien, el 10% de la población de entonces ascendía precisamente a 2, 5 millones, por lo que se movilizó  precisamente algo más de ese 10% (1,2 millones los nacionales, 1,7 millones los rojos, según las cifras de R. Salas Larrazábal).        
 
   El señor Corral quiere hacernos creer que la mitad de los –según él—reclutables, habrían desertado o se habrían escaqueado.  Ignora que, contra ciertas leyendas, la guerra de España no fue de gran intensidad comparada con otras muchas civiles y no civiles del siglo XX (puede ver alguna comparación en Los mitos del franquismo), que las bajas mortales  militares no fueron muy elevadas (en torno a 160.000. La guerra civil useña en el siglo XIX causó unas 600.000, para una población poco mayor), y que la mayoría de los frentes tuvo poca actividad la mayor parte del tiempo. Tampoco la movilización fue tan profunda que obligara a emplear masivamente a mujeres en fábricas y campos para suplir a los hombres, como ocurrió en la guerra mundial, por ejemplo. Un profesor debiera informarse bien antes de dar lecciones.      
 
   Al señor Corral le asombra agradablemente que hubiera desertores. Los hay en todas las guerras. La cuestión es cuántos  y en qué proporción en cada bando. Habla de “miles” y seguramente los hubo, unos para pasarse al otro lado y otros, los menos, para irse a casa; mientras sugiere la cifra de 2,5 millones entre desertores y escaqueados, que él imagina debían haber ido al frente. Sin embargo afirma que los castigos a los desertores fueron terroríficos: En el bando franquista se detenía a los familiares del desertor y se confiscaban sus bienes, y si los familiares tenían antecedentes izquierdistas era probable que acabaran fusilados. Nunca había oído tal cosa, pero si fue así, las víctimas deberían contarse por cientos de miles. Tendría interés que el señor Corral nos aclarase cuántas fueron. Por supuesto, en el Frente Popular los reglamentos llegaron a hacerse terroristas, como ha explicado R. Salas Larrazábal, a quien el señor Corral debiera leer con atención antes de ponerse a enseñar a sus colegas de la política.       
 
   Ni para defender la República ni para atacarla hubo mucho entusiasmo entre los españoles de a pie. Por supuesto. Como que la república, es decir, la legalidad republicana, había fenecido con las elecciones de febrero del 36. Lo que había era un nuevo régimen revolucionario. Y es cierto que, pasados los primeros meses, decayó mucho el entusiasmo por defenderlo,  pero, aunque no lo crea el señor Corral, ocurrió algo muy distinto en el otro bando. Lo demuestran sus numerosos actos heroicos en condiciones casi imposibles, actos inexistentes en el Frente Popular: Gijón, Toledo, Sta. María de la Cabeza, Oviedo, Huesca... a los que desprecia el político, porque no entran en la nómina de desertores y escaqueados que tanto le complacen.         
 
   Se cree el señor Corral en la obligación de informarnos de su infinita compasión por todas las víctimas, que según él lo fueron de unos cuantos extremistas desalmados. De quien no tiene la menor compasión, en cambio, es de la verdad histórica y la necesidad de investigarla. Debería  hacer un pequeño esfuerzo por aclarar el sentido de un suceso tan dramático  más allá de la exhibición de fáciles buenos sentimientos –como si los demás carecieran de ellos—y de esa vanidosa condena a diestra y siniestra, como si a tantos españoles  les hubiera dado por matarse entre sí por las buenas, y obligar a otros a hacerlo.        
 
   Así que informaré brevemente a nuestro político de cosas generalmente bien sabidas:  el Frente Popular triunfó en unas elecciones no democráticas, destruyó la legalidad republicana y  emprendió un proceso revolucionario extremadamente violento. Dicho Frente se componía  ante todo de partidos obreristas y de separatistas que querían destruir España sin disimulo. Por sus diferencias se mataron entre ellos muchas veces, pero estaban de acuerdo en un punto esencial: la erradicación de la Iglesia y la cultura cristiana en España, para lo que cometieron un verdadero genocidio. De modo que lo que estaba en juego entonces no eran las chifladuras vesánicas de unos y otros, como con tan poca compasión como respeto supone el instructor de políticos. Estaba en juego la subsistencia de la nación española y de la cultura cristiana. Por ello el proceso  revolucionario provocó la rebelión del bando nacional. Parece lógico suponer que el señor Corral no se habría rebelado en modo alguno, sino procurado adaptarse a los revolucionarios y medrar entre ellos. Bien, allá él; pero eso no le da derecho a condenar tan despiadadamente a quienes eligieron oponerse a unas tendencias totalitarias y a la disgregación de España.      
 
   Y gracias a que vencieron los nacionales puede hoy el señor Corral soltar sus banalidades revestidas de “compasión”, “moderación” y “buenos sentimientos”, como si solo él los tuviera. Y va más allá:  Las consecuencias de la guerra no terminaron ahí: el exilio, la represión y una larga dictadura dejaron heridas insondables que sólo en la Transición, con el sacrificio de todos, se empezaron a restañar sólidamente. Del exilio volvió muy pronto la gran mayoría. La represión  castigó sobre todo a los chekistas y asesinos que tanto abundaron en el Frente Popular y que fueron abandonados por sus jefes. La larga dictadura no tuvo oposición democrática, solo comunista o terrorista, y escasa. La inmensa mayoría de la población se había reconciliado ya en los años 40, como prueba el fracaso del maquis. El franquismo  libró a España de la guerra mundial, de una nueva guerra civil (el citado maquis) y dejó un país reconciliado, libre de los viejos odios y próspero. Gracias a lo cual unos políticos de muy bajo nivel pudieron hacer una transición sin hundir al país... aunque han seguido en ello hasta hoy, llevando a España, nuevamente, a una crisis extremadamente grave. Políticos como el señor Corral, a quienes nada tiene que agradecer una democracia a la que no cesan de dañar. Habla mucho de perdonar, pero debiera empezar por perdonar  y no castigar  la verdad como lo hace, y por respetar a los millones de españoles que entonces sintieron intensamente su causa y lucharon por ella, en los dos bandos; y a los que supieron después reconstruir  el país en las más difíciles e injustas condiciones exteriores.        
 
   Un país que estos políticos parecen empeñados en echar abajo a base de mentiras y corrupción, empezando por la corrupción intelectual. Quizá el señor Corral crea que así se consigue una mejor relación entre todos. Pero sobre la mentira profesionalizada, que decía Julián Marías,  no puede  construirse nada sólido.
 
 


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