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La destrucción de las naciones
 
Dalmacio Negro 
 
 
   La Nación es, como insiste recientemente Pierre Manent, la forma histórico-política de Europa del mismo modo que la Pólis fue la de Grecia o la Civitas la de Roma. Las naciones empezaron a gestarse en la Edad Media como partes geográficas del Sacro Imperio, titular en la Cristiandad del poder temporal -en la práctica bastante nominal salvo en su centro-, en su calidad de brazo armado de la Iglesia, titular de la autoridad espiritual, para la defensa contra el Anticristo encarnado en poderes temporales. La misma Iglesia instituyó el Imperio de Occidente como restauratio del Imperio Romano en el año 800, para defender la Cristiandad -Europa- amenazada por el poder musulmán.
 
   La convocatoria a las reuniones del Concilio de Constanza (1414-18) suele considerarse el acta de nacimiento de las naciones como partes del Pueblo de Dios, la Iglesia. Fue ésta la primera vez que el Papa convocó a los padres conciliares por naciones, no por Reinos o iglesias particulares: a la nación italiana, a la francesa, a la española, a la inglesa y a la germánica (Alemania-Austria junto con los Países Bajos-Bélgica y Escandinavia). Y por cierto que la convocatoria de la española ocasionó una trifulca, al citarse a representantes de Castilla o Portugal y a ningún aragonés. Esas son las cinco naciones originarias de Europa occidental (la Cristiandad romana, latino-germánica). El gran historiador Ranke añadió más tarde la eslava (Europa oriental, en conjunto la de la Cristiandad greco-ortodoxa) como sexta Nación europea. Esas eran y siguen siendo las naciones fundamentales, aunque aparecieron nuevas naciones particulares al dividirse algunas de aquellas por causas políticas. Las Monarquías les dieron sus formas geográficas concretas; hicieron las naciones, suele decirse, concitando la lealtad de sus habitantes, que sustituyó la fidelidad de los innumerables pactos feudales; sentimiento el de fidelidad que se reservó para la Iglesia.
    El nacionalismo de la revolución francesa, que impuso la voluntad de la Nación Política de la burguesía a la Nación histórica, introdujo modificaciones en virtud del principio de las nacionalidades a las que hay que añadir las debidas posteriormente, en el siglo XX, tras la Gran Guerra civil europea de 1914-18, al principio de autodeterminación, una concrección del de las nacionalidades inventada por los socialistas austríacos (principalmente Otto Bauer). Presionado por el francés Clemenceau con la aquiescencia de Inglaterra -y probablemente por consejeros puritanos deseosos de destruir el católico Imperio austro-húngaro-, lo hizo suyo y lo impuso el presidente norteamericano Wilson, quien declaró estar arrepentido cuando la cosa no tenía ya remedio.
   En todo caso, las naciones no son un “proyecto” como pensaba Renán seguido por Ortega, quizá retóricamente para despertar a España del marasmo de la Restauración (en realidad Instauración) canovista: las naciones son hechos históricos, productos de la historia; algo así como historia mineralizada, decía el propio Ortega. Ni se construyen artificiosamente, aunque puedan subsistir durante algún tiempo (Checoslovaquia, Yugoslavia,..), ni se destruyen, salvo por absorción, como en el caso de Borgoña, el corazón de Europa, una posible Nación particular “frustrada” y causa de los conflictos entre Francia y Alemania en los siglos XIX y XX, o por suicidio, como puede ocurrir en la España de la Instauración juancarlista, dividida en paraestados -la causa principal de la actual crisis interna- y con una natalidad gravísimamente decreciente fomentada en gran medida por el poder.
   La destrucción de las naciones es uno de los grandes temas del internacionalismo socialista. Con esa finalidad, la Internacional socialista hizo suyo el falso principio de autodeterminación de las naciones en el último cuarto del siglo XIX. Lenin empezó a utilizarlo como instrumento revolucionario alentando el nacionalismo de oligarquías locales y sus sucesores lo explotaron sistemáticamente para promover la revolución mundial instalando en el poder a oligarquías comunistas o simpatizantes con los intereses de la Unión Soviética.
   La Unión Europea, dominada por el consenso socialdemócrata, versión pacifista -legalista- de la revolución mundial, está destruyendo las naciones oponiendo al sentimiento natural de pertenencia a la realidad nacional, que no es excluyente como el nacionalismo, la ideología del patriotismo vinculado a un papel: el “patriotismo constitucional” o la Constitución como mito político. Un invento este ultimo de la revolución francesa difundido con entusiasmo por las Cortes de Cádiz de 1812. Invento felizmente superado por el actual gobierno del Partido Popular al reducir la Nación a la “marca España”; reduccionismo comercial tan estúpido como expresivo de la anormal situación de la Nación más antigua de Europa, que merece un comentario más detenido. Ni siquiera se les había ocurrido a los socialistas o a los separatistas; es un hallazgo de ese partido, fértil en eufemismos para compensar su servilismo e inanidad política; entre los más recientes, los de la “movilidad exterior” para describir la emigración forzosa o las “novedades tributarias” para describir la invención de nuevas figuras impositivas contra las clases medias.
   En definitiva, los gobiernos europeos en general se oponen a las naciones al socializar los desmanes de las oligarquías a costa de esas clases, que son su médula. La formación de las clases medias es históricamente consustancial con la formación de las naciones, que conservando el patriotismo, vinculado a la tierra, modificaron empero sus estructuras desvinculándolo de los estrechos lazos feudales y ampliaron sus horizontes.

   Con el auge de las clases medias y de las naciones comenzó el tránsito en la historia universal, de lo que llamó Tocqueville el estado aristocrático de la sociedad, fundado en el principio de la desigualdad legal, y en cierto modo racial entre los hombres (no en el sentido del racismo tan difundido hoy por los “antirracistas”, sino en el de barrera moral entre los estamentos), al estado democrático de la sociedad, fundado en el principio de la homogeneidad de la naturaleza humana y por tanto de la igualdad legal de todos los hombres, sujetos de las mismas libertades. La revolución francesa fue el punto de ruptura entre ambos estados o situaciones que, venían a ser dos mundos en un mismo espacio. La revolución reconcilió formalmente en este aspecto el cielo y la tierra, como dijo Hegel, conforme al sentido de la historia. 

    Políticamente, consistió en la reivindicación por esas clases, bien instaladas ya en la sociedad, de la titularidad de la soberanía siguiendo la inspiración norteamericana. Ahora bien, en esta parte de América, contaban con la ventaja que al ser un espacio prácticamente vacío en el que existía la igualdad de condiciones, que no es lo mismo que la igualdad de oportunidades, puesto que no había aristocracias. Norteamérica fue, pues, desde el primer momento, una Nación de clases medias autogobernadas, sin Estado, ya que el equivalente a los Estados europeos son allí los Estados Unidos particulares -Texas, Ohio, Iowa, etc.- bajo el gobierno federal, por lo que no son soberanos en el sentido político-jurídico de la soberanía de Bodino.
 
   Ahora bien, la ley de hierro de la oligarquía es inexorable y universal y opera también en Norteamérica. Pero está atenuada por un sistema de gobierno fundado en la libertad política: la libertad de los hombres libres, inconfundible con las libertades del ciudadano que son facultades legales. Ese sistema no elimina ciertamente la ley de hierro, pero la controla hasta ahora aceptablemente. La relativiza a pesar del creciente intervencionismo. Ciertamente, el impuesto sobre la renta, introducido para gravar sólo a los ricos, pero como suele ocurrir generalizado luego para todos, autoriza al gobierno a entremeterse en la vida privada de los norteamericanos, y la ideología y la demagogia gubernamental importadas de Europa empiezan a recortar las libertades aprovechando circunstancias políticas. Pero no existe la distinción entre derecho público y derecho privado, pues las statute law vienen a ser aclaraciones del common-law, por lo que el Derecho no ha sido sustituido por la Legislación y sigue siendo propiedad del pueblo. Con todo, aunque se han acentuado las diferencias económicas entre las oligarquías y las clases medias debido a las guerras y los abusos de los gobiernos, estas últimas siguen prevaleciendo como la sustancia de la Nación.
 
   En la Europa libre del comunismo, el éxito de la política del grupo alemán Ordo acomodada a las circunstancias europeas, en las que tiene el Estado Soberano, y con él los partidos políticos, un papel preponderante, inspiró la formación de naciones de clases medias. Sin embargo, el auge de la socialdemocracia, firmemente asentada ya en Suecia e Inglaterra, propiciado por Norteamérica frente a sus primos comunistas, acabó acercando el “capitalismo renano” al capitalismo de Estado, acentuándose las diferencias entre las oligarquías y el resto, paliadas empero por el auge paralelo del conjunto de la economía. No obstante, la gigantesca crisis financiera, que es en el fondo la crisis del capitalismo de Estado socialdemócrata sino del Estado mismo, está destruyendo las naciones europeas. Sus gobiernos, firmemente asentados en la omnipresente maquinaria estatal, ya no disimulan su carácter oligárquico y la Unión Europea ha devenido una alianza entre ellos para protegerse mutuamente bajo el amparo intelectual del consenso ideológico socialdemócrata que, sustituyendo al cristianismo -en buena medida con el asentimiento de las iglesias o de parte del clero fascinado por el “espejismo de la justicia social” (Hayek)-, condiciona el êthos de los pueblos europeos.
 
   La Unión se parece cada vez más a una sociedad de socorros mutuos. Los gobernantes, dueños del Derecho transformado en Legislación -las leyes que dicta el poder político-, y del crédito dinerario, discuten únicamente sobre los métodos o, más exactamente, sobre las medidas que convienen a las oligarquías. Salvado el hecho de que Francia quiere siempre mandar en Europa, las diferencias entre los socios son mínimas. No obstante, las divergencias entre Alemania y algunos gobiernos menores (Holanda, Finlandia, Austria), que predican la austeridad (de los gobiernos), y los otros gobernantes europeos -entre ellos Francia- partidarios del despilfarro descarado (del que se benefician los partidos, sus amigos y sus clientelas) invocando lo que llaman democracia y justicia social para conservar el status quo, es decir la oligarquía, pueden tener un final inesperado si se presiona tanto al gobierno alemán, que se le obligue a abandonar la sociedad de ayudas mutuas para conservarse a sí mismo. A la verdad, en una Europa sin norte, podría ser, paradójicamente, la ocasión para que los pueblos de las naciones recuperen la iniciativa frente a las oligarquías del establishment.
 
   La oligarquía europea es una confabulación de las de los partidos, bancos y grandes finanzas, monopolios, oligopolios, multinacionales, grandes empresas, y los medios de comunicación que moldean la opinión. Las que dan la cara son las oligarquías de los partidos representadas por sus respectivos gobiernos, a los que les compete enfrentarse al pueblo. Reducida la política a “política económica”, confiados en que monopolizan el poder de la maquinaria estatal y la fabricación del dinero, amparándose entre sí, se están enfrentando a los pueblos y sus naciones al destruir las clases medias, agobiándolas con impuestos e intervenciones contra las rentas menores y la propiedad mediana y pequeña.
 
   Simultáneamente, las oligarquías aprovechan la situación para afianzar sus posiciones aumentando la desigualdad económica y social dando la razón a Carlos Marx, enemigo de la socialdemocracia estatista. Han resucitado así la cuestión social, desaparecida virtualmente en las sociedades de clases medias y, para disimularlo, las oligarquías políticas están intensificando demagógicamente la cuestión antropológica heredada del nacionalsocialismo y resucitada también por la revolución culturalista de mayo del 68.
 
   Esta cuestión ataca directamente las costumbres, los usos, lo que queda del Derecho, las tradiciones, el êthos y la misma vida y continuidad de los pueblos. Envilece y divide a las naciones, la forma política de Europa. Pero existen poderosos indicios de que está despertando el instinto de conservación de los pueblos y extendiendo la desafección a los gobiernos. Comienza a adquirir una intensidad susceptible de graves conflictos políticos añadidos a los de la renacida cuestión social, pues plantea un gravísimo problema de civilización ante el que la falsa disyuntiva entre la derecha y la izquierda propia de la cuestión social pierde su razón de ser, dejando en cambio al descubierto la ley de hierro de la oligarquía. Por encima de las diferencias económicas, sociales, políticas y de estatus, puede llegar a unir a los pueblos de las naciones frente a las oligarquías, élites extractivas según la expresión de moda, que los explotan rebajando a las clases medias a la condición de una clase servil.
 
 
 
 
 
 
 
 


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