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La liberación de Barcelona
 
Agustín Castejón Roy 
 
 
 
   Para algunos de los españoles residentes en este incomparable rincón de España, constituye un hito de insuperable jerarquía, pues se agolpan en él los mejores escenarios de gloria que el ser humano puede anhelar. Fue una síntesis que lo glosa todo: volver a la vida.            
 
   Fue un renacer, un redimirnos del infierno para saborear todo lo positivo de la existencia en libertad. Este es el nudo gordiano del Aniversario.            
 
   El glorioso Ejército Español nos obsequió con el aplastamiento de la esclavitud y el inconmensurable regalo de la libertad.            
 
   Nos hizo libres en expresar unos sentimientos y credos que su anterior manifestación, o sin ella, bastaban para ser asesinados en campo, carretera, cuneta, playa o checa, al amanecer.            
 
   Nos hizo libres para salir del escondrijo donde permanecíamos encerrados.            
 
   Nos hizo libres para adorar al buen Dios, escarnecido cuando no quebrado o quemado, después de meses bajo la bota roja.            
 
   Nos hizo libres para volver a reunirnos con los nuestros en nuestros maltrechos y destartalados hogares.            
 
   Nos hizo libres de seguir poseyendo nuestro patrimonio, familiar o industrial, robado y menguado por los líderes del pueblo.            
 
   Nos hizo libres para tener acceso a los más elementales alimentos, de los que sólo los del puño cerrado disfrutaban.            
 
   Nos hizo libres de volver a trabajar en nuestro negocio, empresa –ya devuelta- o taller sin necesidad de carnet de adhesión a lo perverso.            
 
   Nos hizo libres del padecimiento asesino en checas, centros de tortura o buques prisión donde el don divino de la vida era sustituido por el exterminio de la hoz y el martillo.            
 
   Nos hizo libres para contemplar en calles o avenidas a religiosos y religiosas portadores de su hábito, sin que nadie los increpara.            
 
   Nos hizo libres para estar presentes en manifestaciones religiosas entrañables: Navidad, Cabalgatas de Reyes, Corpus Christi abolidas por los rufianes de Stalin.            
 
   Y nos hizo libres de infinidad de parcelas que citarlas con criterio exhaustivo sería interminable. Por ello la alegría desbordada con que se recibió al Ejército de la Victoria fue inenarrable; ya por la mañana del 26 de enero de 1939, Barcelona ofrecía el aspecto de ciudad vacía, se barruntaba la pronta llegada de los Nacionales, la gente en sus casas hasta que la maniobra envolvente de los Cuerpos del Ejército y Unidades, decidieron la entrada de las Tropas, eran las cinco y algo de la tarde.            
 
   Sin una resistencia seria, sofocada al instante y con los “líderes“rojos en espantada hacia la frontera, pronto Barcelona estuvo en manos de la nueva administración. Yagüe acompañado por sus generales, Jefes y Estado Mayor se personó en la ciudad ya engalanada, llena de colgaduras en ventanas, jambas y balcones para saludar fervorosamente al Ejército Salvador. Santa Misa en la Plaza de Cataluña, presidida por el Jefe del Cuerpo del Ejército Marroquí, Juan Yagüe Blanco, a quienes el inmenso gentío se acercaba a él para besarle la mano –reportaje gráfico de una señora que dio la vuelta al mundo-. Abrazos, sollozos, lágrimas en el reencuentro de seres queridos que ignoraban sus paraderos.            
 
   El espectáculo fue inenarrable, se desbordaron todas las grandezas del ser humano dando paso a un júbilo y hermanamiento Ejército-Pueblo, como jamás había vivido la Ciudad Condal.            
 
   En este sentido fui un afortunado pues tuve de viva voz y personal, el testimonio de un militar ilustre, el Tte. General Milans del Bosch – padre del también Tte. General Milans, quién me manifestó que nunca un Ejército fue tan bien recibido a su paso por los pueblos liberados como lo presenciado por él, a la sazón Tte. Coronel, quién me relataba los nombres de Granollers, la Garriga, Tona... etc. “donde las buenas gentes salían a las puertas de sus casas para abrazarme y llenarme de presentes… El pueblo catalán es maravilloso”, concluía.            
 
   Se devolvió el periódico “La Vanguardia”, incautada por los rojos a sus legítimos dueños D. Carlos y Bartomé Godó. En su cabecera se situó: “La Vanguardia Española al Servicio del Generalísimo Franco”, de esta se dio paso a “La Vanguardia Española”, actualmente -74 años después- “La Vanguardia” sin más comentario. Cuando España sangrada por la guerra no tenía más divisa que la naranja exportada, a La Vanguardia no le faltó el papel importado para logar su cotidiana aparición. Hoy hace manitas con el secesionismo.            
 
   74 años después montones de personas e instituciones, incluida la Jerarquía Eclesiástica de aquí, son fieles emuladores del Sr. Godó.            
 
   Pero también, 74 años después existen otros tantos miles de españoles de aquí, que no solamente no olvidamos, sino que veneramos este nuevo 26 de enero. Para ello acudiremos a la Parroquia de San Elías, antigua checa y feroz lugar de martirio, para rogar a Dios por los que dieron su vida por él y por España.            
 
   Fieles al ser bien nacidos, hacemos entrañable gala de agradecidos.     


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